LECTURA
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
PRIMERA PARTE. SEGUNDA SECCIÓN. CAPÍTULO II PARÁGRAFOS 422-682

La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo
422. "Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que
se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva"
(Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc
1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido las
promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo ha
hecho más allá de toda expectativa: El ha enviado a su "Hijo amado" (Mc
1, 11).
423 Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de
una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y
del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado
en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del
emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha
"salido de Dios" (Jn 13, 3), "bajó del cielo" (Jn 3, 13; 6, 33), "ha
venido en carne" (1 Jn 4, 2), porque "la Palabra se hizo carne, y puso
su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe
del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su
plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1, 14. 16).
424 Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre
nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: "Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada
por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León
Magno, serm. 4, 3;51, 1;62, 2;83, 3).
"Anunciar... la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)
425 La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de
Jesucristo para llevar a la fe en el. Desde el principio, los primeros
discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: "No podemos
nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Y
ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la
alegría de su comunión con Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida, -pues la Vida se manifestó, y nosotros la
hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que
estaba con el Padre y se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os
lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo,
Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo (1 Jn
1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
426 "En el centro de la catequesis encontramos esencialmente
una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, que ha
sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para
siempre con nosotros... Catequizar es ... descubrir en la Persona de
Cristo el designio eterno de Dios... Se trata de procurar comprender el
significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos
realizados por El mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a
la comunión con Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor del Padre
en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima
Trinidad". (ibid.).
427 "En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado
e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a El; el único que enseña
es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz
suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista
debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: 'Mi
doctrina no es mía, sino del que me ha enviado' (Jn 7, 16)" (ibid., 6)
428 El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe por tanto, ante todo,
buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo"; es
necesario "aceptar perder todas las cosas ... para ganar a Cristo, y
ser hallado en él" y "conocerle a él, el poder de su resurrección y la
comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su
muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp
3, 8-11).
429 De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo
de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar a otros al "sí" de la fe
Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer
siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del Símbolo de
la fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos de Jesús:
Cristo, Hijo de Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo confiesa a
continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su
encarnación (Artículo 3), los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por
último, los de su glorificación (Artículos 6 y 7).
Artículo 2 "Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR" JESUS
430 Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el momento
de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre
de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31).
Ya que "¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es él
quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su pueblo de
sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia
de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar
a Israel de "la casa de servidumbre" (Dt 5, 6) haciéndole salir de
Egipto. El lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es
siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo el es quien puede
absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel tomando cada
vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar
la salvación más que en la invocación del Nombre de Dios Redentor (cf.
Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está
presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre
para la redención universal y definitiva de los pecados. El es el
Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21)
y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido
a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma
que "no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que
nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el
sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había
asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del
sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era
el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb
9, 5). Cuando San Pablo dice de Jesús que "Dios lo exhibió como
instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rm 3, 25) significa
que en su humanidad "estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co
5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador (cf.
Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que
manifiesta en plenitud el poder soberano del "Nombre que está sobre
todo nombre" (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf.
Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen
milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su
Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana.
Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula "Per Dominum
Nostrum Jesum Christum..." ("Por Nuestro Señor Jesucristo..."). El
"Avemaría" culmina en "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". La
oración del corazón, en uso en oriente, llamada "oración a Jesús" dice:
"Jesucristo, Hijo de Dios, Señor ten piedad de mí, pecador". Numerosos
cristianos mueren, como Santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una
única palabra: "Jesús".
II CRISTO
436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo
"Mesías" que quiere decir "ungido". No pasa a ser nombre propio de
Jesús sino porque él cumple perfectamente la misión divina que esa
palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de
Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de
él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13;
1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y,
excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por
excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar
definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía
ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y
sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61,
1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su
triple función de sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del
Mesías prometido a Israel: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un
salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11). Desde el principio él es
"a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo"(Jn 10, 36),
concebido como "santo" (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José
fue llamado por Dios para "tomar consigo a María su esposa" encinta
"del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para
que Jesús "llamado Cristo" nazca de la esposa de José en la
descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap
22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina.
"Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el
nombre de Cristo está sobre entendido El que ha ungido, El que ha sido
ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido,
es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el
Espíritu que es la Unción" (S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18, 3). Su
eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida
terrena en el momento de su bautismo por Juan cuando "Dios le ungió con
el Espíritu Santo y con poder"(Hch 10, 38) "para que él fuese
manifestado a Israel" (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus
palabras lo dieron a conocer como "el santo de Dios" (Mc 1, 24; Jn 6,
69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su
esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico
"hijo de David" prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12,
23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al
cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas
porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una
concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política
(cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el
Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16,
23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la
identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo"
(Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora
como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido,
sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf.
Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se
ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc
23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica
podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con
certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a
este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36).
III HIJO UNICO DE DIOS
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado
a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4,
22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel
(cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6).
Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su
criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el
Rey-Mesías prometido es llamado "hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal
2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos
textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en
cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada
más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como "el Cristo, el
Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16) porque este le responde con solemnidad
"no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito
de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que me separó
desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar
en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles..." (Ga
1,15-16). "Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas:
que él era el Hijo de Dios" (Hch 9, 20). Este será, desde el principio
(cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31)
profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt
16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación
divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante
el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: "Entonces, ¿tú eres el
Hijo de Dios?", Jesús ha respondido: "Vosotros lo decís: yo soy" (Lc
22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, El se designó como
el "Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es
distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21,
34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su
filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre"
(cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles "vosotros,
pues, orad así: Padre Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción:
"Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17).
444 Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la
transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su
"Hijo amado" (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como "el
Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su
preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre del Hijo
Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la
exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque solamente en el
misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del
título "Hijo de Dios".
445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder
de su humanidad glorificada: "Constituido Hijo de Dios con poder, según
el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos" (Rm
1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar "Hemos visto su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y
de verdad "(Jn 1, 14).
IV SEÑOR
446 En la traducción griega de los libros del Antiguo
Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf.
Ex 3, 14), YHWH, es traducido por "Kyrios" ["Señor"]. Señor se
convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la
divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este
sentido fuerte el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también,
y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co
2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando
discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22,
41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera
explícita al dirigirse a sus apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de
toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre
las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado,
demostraban su soberanía divina.
448 Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se
dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la
confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y
curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del
Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús
(cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se
convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces
toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la
tradición cristiana: "¡Es el Señor!" (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras
confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2,
34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre
convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque el
es de "condición divina" (Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía
de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria
(cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del
señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15)
significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad
personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios
Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor" (cf. Mc 12, 17; Hch
5, 29). " La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda
historia humana se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; cf. 45,
2).
451 La oración cristiana está marcada por el título "Señor", ya sea en
la invitación a la oración "el Señor esté con vosotros", o en su
conclusión "por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la exclamación
llena de confianza y de esperanza: "Maran atha" ("¡el Señor viene!") o
"Maran atha" ("¡Ven, Señor!") (1 Co 16, 22): "¡Amén! ¡ven, Señor
Jesús!" (Ap 22, 20).
RESUMEN
452 El nombre de Jesús significa "Dios salva". El niño nacido
de la Virgen María se llama "Jesús" "porque él salvará a su pueblo de
sus pecados" (Mt 1, 21); "No hay bajo el cielo otro nombre dado a los
hombres por el que nosotros debamos salvarnos" ((...) Hch 4, 12).
453 El nombre de Cristo significa "Ungido", "Mesías". Jesús es el
Cristo porque "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch
10, 38). Era "el que ha de venir" (Lc 7, 19), el objeto de "la
esperanza de Israel"(Hch 28, 20).
454 El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de
Jesucristo con Dios su Padre: el es el Hijo único del Padre (cf. Jn 1,
14. 18; 3, 16. 18) y él mismo es Dios (cf. Jn 1, 1). Para ser cristiano
es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (cf. Hch 8, 37; 1
Jn 2, 23).
455 El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o
invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad "Nadie puede decir:
"¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo"(1 Co 12, 3).
Artículo 3 "JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO Y NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN"
Párrafo 1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE
456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos
confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del
cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se
hizo hombre".
457 El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados"
(1 Jn 4, 10)."El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1
Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser
restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del
bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas,
hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un
salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían
importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el
punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla
ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan
desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).
458 El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de
Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios
envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1 Jn
4, 9). "Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn
3, 16).
459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad
sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí ... "(Mt 11, 29). "Yo soy el
Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6).
Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: "Escuchadle" (Mc
9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las
bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los
otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor tiene como
consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).
460 El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza
divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo
hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al
entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina,
se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque
el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc.,
54, 3). "Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse
participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus
homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de
su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho
hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57 in
festo Corp. Chr., 1).
II LA ENCARNACION
461 Volviendo a tomar la frase de San Juan ("El Verbo se
encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de que el
Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por
ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia
canta el misterio de la Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios,
sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp
2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).
462 La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:
Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio
y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios
por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo ... a
hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).
463 La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo
distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el Espíritu de
Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de
Dios" (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus
comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad": "El ha sido
manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).
III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
464 El acontecimiento único y totalmente singular de la
Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte
Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa
entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar
de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante
los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.
465 Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que
su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica
la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios,
"venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo
III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un
concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por
naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en
el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no
creado, de la misma substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a
Arrio que afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y
que sería "de una substancia distinta de la del Padre" (DS 126).
466 La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la
persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría
y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431,
confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada
por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo
no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha
asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso
proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de
Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre
de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza
divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado
de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que
el Verbo nació según la carne" (DS 251).
467 Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de
existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo
de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en
Calcedonia, confesó en el año 451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay
que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo:
perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente
Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo;
consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con
nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en
el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según
la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los
últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la
humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo
único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin
separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida
por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de
las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS
301-302).
468 Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la
naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra
éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553
confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o
persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS
424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído
a su persona divina como a su propio sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255),
no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y
la misma muerte: "El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor
Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima
Trinidad" (DS 432).
469 La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero
Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha
hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro
Señor:
"Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit" ("Permaneció en lo
que era y asumió lo que no era"), canta la liturgia romana (LH,
antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21,
2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: "Oh Hijo
Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra
salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María,
sin mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo
Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la
Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos!
(Tropario "O monoghenis").
IV COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la
naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia
ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad
del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y
del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar
en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece
propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido.
Todo lo que es y hace en ella pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo
de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de
existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo
expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14,
9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia
de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en
todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de Cristo
471 Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había
sustituído al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó
que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).
472 Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un
verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí
ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su
existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al
hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia"
(Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se
adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.).
Eso ... correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en
"la condición de esclavo" (Flp 2, 7).
473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del
Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio
Magno, ep 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del Hijo de Dios, no
por ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba
en ella todo lo que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub.
66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo
e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc
14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento
humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los
pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25;
6, 61; etc.).
474 Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
475 De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
476 Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera
humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el
año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar la faz humana de Jesús (Ga
3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS
600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en
imágenes sagradas.
477 Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo
de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se hace visible"
(Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del
cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha
hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de
que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el
creyente que venera su imagen, "venera a la persona representada en
ella" (Cc. Nicea II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
478 Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres" (Pio XII, Enc."Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).
RESUMEN
479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del
Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del
Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la
naturaleza humana.
480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su
Persona divina; por esta razón él es el único Mediador entre Dios y los
hombres.
481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana,
no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, tien e una
inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y
sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común
con el Padre y el Espíritu Santo.
483 La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la
naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del
Verbo.
Párrafo 2 "... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO,
NACIO DE SANTA
MARIA VIRGEN" CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO ...
484 La anunciación a María inaugura la plenitud de "los
tiempos"(Gal 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los
preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará
"corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta
divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34)
se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre
ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del
Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue enviado para santificar
el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es "el
Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del
Padre en una humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de
la Virgen María es "Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo
(cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana,
aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los
pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista
(cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la
vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu
Santo y con poder" (Hch 10, 38).
II ... NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
487 Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un
cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para
eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo,
a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una
virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el
nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que
estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para
que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer
contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).
489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue
preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo
está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una
descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser
la Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta
promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18,
10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era
tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la fidelidad
a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit,
y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y
los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la
acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga
espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de
salvación" (LG 55).
La Inmaculada Concepción
490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios
con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel
Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de
gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de
su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese
totalmente poseída por la gracia de Dios
491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que
María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde
su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción,
proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la
mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por
singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los
méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).
492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella
fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le
viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime
en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha
"bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos,
en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha
elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e
inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la
Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de
pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de
todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
"Hágase en mí según tu palabra ..."
494 Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo"
sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37),
María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que
"nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase
en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la
palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo
corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo
impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de
su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de
Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa de
la salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso, no
pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en
afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de
María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen
María por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los
vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la
vida por María". (LG. 56).
La maternidad divina de María
495 Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64),
la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen
María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el
aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex
Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento
humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción
virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha
venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis
firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de
la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la
voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de
una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo
Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó
verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
497 Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la
concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión
y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene
del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su
desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la
promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen
concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la traducción griega de
Mt 1, 23).
498 A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y
de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de
María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de
leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A
lo cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha
encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no
creyentes, judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes,
Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen en la mitología
pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de
este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo
que reúne entre sí los misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los
Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio
de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de este
mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del
Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de
Dios" (Eph. 19, 1;cf. 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en la maternidad virginal ha
llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María
(cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS
291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo
"lejos de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG
57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos",
la "siempre-virgen" (cf. LG 52).
500 A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y
hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La
Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros
hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de
Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf.
Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como "la otra María"
(Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una
expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15;
etc.).
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de
María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a
los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios
constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los
creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre"
(LG 63).
La maternidad virginal de María en el designio de Dios
502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede
descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio
salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se
refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la
aceptación por María de esta misión para con los hombres.
503 La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en
la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2,
48-49). "La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de
su Padre ...; consubstancial con su Padre en la divinidad,
consubstancial con su Madre en nuestras humanidad, pero propiamente
Hijo de Dios en sus dos naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).
504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la
Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura
la nueva creación: "El primer hombre, salido de la tierra, es terreno;
el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo,
desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da
el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la
humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos recibido todos gracia por
gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo
nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe
"¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida
divina no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de
hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal
porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal
de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a
cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
506 María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no
adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad
de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la
madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam
concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al recibir a
Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo" (S.
Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más
perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se
convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por
la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a
los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También
ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al
Esposo" (LG 64).
RESUMEN
508 De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María
para ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena de gracia", es "el fruto
excelente de la redención" (SC 103); desde el primer instante de su
concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original
y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
509 María es verdaderamente "Madre de Dios" porque es la madre del Hijo
eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.
510 María "fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen
durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre" (S.
Agustín, serm. 186, 1): Ella, con todo su ser, es "la esclava del
Señor" (Lc 1, 38).
511 La Virgen María "colaboró por su fe y obediencia libres a la
salvación de los hombres" (LG 56). Ella pronunció su "fiat" "loco
totius humanae naturae" ("ocupando el lugar de toda la naturaleza
humana") (Santo Tomás, s.th. 3, 30, 1 ): Por su obediencia, Ella se
convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.
Párrafo 3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
512 Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla
más que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y
de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los
infiernos, resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los
misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de
la fe referente a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda
la vida terrena de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el
principio hasta el día en que ... fue llevado al cielo" (Hch 1, 1-2)
hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua.
513 La Catequesis, según las circunstancias, debe presentar toda la
riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí basta indicar algunos elementos
comunes a todos los Misteri os de la vida de Cristo (I), para esbozar a
continuación los principales misterios de la vida oculta (II) y pública
(III) de Jesús.
I TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO
514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la
curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre
su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se
narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha
sido "para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para
que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 31).
515 Los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al
grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y
quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es
Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda
su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el
vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección
(cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A
través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que
"en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2,
9). Su humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el signo y
el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo
que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible
de su filiación divina y de su misión redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús
516 Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus
palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de
ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn
14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9, 35).
Nuestro Señor, al haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (cf.
Hb 10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los
menores rasgos de sus misterios.
517 Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos
viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1
P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de
Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con
su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra
insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que
purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus
exorcismos, por las cuales "él tomó nuestras flaquezas y cargó con
nuestras enfermedades" (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección,
por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).
518 Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación. Todo lo que
Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre
caído en su vocación primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga
historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la
salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el
ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S.
Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo demás, esta es la razón por la cual
Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a
todos los hombres la comunión con Dios (ibid. 3,18,7; cf. 2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de Jesús
519 Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y
constituye el bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para
sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros los
hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados"
(1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom
4,25). Todavía ahora, es "nuestro abogado cerca del Padre" (1 Jn 2, 1),
"estando siempre vivo para interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con
todo lo que vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece
presente para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor nuestro"
(Hb 9, 24).
520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5;
Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus
discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo
que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc
11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las
persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).
521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que El lo
viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en
cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más
que una sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su
Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo
nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de
Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en
nosotros y en toda su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios tiene el
designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en
nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que él quiere
comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a
estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S.
Juan Eudes, regn.)
II LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA
Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Los preparativos
522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es un
acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos.
Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb
9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por
boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el
corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
523 San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del
Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del
Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de
los que es el último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch
1, 22;Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la
venida de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo"
(Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder
de Elías" (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su
bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).
524 Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia
actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación
de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente
deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y
el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es
preciso que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
525 Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia
pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros
testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria
del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria
de esta noche:
La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)
526 "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para
entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse
(cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario "nacer de
lo alto" (Jn 3,7), "nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de
Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando
Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de
este "admirable intercambio":
O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y
alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da
parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).
Los Misterios de la Infancia de Jesús
527 La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento
(cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia de Abraham,
en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4) y
de su consagración al culto de Israel en el que participará durante
toda su vida. Este signo prefigura "la circuncisión en Cristo" que es
el Bautismo (Col 2, 11-13).
528 La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel,
Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el
Jordán y las bodas de Caná (cf. LH Antífona del Magnificat de las
segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de
Jesús por unos "magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos "magos",
representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio
ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la
Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para
"rendir homenaje al rey de los Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en
Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap
22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su
venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y
adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia
los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica
tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La
Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles entra en la
familia de los patriarcas"(S. León Magno, serm.23 ) y adquiere la
"israelitica dignitas" (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la
tercera lectura).
529 La Presentación de Jesús en el templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra
como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con
Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al Encuentro
de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este
acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "luz
de las naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo de
contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra
oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que
Dios ha preparado "ante todos los pueblos".
530 La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18)
manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: "Vino a su Casa, y
los suyos no lo recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará
bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn
15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo (cf. Os
11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.
Los misterios de la vida oculta de Jesús
531 Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la
condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin
aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía
sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4), vida en la comunidad. De todo
este período se nos dice que Jesús estaba "sometido" a sus padres y que
"progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los
hombres" (Lc 2, 51-52).
532 Con la sumisión a su madre, y a su padre legal, Jesús cumple con
perfección el cuarto mandamiento. Es la imagen temporal de su
obediencia filial a su Padre celestial. La sumisión cotidiana de Jesús
a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo:
"No se haga mi voluntad ..."(Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo
cotidiano de la vida oculta inaugurada ya la obra de restauración de lo
que la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).
533 La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con
Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la
escuela del Evangelio ...Una lección de silencio ante todo. Que nazca
en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu
admirable e inestimable ... Una lección de vida familiar. Que Nazaret
nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y
sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable ... Una lección de
trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero", aquí es donde
querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo
humano ...; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los
trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano
divino (Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).
534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único
suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos
de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración
total a una misión derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me
debo a los asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron" esta
palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba cuidadosamente
todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos los años en que
Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria.
III LOS MISTERIOS DE LA VIDA PUBLICA DE JESUS
El Bautismo de Jesús
535 El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida pública de Jesús es
su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch 1, 22). Juan proclamaba "un
bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Lc 3, 3). Una
multitud de pecadores, publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14),
fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a
hacerse bautizar por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda.
Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en
forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él
es "mi Hijo amado" (Mt 3, 13-17). Es la manifestación ("Epifanía") de
Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
536 El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la
inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los
pecadores (cf. Is 53, 12); es ya "el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo" (Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo" de su muerte
sangrienta (cf Mc 10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir toda
justicia" (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de
su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de
nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del
Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42,
1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a
"posarse" sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él manará este
Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, "se abrieron los
cielos" (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas
fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como
preludio de la nueva creación.
537 Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús
que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en
este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender
al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu
para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida
nueva" (Rm 6, 4):
Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él;
descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para
ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9). Todo lo que
aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el
Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que,
adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S.
Hilario, Mat 2).
Las Tentaciones de Jesús
538 Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en
el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado
por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante
cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc
1, 12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces
tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza
estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y
las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el
tiempo determinado" (Lc 4, 13).
539 Los evangelistas indican el sentido salvífico de este
acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel
allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió
perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que
anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto
(cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente
obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo;
él ha "atado al hombre fuerte" para despojarle de lo que se había
apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el
Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia
de su amor filial al Padre.
540 La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías
el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que
los hombres (cf Mt 16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo
que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo
Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado
en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15). La
Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma,
al Misterio de Jesús en el desierto.
"El Reino de Dios está cerca"
541 "Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y
proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino
de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
"Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la
tierra el Reino de los cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre
es "elevar a los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2).
Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta
reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo
de este Reino" (LG 5).
542 Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como
"familia de Dios". Los convoca en torno a él por su palabra, por sus
señales que manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus
discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio
del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección.
"Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn
12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf.
LG 3).
El anuncio del Reino de Dios
543 Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino.
Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este
reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las
naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger
la palabra de Jesús:
La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los
que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido
el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el
tiempo de la siega (LG 5).
544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los
que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para "anunciar
la Buena Nueva a los pobres" (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara
bienaventurados porque de "ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 3);
a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas
que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús, desde
el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el
hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la
privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de
todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para
entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).
545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he venido a
llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les
invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino,
pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de
su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el
cielo por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7). La prueba
suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida "para
remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo
típico de su enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al
banquete del Reino(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección
radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13,
44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32).
Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como
un suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con
los talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del
Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas.
Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo
para "conocer los Misterios del Reino de los cielos" (Mt 13, 11). Para
los que están "fuera" (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo
enigmático (cf. Mt 13, 10-15).
Los signos del Reino de Dios
547 Jesús acompaña sus palabras con numerosos "milagros,
prodigios y signos" (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está
presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (cf,
Lc 7, 18-23).
548 Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha
enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10,
38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5,
25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél
que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de
Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo"
(Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos
mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por
algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los
demonios (cf. Mc 3, 22).
549 Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf.
Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la
muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no
obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. LC 12,
13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más
grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su
vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.
550 La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf.
Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios,
es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los
exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios
(cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el
príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será
definitivamente establecido el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus"
("Dios reinó desde el madero de la Cruz", himno "Vexilla Regis").
"Las llaves del Reino"
551 Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos
hombres en número de doce para estar con él y participar en su misión
(cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes de su autoridad "y los envió a
proclamar el Reino de Dios y a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para
siempre permanecen asociados al Reino de Cristo porque por medio de
ellos dirige su Iglesia:
Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo
dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os
sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22,
29-30).
552 En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf. Mc
3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Jesús le confía una misión única.
Gracias a una revelación del Padre , Pedro había confesado: "Tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró: "Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Cristo, "Piedra viva"
(1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria
sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por
él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de
custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a
sus hermanos (cf. Lc 22, 32).
553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te daré
las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en
los cielos" (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad
para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen
Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su
resurrección:"Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y
desatar" significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar
sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia.
Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los
apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a
quien él confió explícitamente las llaves del Reino.
Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.
554 A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro "comenzó a mostrar a sus
discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir ... y ser condenado a
muerte y resucitar al tercer día" (Mt 16, 21): Pedro rechazó este
anuncio (cf. Mt 16, 22-23), los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt
17, 23; Lc 9, 45). En este contexto se sitúa el episodio misterioso de
la Transfiguración de Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.: 2 P 1, 16-18), sobre
una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y
Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la
luz, Moisés y Elías aparecieron y le "hablaban de su partida, que
estaba para cumplirse en Jerusalén" (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y
se oyó una voz desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi elegido;
escuchadle" (Lc 9, 35).
555 Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la
confesión de Pedro. Muestra también que para "entrar en su gloria" (Lc
24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías
habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas
habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión
de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como
siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu
Santo: "Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine,
Spiritus in nube clara" ("Apareció toda la Trinidad: el Padre en la
voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa" (Santo
Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):
Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos
eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios,
a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión
era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la
irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la
Transfiguración,)
556 En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la
Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús "fue manifestado
el misterio de la primera regeneración": nuestro bautismo; la
Transfiguración "es es sacramento de la segunda regeneración": nuestra
propia resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora
nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu
Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La
Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida
de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un
cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda
también que "es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para
entrar en el Reino de Dios" (Hch 14, 22): Pedro no había comprendido
eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha
reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él
mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la
tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida
desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el
Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para
sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S. Agustín, serm. 78,
6).
La subida de Jesús a Jerusalén
557 "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se
afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por
esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En
tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su
Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a
Jerusalén dice: "No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc
13, 33).
558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos
en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a
Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces he querido reunir a
tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no
habéis querido!" (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén,
llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si
también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está
oculto a tus ojos" (Lc 19, 41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó
siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero
elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la
ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado
como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir
"¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria"
(Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no
conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni
por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad
(cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los
niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le
aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38;
2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor"
(Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la
liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del
Señor.
560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que
el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su
Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de
la Iglesia abre la Semana Santa.
RESUMEN
561 "La vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su
silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su
predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del
sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son
la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación" (CT 9).
562 Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta que él crezca
y se forme en ellos (cf. Ga 4, 19). "Por eso somos integrados en los
misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y
resucitados hasta que reinemos con él (LG 7).
563 Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios aquí abajo sino
arrodillándose ante el pesebre de Belén y adorando a Dios escondido en
la debilidad de un niño.
564 Por su sumisión a María y a José, así como por su humilde trabajo
durante largos años en Nazaret, Jesús nos da el ejemplo de la santidad
en la vida cotidiana de la familia y del trabajo.
565 Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el
"Siervo" enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo
en el "bautismo" de su pasión.
566 La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que
triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación
querido por el Padre.
567 El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo.
"Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la
presencia de Cristo" (LG 5). La Iglesia es el germen y el comienzo de
este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro.
568 La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe
de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un "monte
alto" prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia,
manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la
esperanza de la gloria" (Col 1, 27) (cf. S. León Magno, serm. 51, 3).
569 Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente
que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los
pecadores (cf. Hb 12,3).
570 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que
el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes
de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su
Resurrección.
Artículo 4 "JESUCRISTO PADECIO BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTOY SEPULTADO"
571 El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de
Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstole s, y la
Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio
salvador de Dios se ha cumplido de "una vez por todas" (Hb 9, 26) por
la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.
572 La Iglesia permanece fiel a "la interpretación de todas las
Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su
Pascua: "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su
gloria?" (Lc 24, 26-27, 44-45). Los padecimientos de Jesús han tomado
una forma histórica concreta por el hecho de haber sido "reprobado por
los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas" (Mc 8, 31), que lo
"entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y
crucificarle" (Mt 20, 19).
573 Por lo tanto, la fe puede escrutar las circunstancias de la muerte
de Jesús, que han sido transmitidas fielmente por los Evangelios (cf.
DV 19) e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de comprender
mejor el sentido de la Redención.
Párrafo 1 JESUS E ISRAEL
574 Desde los comienzos del ministerio público de Jesús,
fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se
pusieron de acuerdo para perderle (cf. Mc 3, 6). Por algunas de sus
obras (expulsión de demonios, cf. Mt 12, 24; perdón de los pecados, cf.
Mc 2, 7; curaciones en sábado, cf. 3, 1-6; interpretación original de
los preceptos de pureza de la Ley, cf. Mc 7, 14-23; familiaridad con
los publicanos y los pecadores públicos, (cf. Mc 2, 14-17), Jesús
apareció a algunos malintencionados sospechoso de posesión diabólica
(cf. Mc 3, 22; Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7;
Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes
religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf. Jn
8, 59; 10, 31).
575 Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un
"signo de contradicción" (Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de
Jerusalén, aquellas a las que el Evangelio de S. Juan denomina con
frecuencia "los Judíos" (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18,
12; 19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del pueblo de
Dios (cf. Jn 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no
fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron
del peligro que corría (cf. Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos
como al escriba de Mc 12, 34 y come varias veces en casa de fariseos
(cf. Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta
élite religiosa del pueblo de Dios: la resurrección de los muertos (cf.
Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas de piedad (limosna, ayuno y
oración, cf. Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse a Dios como Padre,
carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo (cf. Mc
12, 28-34).
576 A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las
instituciones esenciales del Pueblo elegido:
- Contra el sometimiento a la Ley en la integridad de sus preceptos
escritos, y, para los fariseos, su interpretación por la tradición
oral.
- Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar santo
donde Dios habita de una manera privilegiada.
- Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede
compartir.
I JESUS Y LA LEY
577 Al comienzo del Sermón de la montaña, Jesús hace una
advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con
ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva
Alianza:
"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido
a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la
tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la Ley sin que todo
se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos
menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de
los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ese será grande
en el Reino de los cielos" (Mt 5, 17-19).
578 Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino
de los cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad
hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es
el único en poderlo hacer perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos,
según su propia confesión, jamás han podido cumplir jamás la Ley en su
totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13,
38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los
hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley.
En efecto, la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, "quien
observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de
todos" (St 2, 10; cf. Ga 3, 10; 5, 3).
579 Este principio de integridad en la observancia de la Ley, no sólo
en su letra sino también en su espíritu, era apreciado por los
fariseos. Al subrayarlo para Israel, muchos judíos del tiempo de Jesús
fueron conducidos a un celo religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual,
si no quería convertirse en una casuística "hipócrita" (cf. Mt 15, 3-7;
Lc 11, 39-54) no podía más que preparar al pueblo a esta intervención
inaudita de Dios que será la ejecución perfecta de la Ley por el único
Justo en lugar de todos los pecadores (cf. Is 53, 11; Hb 9, 15).
580 El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del
divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo
(cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra
sino "en el fondo del corazón" (Jr 31, 33) del Siervo, quien, por
"aportar fielmente el derecho" (Is 42, 3), se ha convertido en "la
Alianza del pueblo" (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre
sí mismo "la maldición de la Ley" (Ga 3, 13) en la que habían incurrido
los que no "practican todos los preceptos de la Ley" (Ga 3, 10) porque,
ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la
Primera Alianza" (Hb 9, 15).
581 Jesús fue considerado por los Judíos y sus jefes espirituales como
un "rabbi" (cf. Jn 11, 28; 3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36). Con frecuencia
argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley (cf. Mt
12, 5; 9, 12; Mc 2, 23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo
tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley
porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos,
sino que "enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas"
(Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para
dar a Moisés la Ley escrita, es la que en él se hace oír de nuevo en el
Monte de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa palabra no revoca la
Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación
definitiva: "Habéis oído también que se dijo a los antepasados ... pero
yo os digo" (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba
ciertas "tradiciones humanas" (Mc 7, 8) de los fariseos que "anulan la
Palabra de Dios" (Mc 7, 13).
582 Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los
alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su
sentido "pedagógico" (cf. Ga 3, 24) por medio de una interpretación
divina: "Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle
impuro ... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale
del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del
corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7, 18-21).
Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la
Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su
interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con
que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre,
en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda,
frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24),
que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf.
Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que
realizan sus curaciones.
II JESUS Y EL TEMPLO
583 Como los profetas anteriores a él, Jesús profesó el más
profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José
y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la
edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus
padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49).
Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión
de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por
sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas
judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).
584 Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro
con Dios. El Templo era para él la casa de su Padre, una casa de
oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un
mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo
hacia las cosas de su Padre: "no hagáis de la Casa de mi Padre una casa
de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: 'El celo
por tu Casa me devorará' (Sal 69, 10)" (Jn 2, 16-17). Después de su
Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el
Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21; etc.).
585 Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la
ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre
piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los
últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3;
Lc 13, 35). Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos
en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y
serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (cf.
Mt 27, 39-40).
586 Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17,
14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20),
Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt
17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura
Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo
presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf.
Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22)
anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva
edad de la historia de la salvación:"Llega la hora en que, ni en este
monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre"(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24;
Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).
III JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO
Y SALVADOR
587 Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión de
"contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas
de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados
-obra divina por excelencia- acepta ser verdadera piedra de escándalo
para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los
pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf.
Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los "que se tenían por
justos y despreciaban a los demás" (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34),
Jesús afirmó: "No he venido a llamar a conversión a justos, sino a
pecadores" (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los
fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8,
33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con
respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).
589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta
misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con
respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar
entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2),
los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es
especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las
autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen,
justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo
Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque
es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o
bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios
(cf. Jn 17, 6-26).
590 Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar
una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está conmigo está
contra mí" (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es "más que Jonás
... más que Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el Templo" (Mt 12, 6);
cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf.
Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes que naciese Abraham, Yo soy" (Jn
8, 58); e incluso: "El Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén creer en él
en virtud de las obras de su Padre que el realizaba (Jn 10, 36-38).
Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo
para un nuevo "nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la gracia
divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un
cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite
comprender el trágico desprecio del sanhedrín al estimar que Jesús
merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus
miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34;Hch 3,
17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5;Rm 11, 25) de la
"incredulidad" (Rm 11, 20).
RESUMEN
592 Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino que la perfeccionó
(cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf. Jn 8, 46) que reveló su hondo
sentido (cf. Mt 5, 33) y satisfizo por las transgresiones contra ella
(cf. Hb 9, 15).
593 Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación en las
fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios entre los
hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la destrucción del
templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad de la
historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo definitivo.
594 Jesús realizó obras como el perdón de los pecados que lo revelaron
como Dios Salvador (cf. Jn 5, 16-18). Algunos judíos que no le
reconocían como Dios hecho hombre (cf. Jn 1, 14) veían en él a "un
hombre que se hace Dios" (Jn 10, 33), y lo juzgaron como un blasfemo.
Párrafo 2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I EL PROCESO DE JESUS
Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús
595 Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el
fariseo Nicodemo (cf. Jn 7, 50) o el notable José de Arimatea eran en
secreto discípulos de Jesús (cf. Jn 19, 38-39), sino que durante mucho
tiempo hubo disensiones a propósito de El (cf. Jn 9, 16-17; 10, 19-21)
hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo
decir de ellos que "un buen número creyó en él", aunque de una manera
muy imperfecta (Jn 12, 42). Eso no tiene nada de extraño si se
considera que al día siguiente de Pentecostés "multitud de sacerdotes
iban aceptando la fe" (Hch 6, 7) y que "algunos de la secta de los
Fariseos ... habían abrazado la fe" (Hch 15, 5) hasta el punto de que
Santiago puede decir a S. Pablo que "miles y miles de judíos han
abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley" (Hch 21,
20).
596 Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la
conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los
fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9,
22). A los que temían que "todos creerían en él; y vendrían los romanos
y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el
sumo sacerdote Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno
solo por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). El
Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte" (Mt 26, 66) como blasfemo,
pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn
18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política
(cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de
"sedición" (Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que los
sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a
Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).
Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús
597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en
las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el
pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín,
Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la
responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a
pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de
las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la
conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10;
5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús
perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo
apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e
incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo:
"¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que
significa una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría
ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en
el tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II:
"Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente
a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy...no se
ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si
tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo
598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio
de sus santos no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los
autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el
divino Redentor" (Catech. R. I, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en
cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch
9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la
responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con
la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los
judíos:
Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que
continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones
las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la
cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el
mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a
pública infamia (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen
en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio
del Apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al
Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión
de conocerle. Y cuando renegamos de El con nuestras acciones, ponemos
de algún modo sobre El nuestras manos criminales (Catech. R. 1, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con
ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote
en los vicios y en los pecados (S. Francisco de Asís, admon. 5, 3).
II LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO EN EL DESIGNIO DIVINO DE
SALVACION
"Jesús entregado según el preciso designio de Dios"
599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una
desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del
designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya
en su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según el
determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este
lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús" (Hch
3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de
antemano por Dios.
600 Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su
actualidad. Por tanto establece su designio eterno de "predestinación"
incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: "Sí,
verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo
Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones
gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que
ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías
predestinado" (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su
ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de
salvación (cf. Hch 3, 17-18).
"Muerto por nuestros pecados según las Escrituras"
601 Este designio divino de salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber "recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem: cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).
"Dios le hizo pecado por nosotros"
602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe
apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados
de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco,
oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y
sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y
manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20).
Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están
sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su
propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una
humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8,
3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para
que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado
(cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre
(cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por
nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la
cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal
22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no
perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros"
(Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de
su Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios
manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor
benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que
El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros
pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que
Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,
8).
605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que
este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de
vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18,
14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este
último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a
la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5,
18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2,
2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción:
"no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido
Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).
III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su
voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en
este mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu
voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la
oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10,
5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el
designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es
hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4,
34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2,
2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me
ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al
Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre
anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque
su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre
líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn
12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18,
11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19,
30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado del mundo"
608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la
cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en "la noche en que
fue entregado"(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando
todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el
memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la
salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por
vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser
derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial" (1
Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia
ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a
sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a
mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad" (Jn 17,
19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz .." (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3, 15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a
cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8,
34-36) por medio del "cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29;
cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25)
que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8)
reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos para
remisión de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos
los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios
Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él
(cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho
hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf.
Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14),
para reparar nuestra desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
615 "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El "amor hasta el extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su
valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al
sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de
su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al
pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5,
14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de
tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en
sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del
Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas
humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible
su sacrificio redentor por todos.
617 "Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem
meruit" ("Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció
la justificación")enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el
carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de salvación
eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "O crux, ave,
spes unica" ("Salve, oh cruz, única esperanza", himno "Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador
entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona
divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22,
2), él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo
conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama a
sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque él
"sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas"
(1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a
aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn
21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre,
asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento
redentor (cf. Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa
de Lima, vida)
RESUMEN
619 "Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras"(1
Co 15, 3).
620 Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia
nosotros porque "El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por
nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). "En Cristo estaba Dios reconciliando al
mundo consigo" (2 Co 5, 19).
621 Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo
significa y lo realiza por anticipado durante la última cena: "Este es
mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19).
622 La redención de Cristo consiste en que él "ha venido a dar su vida
como rescate por muchos" (Mt 20, 28), es decir "a amar a los suyos
hasta el extremo" (Jn 13, 1) para que ellos fuesen "rescatados de la
conducta necia heredada de sus padres" (1 P 1, 18).
623 Por su obediencia amorosa a su Padre, "hasta la muerte de cruz"
(Flp 2, 8) Jesús cumplió la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del
Siervo doliente que "justifica a muchos cargando con las culpas de
ellos". (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).
Párrafo 3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
624 "Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente "muriese por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) sino también que "gustase la muerte", es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó . Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
625 La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el
vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su
actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que
vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los
siglos de los siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según
el orden necesario de la natur aleza pero los reunió de nuevo, uno con
otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser El mismo en persona el
punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en él la
descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando él
mismo el principio de reunión de las partes separadas (S. Gregorio
Niceno, or. catech. 16).
626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte" (Hch
3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado" (Lc 24, 5-6),
era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado
asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:
Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada
de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas;
porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón
desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque
separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y
única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la corrupción"
627 La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2, 24) y por eso de Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is 53, 8); y: "mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; cf.Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24, 46; cf. Mt 12, 40; Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (cf. Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo ... "
628 El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).
RESUMEN
629 Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf. Hb 2, 9). Es
verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue sepultado.
630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona
divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin
embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de
Cristo "no conoció la corrupción" (Hch 13,37).
Artículo 5 "JESUCRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS, AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"
631 "Jesús bajó a las regiones inferiores de la tierra. Este
que bajó es el mismo que subió" (Ef 4, 9-10). El Símbolo de los
Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a
los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque es
en su Pascua donde, desde el fondo de la muerte, él hace brotar la
vida:
Christus, filius tuus,
qui, regressus ab inferis,
humano generi serenus illuxit,
et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.
(Es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos.Amén).
(MR, Vigilia pascual 18: Exultet)
Párrafo 1 CRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS
632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las
cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co
15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la
morada de los muertos (cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la
predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús
conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la
morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la
buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (cf. 1 P
3,18-19).
633 La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2,
24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo
después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados
de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a
la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos
(cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que
su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre
Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf. Lc 16, 22-26). "Son
precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el
seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los
infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para
liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni
para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino
para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV
en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva ..." (1 P 4,
6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio
evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de
Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su
significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres
de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se
salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12,
40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan la voz del Hijo de
Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la
vida" (Hch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte,
es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban
de por vida sometidos a esclavitud "(Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo
resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18) y "al
nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en
los abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran
soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y
se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a
despertar a los que dormían desde hacía siglos ... Va a buscar a Adán,
nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los
que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para
liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El
que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu
causa he sido hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he
creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate
de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos (Antigua homilía
para el Sábado Santo).
RESUMEN
636 En la expresión "Jesús descendió a los infiernos", el
símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en
favor nuestro, ha vencido a la muerte y al Diablo "Señor de la muerte"
(Hb 2, 14).
637 Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la
morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le
habían precedido.
Párrafo 2 AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS
638 "Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos.
Con su muerte venció a la muerte.
A los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)
I EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío
640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
Las apariciones del Resucitado
641 María Magdalena y las santas mujeres, que venían de
embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa
en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31.
42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn
20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la
Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10).
Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los
Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus
hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los
demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es
verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24,
34).
642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada
uno de los Apóstoles - y a Pedro en particular - en la construcción de
la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del
Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia.
La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de
hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría,
viviendo entre ellos todavía. Estos "testigos de la Resurrección de
Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no
solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a
las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de
todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de
Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho
histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue
sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su
Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida
provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo
menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la
resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad
arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los
discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn
20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del
sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11; cf.
Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de
Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no
haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la
realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24,
38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a
causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá
la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición
en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo dudaron" (Mt 28,
17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un
"producto" de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene
consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació - bajo
la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad
de Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de Cristo
645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones
directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la
comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a
reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a
que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante
ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue
llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este
cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las
propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio
ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere
y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26;
21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no
pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por
esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer
como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o
"bajo otra figura" (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a
los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4.
7).
646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como
en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de
Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran
acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro
volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena "ordinaria".
En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es
esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de
muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la
Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo;
participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San
Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15,
35-50).
La resurrección como acontecimiento transcendente
647 "¡Qué noche tan dichosa, canta el 'Exultet' de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!". En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, "a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo" (Hch 13, 31).
II LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA TRINIDAD
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una
intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la
historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y
manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre
que "ha resucitado" (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo
ha introducido de manera perfecta su humanidad - con su cuerpo - en la
Trinidad. Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los
muertos" (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder
de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por
la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y
la ha llamado al estado glorioso de Señor.
649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de
su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir
mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8,
31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: "doy mi
vida, para recobrarla de nuevo ... Tengo poder para darla y poder para
recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús murió y
resucitó" (1 Te 4, 14).
650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina
de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre
sí por la muerte: "Por la unidad de la naturaleza divina que permanece
presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de
nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano,
y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San
Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).
III SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA RESURRECCION
651 "Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana
también vuestra fe"(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo
la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las
verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran
su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva
de su autoridad divina según lo había prometido.
652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del
Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante
su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión
"según las Escrituras" (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo
nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección de Cristo cumplió
estas predicciones.
653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su
Resurrección. El había dicho: "Cuando hayáis levantado al Hijo del
hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn 8, 28). La Resurrección del
Crucificado demostró que verdaderamente, él era "Yo Soy", el Hijo de
Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: "La Promesa hecha
a los padres Dios la ha cumplido en nosotros ... al resucitar a Jesús,
como está escrito en el salmo primero: 'Hijo mío eres tú; yo te he
engendrado hoy" (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de
Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo
de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.
654 Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos
libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva
vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la
gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos ... así también nosotros vivamos una
nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el
pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1,
3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en
hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de
su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17).
Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta
filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo
único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.
655 Por último, la Resurrección de Cristo - y el propio Cristo
resucitado - es principio y fuente de nuestra resurrección futura:
"Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que
durmieron ... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también
todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto
se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El
los cristianos "saborean los prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su
vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3,
1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que
murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).
RESUMEN
656 La fe en la Resurrección tiene por objeto un
acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos
que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente
transcendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria
de Dios.
657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas
que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las
ataduras de la muerte y de la corrupción . Preparan a los discípulos
para su encuentro con el Resucitado.
658 Cristo, "el primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18), es el
principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la
justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la
vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).
Artículo 6 "JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA
DERECHA
DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO"
659 "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue
elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). El
Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección
como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que
desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20,
19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe
familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre
el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de
una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4).
La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su
humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9;
cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51)
donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19;
Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente
excepcional y única, se muestra a Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8)
en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9,
1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo
se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía
no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre
y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una
diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la
de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez
histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a
otra.
661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es
decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el
que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28).
"Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del
hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la
humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y
a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al
hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros,
miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en
su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).
662 "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"(Jn
12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la
Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de
la Alianza nueva y eterna, no "penetró en un Santuario hecho por mano
de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el
acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo
ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar
perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre
vivo para interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo Sacerdote de
los bienes futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de
la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).
663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por
derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad,
donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como
Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de
que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno,
f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino
del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo
del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los
pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio
eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,
14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los
testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de
Nicea-Constantinopla).
RESUMEN
665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de
la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de
volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de
los hombres (cf. Col 3, 3).
666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso
del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la
esperanza de estar un día con él eternamente.
667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del
cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos
asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.
Artículo 7 "DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS"
I VOLVERA EN GLORIA
Cristo reina ya mediante la Iglesia ...
668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor
de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo
significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la
autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los
cielos y en la tierra. El está "por encima de todo Principado,
Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió
todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4,
10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la
humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef
1, 10), su cumplimiento transcendente.
669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su
Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo
cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La
Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del
Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia,
o el reino de Cristo presente ya en misterio", "constituye el germen y
el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 3;5).
670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su
consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7).
"El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del
mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera
real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en
la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía
imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por
los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por
la Iglesia (cf. Mc 16, 20).
... esperando que todo le sea sometido
671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin
embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27;
cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún
es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar
de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de
Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y
"mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la
justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e
instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo
que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de
parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios"
(LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la
Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf.
2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap
22, 17-20).
672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del
establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf.
Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a
todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la
paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y
del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía
por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que
afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de
los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera
y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).
El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel
673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es
inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el
tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7;
cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en
cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento
y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos
de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).
674 La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la
historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm
11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en
"la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los
judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y
convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del
Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había
sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo
de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus
profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación
ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una
resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la
plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a
continuación de "la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21,
24), hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13)
en la cual "Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).
La última prueba de la Iglesia
675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar
por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc
18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre
la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de
iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a
los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de
la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del
Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se
glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías
venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2,
18.22).
676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada
vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la
historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo
histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma
mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro
con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma
política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf.
Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el "falso misticismo" de esta
"falsificación de la redención de los humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta
última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su
Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto,
mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de
un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último
desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el
Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la
rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12)
después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P
3, 12-13).
II PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS
678 Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml
3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su
predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la
conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones
(cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será
condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia
ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto
al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor
divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: "Cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis" (Mt 25, 40).
679 Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar
definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a
Cristo como Redentor del mundo. "Adquirió" este derecho por su Cruz. El
Padre también ha entregado "todo juicio al Hijo" (Jn 5, 22;cf. Jn 5,
27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha
venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida
que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta
vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48);
es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso
condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32;
Hb 6, 4-6; 10, 26-31).
RESUMEN
680 Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia, pero todavía no
le están sometidas todas las cosas de este mundo. El triunfo del Reino
de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal.
681 El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria
para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que,
como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la
historia.
682 Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos
y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y
retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su
rechazo de la gracia.