
LECTURA
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
PRIMERA PARTE. SEGUNDA SECCIÓN. CAPÍTULO III
PARÁGRAFOS 683-1065
683 "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo
del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este
conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar
en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído
por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros
la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que
tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos
comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores
del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el
Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la
incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo
de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el
conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios
se logra por el Espíritu Santo (San Ireneo, dem. 7).
684 El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta
en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te conozcan a ti,
el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). No
obstante, es el "último" en la revelación de las personas de la
Santísima Trinidad . San Gregorio Nacianceno, "el Teólogo", explica
esta progresión por medio de la pedagogía de la "condescendencia"
divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más
obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace
entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de
ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En
efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad
del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad
del Hijo no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo
suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida ... Así por
avances y progresos "de gloria en gloria", es como la luz de la
Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos (San Gregorio
Nacianceno, or. theol. 5, 26).
685 Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu
Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad Santa,
consubstancial al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Por eso
se ha hablado del misterio divino del Espíritu Santo en la "teología"
trinitaria, en tanto que aquí no se tratará del Espíritu Santo sino en
la "Economía" divina.
686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo
del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en
los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación redentora del
Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido
y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino, que se consuma
en Cristo, "primogénito" y Cabeza de la nueva creación, se realiza en
la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión
de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne,
la vida eterna.
Artículo 8 "CREO EN EL ESPIRITU SANTO"
687 "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios"
(1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a
Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que
"habló por los profetas" nos hace oír la Palabra del Padre. Pero a él
no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos
revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu
de verdad que nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" (Jn 16,
13). Un ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué
"el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras
que los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn 14,
17).
688 La Iglesia, Comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella
transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:
- en las Escrituras que El ha inspirado:
- en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos
siempre actuales;
- en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos,
en donde el Espíritu Santo nos pone en Comunión con Cristo;
- en la oración en la cual El intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
- en los signos de vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y
continúa la obra de la salvación.
I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
689 Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el
Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con
el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de
la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la
Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e individible, la fe de
la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el
Padre envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la
que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin
ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios
invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela.
690 Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo
lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn
3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su
vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El
les comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que
lo glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se desplegará
desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su
Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y
hacerles vivir en él:
La noción de la unción sugiere ...que no hay ninguna distancia entre el
Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la
superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los
sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del
Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va a tener contacto con
el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el
óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu
Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace
en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu
desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San
Gregorio Niceno, Spir. 3, 1).
II EL NOMBRE, LOS APELATIVOS Y LOS SIMBOLOS DEL ESPIRITU SANTO
El nombre propio del Espíritu Santo
691 "Espíritu Santo", tal es el nombre propio de Aquél que
adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido
este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos
(cf. Mt 28, 19).
El término "Espíritu" traduce el término hebreo "Ruah", que en su
primera acepción significa soplo, aire, viento. Jesús utiliza
precisamente la imagen sensible del viento para sugerir a Nicodemo la
novedad transcendente del que es personalmente el Soplo de Dios, el
Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte, Espíritu y Santo son
atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas. Pero, uniendo
ambos términos, la Escritura, la Liturgia y el lenguaje teológico
designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin equívoco posible
con los demás empleos de los términos "espíritu" y "santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu
Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquél que es llamado
junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito"
se traduce habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el primer
consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo
"Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).
693 Además de su nombre propio, que es el más empleado en el libro de
los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en San Pablo se encuentran
los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa(Ga 3, 14; Ef 1,
13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu de Cristo
(Rm 8, 11), el Espíritu del Señor (2 Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm
8, 9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11; 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de
gloria (1 P 4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
694 El agua. El simbolismo del agua es significativo de la
acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la
invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo
sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la
gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua
bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina
se nos da en el Espíritu Santo. Pero "bautizados en un solo Espíritu",
también "hemos bebido de un solo Espíritu"(1 Co 12, 13): el Espíritu
es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo
crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que en
nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is
55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
695 La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es también
significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha
convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21). En la
iniciación cristiana es el signo sacramental de la Confirmación,
llamada justamente en las Iglesias de Oriente "Crismación". Pero para
captar toda la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción
primera realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías"
en hebreo] significa "Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua
Alianza hubo "ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente
el rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una
manera única: La humanidad que el Hijo asume está totalmente "ungida
por el Espíritu Santo". Jesús es constituido "Cristo" por el Espíritu
Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo del
Espíritu Santo quien por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su
nacimiento (cf. Lc 2,11) e impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al
Cristo del Señor(cf. Lc 2, 26-27); es de quien Cristo está lleno (cf.
Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus
acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin quien resucita
a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto,
constituido plenamente "Cristo" en su Humanidad victoriosa de la muerte
(cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta
que "los santos" constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de
Dios, "ese Hombre perfecto ... que realiza la plenitud de Cristo" (Ef
4, 13): "el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
696 El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la
fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la
energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta
Elías que "surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha"
(Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el
sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del
Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede
al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a
Cristo como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3,
16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la
tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49).
Bajo la forma de lenguas "como de fuego", como el Espíritu Santo se
posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él
(Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del
fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo
(cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis el
Espíritu"(1 Te 5, 19).
697 La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las
manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo
Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios
vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su
Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la
Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto
(cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del
Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por
Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen
María y la cubre "con su sombra" para que ella conciba y dé a luz a
Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien "vino
en una nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a
Pedro, Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que decía: Este
es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la
misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los discípulos el día
de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre
en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
698 El sello es un símbolo cercano al de la unción. En efecto, es
Cristo a quien "Dios ha marcado con su sello" (Jn 6, 27) y el Padre nos
marca también en él con su sello (2 Co 1, 22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la
imagen del sello ["sphragis"] indica el carácter indeleble de la Unción
del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación
y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones
teológicas para expresar el "carácter" imborrable impreso por estos
tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
699 La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a los enfermos(cf. Mc 6,
5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc 10, 16).En su Nombre, los
Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16, 18; Hch 5, 12; 14, 3). Más aún,
mediante la imposición de manos de los Apóstoles el Espíritu Santo nos
es dado (cf. Hch 8, 17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la
imposición de las manos figura en el número de los "artículos
fundamentales" de su enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo de la efusión
todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus
epíclesis sacramentales.
700 El dedo. "Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios" (Lc
11, 20). Si la Ley de Dios ha sido escrita en tablas de piedra "por el
dedo de Dios" (Ex 31, 18), la "carta de Cristo" entregada a los
Apóstoles "está escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios
vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón"
(2 Co 3, 3). El himno "Veni Creator" invoca al Espíritu Santo como
"digitus paternae dexterae" ("dedo de la diestra del Padre").
701 La paloma. Al final del diluvio (cuyo simbolismo se refiere al
Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de
olivo en el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo(cf. Gn
8, 8-12). Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu
Santo, en forma de paloma, baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.).
El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado de los
bautizados. En algunos templos, la santa Reserva eucarística se
conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma (el
columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo de la paloma
para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía
cristiana.
III EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS
EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS
702 Desde el comienzo y hasta "la plenitud de los tiempos" (Ga
4, 4), la Misión conjunta del Verbo y del Espíritu del Padre permanece
oculta pero activa. El Espíritu de Dios preparaba entonces el tiempo
del Mesías, y ambos, sin estar todavía plenamente revelados, ya han
sido prometidos a fin de ser esperados y aceptados cuando se
manifiesten. Por eso, cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf.
2 Co 3, 14), investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, "que
habló por los profetas", quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas", la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los que
fueron inspirados por el Espíritu Santo en el vivo anuncio y en la
redacción de los Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento. La tradición judía distingue la Ley [los cinco primeros
libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros
históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en
particular los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la Creación
703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen del ser y
de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo
3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación
porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo ... A El se le da el
poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre
por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del
segundo modo).
704 "En cuanto al hombre, es con sus propias manos [es decir, el Hijo y
el Espíritu Santo] como Dios lo hizo ... y él dibujó sobre la carne
moldeada su propia forma, de modo que incluso lo que fuese visible
llevase la forma divina" (San Ireneo, dem. 11).
El Espíritu de la promesa
705 Desfigurado por el pecado y por la muerte, el hombre
continua siendo "a imagen de Dios", a imagen del Hijo, pero "privado de
la Gloria de Dios" (Rm 3, 23), privado de la "semejanza". La Promesa
hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la
cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf. Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la
restaurará en "la semejanza" con el Padre volviéndole a dar la Gloria,
el Espíritu "que da la Vida".
706 Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una
descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo (cf.
Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13; Rm 4, 16-21). En ella
serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 12, 3). Esta
descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien la efusión del
Espíritu Santo formará "la unidad de los hijos de Dios dispersos" (cf.
Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se
obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16)
y al don del "Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda ... para
redención del Pueblo de su posesión" (Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
En las Teofanías y en la Ley
707 Las Teofanías [manifestaciones de Dios] iluminan el camino
de la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las
visiones que inauguran la misión de los grandes profetas. La tradición
cristiana siempre ha reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de
Dios se dejaba ver y oír, a la vez revelado y "cubierto" por la nube
del Espíritu Santo.
708 Esta pedagogía de Dios aparece especialmente en el don de la Ley
(cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30), que fue dada como un "pedagogo" para
conducir al Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia para
salvar al hombre privado de la "semejanza" divina y el conocimiento
creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan el deseo del
Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
709 La Ley, signo de la Promesa y de la Alianza, habría debido
regir el corazón y las instituciones del Pueblo salido de la fe de
Abraham. "Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, ...
seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex 19,5-6;
cf. 1 P 2, 9). Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de
convertirse en un reino como las demás naciones. Pues bien, el Reino
objeto de la promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33)
será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres según el
Espíritu.
710 El olvido de la Ley y la infidelidad a la Alianza llevan a la
muerte: el Exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad
fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración
prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios
sufriese esta purificación (cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya la
sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y el Resto de pobres que
vuelven del Exilio es una de la figuras más transparentes de la
Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
711 "He aquí que yo lo renuevo"(Is 43, 19): dos líneas
proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la
otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño
Resto, el pueblo de los Pobres (cf. So 2, 3), que aguardan en la
esperanza la "consolación de Israel" y "la redención de Jerusalén" (cf.
Lc 2, 25. 38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A
continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la
relación del Mesías y de su Espíritu.
712 Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en
el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12) ("cuando Isaías tuvo la visión de
la Gloria" de Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos
del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21; Jn 1, 32-34; después Is
49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12).
Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así
cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde
fuera, sino desposándose con nuestra "condición de esclavos" (Flp 2,
7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio
Espíritu de vida.
714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo
este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
715 Los textos proféticos que se refieren directamente al
envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón
de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del "amor y
de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y
Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de
Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los "últimos
tiempos", el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres
grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos
dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará
en ella con los hombres en la paz.
716 El Pueblo de los "pobres" (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49,
13; 61, 1; etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a
los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de
los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de
la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las
Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de
corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se
expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el
Señor "un pueblo bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17).
IV EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan.
(Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su
madre" (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María
acababa de concebir del Espíritu Santo. La "visitación" de María a
Isabel se convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lc 1, 68).
718 Juan es "Elías que debe venir" (Mt 17, 10-13): El fuego del
Espíritu lo habita y le hace correr delante [como "precursor"] del
Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la
obra de "preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc 1, 17).
719 Juan es "más que un profeta" (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo
consuma el "hablar por los profetas". Juan termina el ciclo de los
profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia
de la consolación de Israel, es la "voz" del Consolador que llega (Jn
1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad, "vino como
testigo para dar testimonio de la luz" (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33).
Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las "indagaciones de los
profetas" y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): "Aquél sobre
quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que
bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo lo he visto y doy testimonio de
que este es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,
33-36).
720 En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura,
prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al
hombre la "semejanza" divina. El bautismo de Juan era para el
arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento
(cf. Jn 3, 5).
"Alégrate, llena de gracia"
721 María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es
la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la
Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y
porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en
donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello,
los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia
los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6;
Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de
la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el
Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia . Convenía que
fuese "llena de gracia" la madre de Aquél en quien "reside toda la
Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida
sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las
criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con
justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión":
"Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo
eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto
de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al
Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc 1, 46-55).
723 En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del
Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del
Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por
medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21;
Ga 4, 26-28).
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo
de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva:
llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne
dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de
las naciones (cf. Mt 2, 11).
725 En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en
Comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios"
(cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en recibirle:
los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los
primeros discípulos.
726 Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la
"Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total"
(cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que
"perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el
amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la
mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.
Cristo Jesús
727 Toda la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la
plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre
desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz
de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del
Espíritu Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la
promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el
Señor glorificado.
728 Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no
ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo
sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando
revela que su Carne será alimento para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27.
51.62-63). Lo sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la
Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la
fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les
habla de él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y
del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).
729 Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado
Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su
Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres
(cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de
Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la
oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús
lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu
Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para
siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará
todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá
a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo
acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.
730 Por fin llega la Hora de Jesús (cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús entrega
su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19, 30) en el
momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo que,
"resucitado de los muertos por la Gloria del Padre" (Rm 6, 4),
enseguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos
su aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión de Cristo
y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: "Como el Padre
me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48;
Hch 1, 8).
V EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS
Pentecostés
731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas
pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu
Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su
plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el
Espíritu.
732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese
día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en
El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión
de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo
hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia,
el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial,
hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible
porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de
Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas después de
la comunión)
El Espíritu Santo, El Don de Dios
733 "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer
don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5,
5).
734 Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el
pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros
pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en
la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida
por el pecado.
735 El nos da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra
herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima
Trinidad que es amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este
amor (la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en
Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la del
Espíritu Santo" (Hch 1, 8).
736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden
dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos
"el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23).
"El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos
(cf. Mt 16, 24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5, 25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos
restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la
adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de
participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de
tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).
El Espíritu Santo y la Iglesia
737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la
Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión
conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con
el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres,
los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta
al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para
entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de
Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para
conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15,
5. 8. 16).
738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del
Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos
sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para
actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima
Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber,
el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que
por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga
que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este
Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos
que son distintos entre sí ... y hace que todos aparezcan como una sola
cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de
Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un
solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios
que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad
espiritual (San Cirilo de Alejandría, Jo 12).
739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo,
Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para
alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas,
vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al
Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los
sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y
Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la
segunda parte del Catecismo).
740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los
Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en
Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del
Catecismo).
741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no
sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por
nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice
de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto
de la cuarta parte del Catecismo).
RESUMEN
742 "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:Abba, Padre" (Ga 4,
6).
743 Desde el comienzo y hasta de la consumación de los tiempos, cuando
Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de ambos
es conjunta e inseparable.
744 En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María
todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios.
Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el
Emmanue l, "Dios con nosotros" (Mt 1, 23).
745 El Hijo de Dios es consagrado Cristo [Mesías] mediante la Unción
del Espíritu Santo en su Encarnación (cf. Sal 2, 6-7).
746 Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituído Señor y
Cristo en la gloria (Hch 2, 36). De su plenitud derrama el Espíritu
Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia.
747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros,
construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la
Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.
Articulo 9 "CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA"
748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto
Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a
todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro
de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas". Con
estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia"
del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de
la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se
refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo;
ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia,
comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.
749 El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le
precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber mostrado
que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad,
confesamos ahora que es El quien ha dotado de santidad a la Iglesia"
(Catech. R. 1, 10, 1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es
el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipóli to, t.a. 35).
750 Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y
"Apostólica" (como añade el Símbolo nicenoconstantinopolitano) es
inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el
Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una
Iglesia Santa ("Credo ... Ecclesiam"), y no de creer en la Iglesia para
no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la
bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catech.
R. 1, 10, 22).
Párrafo 1 LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS LOS NOMBRES Y LAS IMAGENES DE LA IGLESIA
751 La palabra "Iglesia" ["ekklèsia", del griego "ek-kalein" -
"llamar fuera"] significa "convocación". Designa asambleas del pueblo
(cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término
frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para
designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre
todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió
la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19).
Dándose a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de los
que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella,
Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de la tierra. El
término "Kiriaké", del que se deriva las palabras "church" en inglés, y
"Kirche" en alemán, significa "la que pertenece al Señor".
752 En el lenguaje cristiano, la palabra "Iglesia" designa no sólo la
asamblea litúrgica (cf. 1 Co 11, 18; 14, 19. 28. 34. 35), sino también
la comunidad local (cf. 1 Co 1, 2; 16, 1) o toda la comunidad universal
de los creyentes (cf. 1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Estas tres
significaciones son inseparables de hecho. La "Iglesia" es el pueblo
que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las
comunidades locales y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo
eucarística. La Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de
esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
Los símbolos de la Iglesia
753 En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y
de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la revelación
habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del
Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la del
"Pueblo de Dios". En el Nuevo Testamento (cf. Ef 1, 22; Col 1, 18),
todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que
Cristo viene a ser "la Cabeza" de este Pueblo (cf. LG 9) el cual es
desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes
"tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la
construcción, incluso de la familia y del matrimonio" (LG 6).
754 "La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria
es Cristo(Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuy pastor será el mismo
Dios, como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son
pastores humanos quien es gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo
mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza
de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las
ovejas (cf. Jn 10, 11-15)".
755 "La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3, 9). En este campo
crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el
que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los
gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador del cielo la plantó como viña
selecta (Mt 21, 33-43 par.; cf. Is 5, 1-7). La verdadera vid es Cristo,
que da vida y fecundidad a a los sarmientos, es decir, a nosotros, que
permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no podemos
hacer nada (Jn 15, 1-5)".
756 "También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios
(1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los
constructores, pero que se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42
par.; cf. Hch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen
la Iglesia sobre ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y
cohesión. Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa
de Dios (1 Tim 3, 15) en la que habita su familia, habitación de Dios
en el Espíritu (Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21,
3), y sobre todo, templo santo. Representado en los templos de piedra,
los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a
la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros
como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cf. 1 P
2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a
Dios, esta ciudad santa arreglada como una esposa embellecidas para su
esposo (Ap 21, 1-2)".
757 "La Iglesia que es llamada también "la Jerusalén de arriba" y
"madre nuestra" (Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), y se la describe como la
esposa inmaculada del Cordero inmaculado (Ap 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17).
Cristo `la amó y se entregó por ella para santificarla' (Ef 5, 25-26);
se unió a ella en alianza indisoluble, `la alimenta y la cuida' (Ef 5,
29) sin cesar" (LG 6).
II ORIGEN, FUNDACION Y MISION DE LA IGLESIA
758 Para penetrar en el Misterio de la Iglesia, conviene primeramente contemplar su origen dentro del designio de la Santísima Trinidad y su realización progresiva en la historia.
Un designio nacido en el corazón del Padre
759 "El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente
libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los
hombres a la participación de la vida divina" a la cual llama a todos
los hombres en su Hijo: "Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en
la santa Iglesia". Esta "familia de Dios" se constituye y se realiza
gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según las
disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia ha sido "prefigurada ya
desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia
del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los
últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará
gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (LG 2).
La Iglesia, prefigurada desde el origen del mundo
760 "El mundo fue creado en orden a la Iglesia" decían los
cristianos de los primeros tiempos (Hermas, vis.2, 4,1; cf. Arístides,
apol. 16, 6; Justino, apol. 2, 7). Dios creó el mundo en orden a la
comunión en su vida divina, "comunión" que se realiza mediante la
"convocación" de los hombres en Cristo, y esta "convocación" es la
Iglesia. La Iglesia es la finalidad de todas las cosas (cf. San
Epifanio, haer. 1,1,5), e incluso las vicisitudes dolorosas como la
caída de los ángeles y el pecado del hombre, no fueron permitidas por
Dios más que como ocasión y medio de desplegar toda la fuerza de su
brazo, toda la medida del amor que quería dar al mundo:
Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su
intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia (Clemente
de Alej. paed. 1, 6).
La Iglesia, preparada en la Antigua Alianza
761 La reunión del pueblo de Dios comienza en el instante en
que el pecado destruye la comunión de los hombres con Dios y la de los
hombres entre sí. La reunión de la Iglesia es por así decirlo la
reacción de Dios al caos provocado por el pecado. Esta reunificación se
realiza secretamente en el seno de todos los pueblos: "En cualquier
nación el que le teme [a Dios] y practica la justicia le es grato" (Hch
10, 35; cf LG 9; 13; 16).
762 La preparación lejana de la reunión del pueblo de Dios comienza con
la vocación de Abraham, a quien Dios promete que llegará a ser Padre de
un gran pueblo (cf Gn 12, 2; 15, 5-6). La preparación inmediata
comienza con la elección de Israel como pueblo de Dios (cf Ex 19, 5-6;
Dt 7, 6). Por su elección, Israel debe ser el signo de la reunión
futura de todas las naciones (cf Is 2, 2-5; Mi 4, 1-4). Pero ya los
profetas acusan a Israel de haber roto la alianza y haberse comportado
como una prostituta (cf Os 1; Is 1, 2-4; Jr 2; etc.). Anuncian, pues,
una Alianza nueva y eterna (cf. Jr 31, 31-34; Is 55, 3). "Jesús
instituyó esta nueva alianza" (LG 9).
La Iglesia - instituida por Cristo Jesús
763 Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su
Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su "misión"
(cf. LG 3; AG 3). "El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de
la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido
desde hacía siglos en las Escrituras" (LG 5). Para cumplir la voluntad
del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La
Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (LG 3).
764 "Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las
obras y en la presencia de Cristo" (LG 5). Acoger la palabra de Jesús
es acoger "el Reino" (ibid.). El germen y el comienzo del Reino son el
"pequeño rebaño" (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a convocar en
torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31;
Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12,
49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva
"manera de obrar", sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).
765 El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que
permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la
elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto
que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30),
ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los
Doce (cf. Mc6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en
la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10,
25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su
Iglesia.
766 Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo
por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y
realizado en la Cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado
abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento"
(LG 3 ."Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el
sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que Eva
fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del
corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio, Luc
2, 85-89).
La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo
767 "Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó
realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de
Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es
entonces cuando "la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud;
se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la
predicación" (AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para
todos los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera
enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos
suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).
768 Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige
con diversos dones jerárquicos y carismáticos" LG 4). "La Iglesia,
enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus
mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de
anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de
Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la
tierra" (LG 5).
La Iglesia, consumada en la gloria
769 La Iglesia "sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo" (LG 48), cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín, civ. 18, 51;cf. LG 8). Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6; LG 6), y aspira al advenimimento pleno del Reino, "y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria" (LG 5). La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, "todos los justos desde Adán, `desde el justo Abel hasta el último de los elegidos' se reunirán con el Padre en la Iglesia universal" (LG 2).
III EL MISTERIO DE LA IGLESIA
770 La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la transciende. Solamente "con los ojos de la fe" (Catech. R. 1,10, 20) se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina.
La Iglesia, a la vez visible y espiritual
771 "Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su
Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo
visible. La mantiene aún sin cesar para comunicar por medio de ella a
todos la verdad y la gracia". La Iglesia es a la vez:
- "sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de
Cristo; - el grupo visible y la comunidad espiritual
- la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo".
Estas dimensiones juntas constituyen "una realidad compleja, en la que
están unidos el elemento divino y el humano" (LG 8):
Es propio de la Iglesia "ser a la vez humana y divina, visible y dotada
de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la
contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De modo
que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo
visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la
ciudad futura que buscamos" (SC 2).
¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda de Cadar y el santuario de
Dios; una tienda terrena y un palacio celestial; una casa modestísima y
una aula regia; un cuerpo mortal y un templo luminoso; la despreciada
por los soberbios y la esposa de Cristo. Tiene la tez morena pero es
hermosa, hijas de Jerusalén. El trabajo y el dolor del prolongado
exilio la han deslucido, pero también la hermosa su forma celestial
(San Bernardo, Cant. 27, 14).
La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios
772 En la Iglesia es donde Cristo realiza y revela su propio
misterio como la finalidad de designio de Dios: "recapitular todo en
El" (Ef 1, 10). San Pablo llama "gran misterio" (Ef 5, 32) al
desposorio de Cristo y de la Iglesia. Porque la Iglesia se une a Cristo
como a su esposo (cf. Ef 5, 25-27), por eso se convierte a su vez en
Misterio (cf. Ef 3, 9-11). Contemplando en ella el Misterio, San Pablo
escribe: el misterio "es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria"
(Col 1, 27)
773 En la Iglesia esta comunión de los hombres con Dios por "la caridad
que no pasará jamás"(1 Co 13, 8) es la finalidad que ordena todo lo que
en ella es medio sacramental ligado a este mundo que pasa (cf. LG 48).
"Su estructura está totalmente ordenada a la santidad de los miembros
de Cristo. Y la santidad se aprecia en función del 'gran Misterio' en
el que la Esposa responde con el don del amor al don del Esposo" (MD
27). María nos precede a todos en la santidad que es el Misterio de la
Iglesia como la "Esposa sin tacha ni arruga" (Ef 5, 27). Por eso la
dimensión mariana de la Iglesia precede a su dimensión petrina"
(ibid.).
La Iglesia, sacramento universal de la salvación
774 La palabra griega "mysterion" ha sido traducida en latín
por dos términos: "mysterium" y "sacramentum". En la interpretación
posterior, el término "sacramentum" expresa mejor el signo visible de
la realidad oculta de la salvación, indicada por el término
"mysterium". En este sentido, Cristo es El mismo el Misterio de la
salvación: "Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus" ("No hay
otro misterio de Dios fuera de Cristo") (San Agustín, ep. 187, 34). La
obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de
la salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia
(que las Iglesias de Oriente llaman también "los santos Misterios").
Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los
cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la
Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La Iglesia contiene por tanto y
comunica la gracia invisible que ella significa. En este sentido
analógico ella es llamada "sacramento".
775 "La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano
"(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios
es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica
en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad
del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne
hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo
tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de
esta unidad que aún está por venir.
776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es
asumida por Cristo "como instrumento de redención universal" (LG 9),
"sacramento universal de salvación" (LG 48), por medio del cual Cristo
"manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al
hombre" (GS 45, 1). Ella "es el proyecto visible del amor de Dios hacia
la humanidad" (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere "que todo
el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único
Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo"
(AG 7; cf. LG 17).
RESUMEN
777 La palabra "Iglesia" significa "convocación". Designa la
asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar
el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se
convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.
778 La Iglesia es a la vez camino y término del designio de Dios:
prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada
por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su Cruz
redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación
por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del
cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).
779 La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y
Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano
y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar.
780 La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el
signo y el instrumento de la Comunión con Dios y entre los hombres.
Párrafo 2 LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
781 "En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo..., es decir, el Nuevo Testamento en su sangre convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu" (LG 9).
Las características del Pueblo de Dios
782 El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen
claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o
culturales de la Historia:
- Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo.
Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un
pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1 P
2, 9).
- Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico,
sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3,
3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.
- Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido,
Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la
Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".
- "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los
hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un
templo".
- "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos
amó (cf. Jn 13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm
8,2; Ga 5, 25).
- Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5,
13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación
para todo el género humano".
- "Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo,
que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su
perfección" (LG 9).
Un pueblo sacerdotal, profético y real
783 Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el
Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey". Todo el
Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las
responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas
(cf.RH 18-21).
784 Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa
en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: "Cristo
el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo
pueblo `un reino de sacerdotes para Dios, su Padre'. Los bautizados, en
efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo,
quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10).
785 "El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético
de Cristo". Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que
es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando "se adhiere
indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para
siempre" (LG 12) y profundiza en su comprensión y se hace testigo de
Cristo en medio de este mundo.
786 El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de
Cristo". Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres
por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor
del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo "venido a ser
servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20,
28). Para el cristiano, "servir es reinar" (LG 36), particularmente "en
los pobres y en los que sufren" donde descubre "la imagen de su
Fundador pobre y sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios realiza su
"dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de servir con
Cristo.
De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz
hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes,
a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro
ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se
reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función
sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su
cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a
Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las
víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).
II LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
La Iglesia es comunión con Jesús
787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida
(cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mt
13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lc 10,
17-20) y en sus sufrimientos (cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una
comunión todavía más íntima entre él y los que le sigan: "Permaneced en
Mí, como yo en vosotros ... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos"
(Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio
cuerpo y el nuestro: "Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en
Mí y Yo en él" (Jn 6, 56).
788 Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible,
Jesús no los dejó huérfanos (cf. Jn 14, 18). Les prometió quedarse con
ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28, 20), les envió su
Espíritu (cf. Jn 20, 22; Hch 2, 33). Por eso, la comunión con Jesús se
hizo en cierto modo más intensa: "Por la comunicación de su Espíritu a
sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye
místicamente en su cuerpo" (LG 7).
789 La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz
sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente
reunida en torno a El: siempre está unificada en El, en su Cuerpo. Tres
aspectos de la Iglesia-Cuerpo de Cristo se han de resaltar más
específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión
con Cristo; Cristo Cabeza del Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.
"Un solo cuerpo"
790 Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se
hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a
Cristo: "La vida de Cristo se comunica a a los creyentes, que se unen a
Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una
manera misteriosa pero real" (LG 7). Esto es particularmente verdad en
el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la
Resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y en el caso de la
Eucaristía, por la cual, "compartimos realmente el Cuerpo del Señor,
que nos eleva hasta la comunión con él y entre nosotros" (LG 7).
791 La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad de los miembros:
"En la construcción del cuerpo de Cristo existe una diversidad de
miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza
y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones
para el bien de la Iglesia". La unidad del Cuerpo místico produce y
estimula entre los fieles la caridad: "Si un miembro sufre, todos los
miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se
alegran con él" (LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale
victoriosa de todas las divisiones humanas: "En efecto, todos los
bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni
griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).
Cristo, Cabeza de este Cuerpo
792 Cristo "es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1,
18). Es el Principio de la creación y de la redención. Elevado a la
gloria del Padre, "él es el primero en todo" (Col 1, 18),
principalmente en la Iglesia por cuyo medio extiende su reino sobre
todas las cosas:
793 El nos une a su Pascua: Todos los miembros tienen que esforzarse en
asemejarse a él "hasta que Cristo esté formad o en ellos" (Ga 4, 19).
"Por eso somos integrados en los misterios de su vida ..., nos unimos a
sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser
glorificados con él" (LG 7).
794 El provee a nuestro crecimiento (cf. Col 2, 19): Para hacernos
crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16), Cristo distribuye en
su cuerpo, la Iglesia, los dones y los servicios mediante los cuales
nos ayudamos mutuamente en el camino de la salvación.
795 Cristo y la Iglesia son, por tanto, el "Cristo total" ["Christus
totus"]. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy
viva de esta unidad:
Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no
solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la
gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admiraos y
regocijaos, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que El es la Cabeza
y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es El y nosotros
... La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué
quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia (San
Agustín, ev. Jo. 21, 8).
Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam assumpsit,
exhibuit ("Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con la
Iglesia que El asumió") (San Gregorio Magno, mor. praef.1,6,4).
Caput et membra, quasi una persona mystica ("La Cabeza y los miembros,
como si fueran una sola persona mística") (Santo Tomás de Aquino, s.th.
3, 42, 2, ad 1).
Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los
santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: "De Jesucristo
y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer
una dificultad de ello" (Juana de Arco, proc.).
La Iglesia es la Esposa de Cristo
796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del
Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación
personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen
del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue
preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3,
29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2, 19; cf. Mt
22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel,
miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor para
"no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2).
Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef
1,4; 5,27), a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de
santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza
eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef
5,29):
He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos ...
Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla.
Habla en el papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de cuerpo
["ex persona corporis"]. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán
una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la
Iglesia."(Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera
que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto
bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman
más que una en el abrazo conyugal ... Como cabeza él se llama "esposo"
y como cuerpo "esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).
III LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
797 "Quod est spiritus noster, id est anima nostra, ad membra
nostra, hoc est Spiritus Sanctus ad membra Christi, ad corpus Christi,
quod est Ecclesia" ("Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma,
es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los
miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia") (San
Agustín, serm. 267, 4). "A este Espíritu de Cristo, como a principio
invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo
estén íntimamente unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza,
puesto que está todo él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada
uno de los miembros" (Pío XII: "Mystici Corporis": DS 3808). El
Espíritu Santo hace de la Iglesia "el Templo del Dios vivo" (2 Co 6,
16; cf. 1 Co 3, 16-17;Ef 2,21):
En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el "Don de
Dios ...Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es
decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de
nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios ...Porque allí
donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí
donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia. (San
Ireneo, haer. 3, 24, 1).
798 El Espíritu Santo es "el principio de toda acción vital y
verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo" (Pío XII,
"Mystici Corporis": DS 3808). Actúa de múltiples maneras en la
edificación de todo el Cuerpo en la caridad(cf. Ef 4, 16): por la
Palabra de Dios, "que tiene el poder de construir el edificio" (Hch 20,
32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (cf. 1
Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros
de Cristo; por "la gracia concedida a los apóstoles" que "entre estos
dones destaca" (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el bien,
y por las múltiples gracias especiales [llamadas "carismas"] mediante
las cuales los fieles quedan "preparados y dispuestos a asumir diversas
tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la
Iglesia" (LG 12; cf. AA 3).
Los carismas
799 Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son
gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una
utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la
Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.
800 Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los
recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son
una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para
la santidad de todo el Cuerpo de Cristo; los carismas constituyen tal
riqueza siempre que se trate de dones que provienen verdaderamente del
Espíritu Santo y que se ejerzan de modo plenamente conforme a los
impulsos auténticos de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad,
verdadera medida de los carismas (cf. 1 Co 13).
801 Por esta razón aparece siempre necesario el discernimiento de
carismas. Ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a
los Pastores de la Iglesia. "A ellos compete sobre todo no apagar el
Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno" (LG 12), a fin
de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y
complementariedad, al "bien común" (cf. 1 Co 12, 7) (cf. LG 30; CL,
24). RESUMEN
802 "Cristo Jesús se entregó por nosotros a fin de rescatarnos
de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo" (Tt 2,
14).
803 "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido" (1 P 2, 9).
804 Se entra en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo. "Todos los
hombres están invitados al Pueblo de Dios" (LG 13), a fin de que, en
Cristo, "los hombres constituyan una sola familia y un único Pueblo de
Dios"(AG 1).
805 La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por el Espíritu y su acción en
los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, Cristo muerto y
resucitado constituye la comunidad de los creyentes como Cuerpo suyo.
806 En la unidad de este cuerpo hay diversidad de miembros y de
funciones. Todos los miembros están unidos unos a otros,
particularmente a los que sufren, a los pobres y perseguidos.
807 La Iglesia es este Cuerpo del que Cristo es la Cabeza: vive de El,
en El y por El: El vive con ella y en ella.
808 La Iglesia es la Esposa de Cristo: la ha amado y se ha entregado
por ella. La ha purificado por medio de su sangre. Ha hecho de ella la
Madre fecunda de todos los hijos de Dios.
809 La Iglesia es el Templo del Espíritu Santo. El Espíritu es como el
alma del Cuerpo Místico, principio de su vida, de la unidad en la
diversidad y de la riqueza de sus dones y carismas.
810 "Así toda la Iglesia aparece como el pueblo unido `por la unidad
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo' (San Cipriano)" (LG 4).
Párrafo 3 LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA
811 "Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos
en el Credo que es una, santa, católica y apostólica" (LG 8). Estos
cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf DS 2888),
indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no
los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a
la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también
quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.
812 Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia posee estas propiedades
por su origen divino. Pero sus manifestaciones históricas son signos
que hablan también con claridad a la razón humana. Recuerda el Concilio
Vaticano I: "La Iglesia por sí misma es un grande y perpetuo motivo de
credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión divina a causa de
su admirable propagación, de su eximia santidad, de su inagotable
fecundidad en toda clase de bienes, de su unidad universal y de su
invicta estabilidad" (DS 3013).
I LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia" (UR 2)
813 La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y
principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e
Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas" (UR 2). La
Iglesia es una debido a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado,
Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con
Dios... restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo
cuerpo" (GS 78, 3). La Iglesia es una debido a su "alma": "El Espíritu
Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia,
realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan
íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia" (UR 2). Por
tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una: ¡Qué
sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos
del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas
partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla
Iglesia (Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42).
813 Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con
una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de
Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la
unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas.
Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones,
cargos, condiciones y modos de vida; "dentro de la comunión eclesial,
existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias
tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se opone a
la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus
consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el
apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del Espíritu con el vínculo
de la paz" (Ef 4, 3).
815 ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? "Por encima de todo esto
revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14).
Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos
visibles de comunión: - la profesión de una misma fe recibida de los
apóstoles; - la celebración común del culto divino, sobre todo de los
sacramentos; - la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que
conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14;
CIC, can. 205).
816 "La única Iglesia de Cristo..., Nuestro Salvador, después de su
resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a
él y a los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran... Esta
Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad,
subsiste en ["subsistit in"] la Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él" (LG 8). El
decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita: "Solamente
por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de
salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de
salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva
Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro, para
constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben
incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo
de Dios" (UR 3).
Las heridas de la unidad
817 De hecho, "en esta una y única Iglesia de Dios, aparecieron ya
desde los primeros tiempos algunas escisiones que el apóstol reprueba
severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron
disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron de la
comunión plena con la Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de los
hombres de ambas partes" (UR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad
del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el cisma
[cf CIC can. 751]) no se producen sin el pecado de los hombres: Ubi
peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi haereses, ibi
discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas, ibi unio, ex quo
omnium credentium erat cor unum et anima una ("Donde hay pecados, allí
hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud,
allí hay unión, de donde resultaba que todos los creyentes tenían un
solo corazón y una sola alma" Orígenes, hom. in Ezech. 9, 1).
818 Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas "y
son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de
la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor
fraternos... justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado
a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de
cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia
católica como hermanos en el Señor" (UR 3).
819 Además, "muchos elementos de santificación y de verdad" (LG 8)
existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: "la
palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la
caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos
visibles" (UR 3; cf LG 15). El Espíritu de Cristo se sirve de estas
Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza
viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la
Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a
Él (cf UR 3) y de por sí impelen a "la unidad católica" (LG 8).
Hacia la unidad
820 Aquella unidad "que Cristo concedió desde el principio a
la Iglesia... creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica
y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos" (UR 4).
Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la
Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y
perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso Cristo
mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la
unidad de sus discípulos: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). El deseo de volver a encontrar
la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento
del Espíritu Santo (cf UR 1).
821 Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:
-una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su
vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la unidad (UR
6);
-la conversión del corazón para "llevar una vida más pura, según el
Evangelio" (cf UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de
Cristo es la causa de las divisiones;
-la oración en común, porque "esta conversión del corazón y santidad de
vida, junto con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los
cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento
ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual" (cf UR
8);
-el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);
-la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes
(cf UR 10);
-el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los cristianos de
diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);
-la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de servicio
a los hombres (cf UR 12).
822 "La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe a la
Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores" (cf UR 5). Pero
hay que ser "conocedor de que este santo propósito de reconciliar a
todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo
excede las fuerzas y la capacidad humana". Por eso hay que poner toda
la esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del
Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo" (UR 24).
II LA IGLESIA ES SANTA
823 "La fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser
santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con
el Espíritu se proclama 'el solo santo', amó a su Iglesia como a su
esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo
como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria
de Dios" (LG 39). La Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios" (LG
12), y sus miembros son llamados "santos" (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16,
1).
824 La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y con
Él, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la
Iglesia se esfuerzan en conseguir "la santificación de los hombres en
Cristo y la glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde
está depositada "la plenitud total de los medios de salvación" (UR 3).
Es en ella donde "conseguimos la santidad por la gracia de Dios" (LG
48).
825 "La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por
una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). En sus
miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: "Todos los
cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno
por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el
mismo Padre" (LG 11).
826 La caridad es el alma de la santidad a la que todos están llamados:
"dirige todos los medios de santificación, los informa y los lleva a su
fin" (LG 42): Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto
por diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos no le
faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón, que este corazón
estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que el Amor solo hacía obrar a los
miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a apagarse, los
Apóstoles ya no anunciarían el Evangelio, los Mártires rehusarían
verter su sangre... Comprendí que EL AMOR ENCERRABA TODAS LAS
VOCACIONES. QUE EL AMOR ERA TODO, QUE ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y
TODOS LOS LUGARES... EN UNA PALABRA, QUE ES ¡ETERNO! (Santa Teresa del
Niño Jesús, ms. autob. B 3v).
827 "Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el
pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la
Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y
siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la
renovación" (LG 8; cf UR 3; 6). Todos los miembros de la Iglesia,
incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1 Jn 1, 8-10).
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la
buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13,
24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la
salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación: La Iglesia es,
pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de
otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se
alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen
pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se
difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos
pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de
Cristo y el don del Espíritu Santo (SPF 19).
828 Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente
que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido
en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del
Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los
fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores (cf LG 40;
48-51). "Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de
renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la
Iglesia" (CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la Iglesia es el
secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y
de su ímpetu misionero" (CL 17, 3).
829 "La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin
mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en
vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a
María" (LG 65): en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.
III LA IGLESIA ES CATOLICA
Qué quiere decir "católica"
830 La palabra "católica" significa "universal" en el sentido
de "según la totalidad" o "según la integridad". La Iglesia es católica
en un doble sentido: Es católica porque Cristo está presente en ella.
"Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio
de Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de
Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que ella
recibe de Él "la plenitud de los medios de salvación" (AG 6) que Él ha
querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y
ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este
sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo
será siempre hasta el día de la Parusía.
831 Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la
totalidad del género humano (cf Mt 28, 19): Todos los hombres están
invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de
extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así
se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única
naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos... Este
carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don
del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende
siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus
valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu (LG 13).
Cada una de las Iglesias particulares es "católica"
832 "Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las
legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas,
en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias... En ellas se
reúnen los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra
el misterio de la Cena del Señor... En estas comunidades, aunque muchas
veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo,
quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y
apostólica" (LG 26). 833 Se entiende por Iglesia particular, que es en
primer lugar la diócesis (o la eparquía), una comunidad de fieles
cristianos en comunión en la fe y en los sacramentos con su obispo
ordenado en la sucesión apostólica (cf CD 11; CIC can. 368-369; CCEO,
cán. 117, § 1. 178. 311, § 1. 312). Estas Iglesias particulares están
"formadas a imagen de la Iglesia Universal. En ellas y a partir de
ellas existe la Iglesia católica, una y única" (LG 23).
834 Las Iglesias particulares son plenamente católicas gracias a la
comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma "que preside en la
caridad" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 1, 1). "Porque con esta
Iglesia en razón de su origen más excelente debe necesariamente
acomodarse toda Iglesia, es decir, los fieles de todas partes" (San
Ireneo, haer. 3, 3, 2; citado por Cc. Vaticano I: DS 3057). "En efecto,
desde la venida a nosotros del Verbo encarnado, todas las Iglesias
cristianas de todas partes han tenido y tienen a la gran Iglesia que
está aquí [en Roma] como única base y fundamento porque, según las
mismas promesas del Salvador, las puertas del infierno no han
prevalecido jamás contra ella" (San Máximo el Confesor, opusc.).
835 "Guardémonos bien de concebir la Iglesia universal como la
suma o, si se puede decir, la federación más o menos anómala de
Iglesias particulares esencialmente diversas. En el pensamiento del
Señor es la Iglesia, universal por vocación y por misión, la que,
echando sus raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales,
humanos, toma en cada parte del mundo aspectos, expresiones externas
diversas" (EN 62). La rica variedad de disciplinas eclesiásticas, de
ritos litúrgicos, de patrimonios teológicos y espirituales propios de
las Iglesias locales "con un mismo objetivo muestra muy claramente la
catolicidad de la Iglesia indivisa" (LG 23).
Quién pertenece a la Iglesia católica
836 "Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad
católica del Pueblo de Dios... A esta unidad pertenecen de diversas
maneras o a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e
incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la
gracia de Dios" (LG 13).
937 "Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia
aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su
constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y
están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige
por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la
profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de
la comunión. No se salva, en cambio, el que no permanece en el amor,
aunque esté incorporado a la Iglesia, pero está en el seno de la
Iglesia con el 'cuerpo', pero no con el 'corazón"' (LG 14).
938 "La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos
los que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo,
aunque no profesan la fe en su integridad o no conserven la unidad de
la comunión bajo el sucesor de Pedro" (LG 15). "Los que creen en Cristo
y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión,
aunque no perfecta, con la Iglesia católica" (UR 3). Con las Iglesias
ortodoxas, esta comunión es tan profunda "que le falta muy poco para
que alcance la plenitud que haría posible una celebración común de la
Eucaristía del Señor" (Pablo VI, discurso 14 diciembre 1975; cf UR
13-18).
La Iglesia y los no cristianos
839 "Los que todavía no han recibido el Evangelio también están
ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras" (LG 16): La relación
de la Iglesia con el pueblo judío. La Iglesia, Pueblo de Dios en la
Nueva Alianza, al escrutar su propio misterio, descubre su vinculación
con el pueblo judío (cf NA 4) "a quien Dios ha hablado primero" (MR,
Viernes Santo 13: oración universal VI). A diferencia de otras
religiones no cristianas la fe judía ya es una respuesta a la
revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío "la
adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las
promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la
carne" (cf Rm 9, 4-5), "porque los dones y la vocación de Dios son
irrevocables" (Rm 11, 29).
840 Por otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo de Dios de
la Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden hacia fines
análogos: la espera de la venida (o el retorno) del Mesías; pues para
unos, es la espera de la vuelta del Mesías, muerto y resucitado,
reconocido como Señor e Hijo de Dios; para los otros, es la venida del
Mesías cuyos rasgos permanecen velados hasta el fin de los tiempos,
espera que está acompañada del drama de la ignorancia o del rechazo de
Cristo Jesús.
841 Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes. "El designio de
salvación comprende también a los que reconocen al Creador. Entre ellos
están, ante todo, los musulmanes, que profesan tener la fe de Abraham y
adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los
hombres al fin del mundo" (LG 16; cf NA 3).
842 El vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas
es en primer lugar el del origen y el del fin comunes del género
humano: Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo
origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la
entera faz de la tierra; tienen también un único fin último, Dios, cuya
providencia, testimonio de bondad y designios de salvación se extienden
a todos hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa (NA 1).
843 La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda "todavía en
sombras y bajo imágenes", del Dios desconocido pero próximo ya que es
Él quien da a todos vida, el aliento y todas las cosas y quiere que
todos los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y
verdadero, que puede encontrarse en las diversas religiones, "como una
preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a todos los
hombres, para que al fin tengan la vida" (LG 16; cf NA 2; EN 53).
844 Pero, en su comportamiento religioso, los hombres muestran también
límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de Dios: Con
demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se pusieron
a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios verdadero por un
ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador. Otras
veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a la
desesperación más radical (LG 16).
845 El Padre quiso convocar a toda la humanidad en la Iglesia de su
Hijo para reunir de nuevo a todos sus hijos que el pecado había
dispersado y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la humanidad debe
volver a encontrar su unidad y su salvación. Ella es el "mundo
reconciliado" (San Agustín, serm. 96, 7-9). Es, además, este barco que
"pleno dominicae crucis velo Sancti Spiritus flatu in hoc bene navigat
mundo" ("con su velamen que es la cruz de Cristo, empujado por el
Espíritu Santo, navega bien en este mundo") (San Ambrosio, virg. 18,
188); según otra imagen estimada por los Padres de la Iglesia, está
prefigurada por el Arca de Noé que es la única que salva del diluvio
(cf 1 P 3, 20-21).
"Fuera de la Iglesia no hay salvación"
846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres
de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación
viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: El santo
Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que
esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en
efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace
presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras,
bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al
mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres
por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los
que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia
católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen
querido entrar o perseverar en ella (LG 14).
847 Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen
a Cristo y a su Iglesia: Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio
de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e
intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de
Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden
conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).
848 "Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la
fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb 11, 6), a los hombres que
ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la
Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de
evangelizar" (AG 7).
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia
849 El mandato misionero. "La Iglesia, enviada por Dios a las
gentes para ser 'sacramento universal de salvación', por exigencia
íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador
se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres" (AG 1): "Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar
todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20).
850 El origen la finalidad de la misión. El mandato misionero del Señor
tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: "La
Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto
que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu
Santo según el plan de Dios Padre" (AG 2). E;i fin último de la misión
no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe
entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RM
23).
851 El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los
hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza
de su impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos apremia..." (2
Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). En efecto, "Dios quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm
2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la
verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la
moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación;
pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al
encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el
designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.
852 Los caminos de la misión. "El Espíritu Santo es en verdad el
protagonista de toda la misión eclesial" (RM 21). Él es quien conduce
la Iglesia por los caminos de la misión. Ella "continúa y desarrolla en
el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a
evangelizar a los pobres... impulsada por el Espíritu Santo, debe
avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el
camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí
mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección"
(AG 5). Es así como la "sangre de los mártires es semilla de
cristianos" (Tertuliano, apol. 50).
853 Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también
"hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la
debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio" (GS 43,
6). Sólo avanzando por el camino "de la conversión y la renovación" (LG
8; cf 15) y "por el estrecho sendero de Dios" (AG 1) es como el Pueblo
de Dios puede extender el reino de Cristo (cf RM 12-20). En efecto,
"como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también
la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los
hombres los frutos de la salvación" (LG 8).
854 Por su propia misión, "la Iglesia... avanza junto con toda la
humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe
como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en
Cristo y transformada en familia de Dios" (GS 40, 2). El esfuerzo
misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del
Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf
RM 42-47), continúa con el establecimiento de comunidades cristianas,
"signo de la presencia de Dios en el mundo" (AG lS), y en la fundación
de Iglesias locales (cf RM 48-49); se implica en un proceso de
inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los
pueblos (cf RM 52-54), en este proceso no faltarán también los
fracasos. "En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos,
solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los
incorpora a la plenitud católica" (AG 6).
855 La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la
unidad de los cristianos (cf RM 50). En efecto, "las divisiones entre
los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la
plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que,
incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo,
separados de su plena comunión. Incluso se hace más difícil para la
propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los
aspectos en la realidad misma de la vida" (UR 4).
856 La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que
todavía no aceptan el Evangelio (cf RM 55). Los creyentes pueden sacar
provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor
"cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como
por una casi secreta presencia de Dios" (AG 9). Si ellos anuncian la
Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y
elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y
los pueblos, y para purificarlos del error y del mal "para gloria de
Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre" (AG 9).
IV LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los
apóstoles, y esto en un triple sentido: - Fue y permanece edificada
sobre "el fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos
escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20;
Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.). - Guarda y transmite, con
la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2,
42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2
Tm 1, 13-14). - Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los
apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden
en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que
asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo
Pastor de la Iglesia" (AG 5): Porque no abandonas nunca a tu rebaño,
sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y
quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos
pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR,
Prefacio de los apóstoles).
La misión de los apóstoles
858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio,
"llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que
estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde
entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega
"apostoloi"]. En ellos continúa su propia misión: "Como el Padre me
envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto
su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien a
vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10,
16).
859 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo no
puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe
del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no
pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de
la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por
tanto que están calificados por Dios como "ministros de una nueva
alianza" (2 Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de
Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los
misterios de Dios" (1 Co 4, 1).
860 En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto
intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor
y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente
de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin
de los tiempos (cf Mt 28, 20). "Esta misión divina confiada por Cristo
a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el
Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de
la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir...
sucesores" (LG 20).
Los obispos sucesores de los apóstoles
861 "Para que continuase después de su muerte la misión a ellos
confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus
colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que
ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el
que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la
Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones
y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados
les sucedieran en el ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor.
42; 44).
862 "Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el
Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de
la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar
la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de
los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por institución divina
los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia.
El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia,
desprecia a Cristo y al que lo envió" (LG 20).
El apostolado
863 Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los
sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida
con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es
"enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de
diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana,
por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama
"apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a
"propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2).
864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del
apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del
apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos,
depende de su unión vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA 4). Según sean
las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados
del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es
siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "que es
como el alma de todo apostolado" (AA 3).
865 La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él "santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef 1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap 21, 10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14).
RESUMEN
866 La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola
fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo,
vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf Ef
4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.
867 La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo,
se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la
vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es "ex maculatis immaculata"
("inmaculada aunque compuesta de pecadores"). En los santos brilla su
santidad; en María es ya la enteramente santa.
868 La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe;
lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es
enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca
todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera" (AG 2).
869 La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos:
"los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14); es indestructible (cf Mt
16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna
por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores,
el Papa y el colegio de los obispos.
870 "La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica... subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sin duda, fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad " (LG 8).
Párrafo 4 LOS FIELES DE CRISTO: JERARQUIA, LAICOS, VIDA CONSAGRADA
871 "Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por
el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su
modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de
Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar
la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo" (CIC,
can. 204, 1; cf. LG 31).
872 "Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una
verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la
cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la
edificación del Cuerpo de Cristo" (CIC can. 208; cf. LG 32).
873 Las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros
de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque "hay en la
Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los
Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar,
santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los
laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de
Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les
corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios" (AA 2). En fin, "en
esos dos grupos [jerarquía y laicos], hay fieles que por la profesión
de los consejos evangélicos ... se consagran a Dios y contribuyen a la
misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es
propia" (CIC can. 207, 2).
I LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA
Razón del ministerio eclesial
874 El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia.
El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y
finalidad:
Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar
siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está
ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que
posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que
todos los que son miembros del Pueblo de Dios...lleguen a la salvación
(LG 18).
875 "¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿cómo oirán sin que se
les predique? y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm 10, 14-15).
Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí
mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación" (Rm 10, 17). Nadie
se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el
Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia,
sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la
comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede
conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso
supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de
Cristo. De El los obispos y los presbíteros reciben la misión y la
facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis, los
diáconos las fuerzas para servir al pueblo de Dios en la "diaconía" de
la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el Obispo y
su presbiterio. Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo
hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden
hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama "sacramento". El
ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento
específico.
876 El carácter de servicio del ministerio eclesial está
intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto,
enteramente dependiente de Cristo que da misión y autoridad, los
ministros son verdaderamente "esclavos de Cristo" (Rm 1, 1), a imagen
de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros "la forma de esclavo"
(Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son
de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos
se harán libremente esclavos de todos (cf. 1 Co 9, 19).
877 De igual modo es propio de la naturaleza sacramental del ministerio
eclesial tener un carácter colegial . En efecto, desde el comienzo de
su ministerio, el Señor Jesús instituyó a los Doce, "semilla del Nuevo
Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada" (AG 5).
Elegidos juntos, también fueron enviados juntos, y su unidad fraterna
estará al servicio de la comunión fraterna de todos los fieles; será
como un reflejo y un testimonio de la comunión de las Personas divinas
(cf. Jn 17, 21-23). Por eso, todo obispo ejerce su ministerio en el
seno del colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor
de San Pedro y jefe del colegio; los presbíteros ejercen su ministerio
en el seno del presbiterio de la diócesis, bajo la dirección de su
obispo.
878 Por último, es propio también de la naturaleza sacramental del
ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando los ministros de
Cristo actúan en comunión, actúan siempre también de manera personal.
Cada uno ha sido llamado personalmente ("Tú sígueme", Jn 21, 22;cf. Mt
4,19. 21; Jn 1,43) para ser, en la misión común, testigo personal, que
es personalmente portador de la responsabilidad ante Aquél que da la
misión, que actúa "in persona Christi" y en favor de personas : "Yo te
bautizo en el nombre del Padre ..."; "Yo te perdono...".
879 Por lo tanto, en la Iglesia, el ministerio sacramental es un
servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y
una forma colegial. Esto se verifica en los vínculos entre el colegio
episcopal y su jefe, el sucesor de San Pedro, y en la relación entre la
responsabilidad pastoral del obispo en su Iglesia particular y la común
solicitud del colegio episcopal hacia la Iglesia Universal.
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa
880 Cristo, al instituir a los Doce, "formó una especie de
Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al
frente de él" (LG 19). "Así como, por disposición del Señor, San Pedro
y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas
razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y
los obispos, sucesores de los Apóstoles "(LG 22; cf. CIC, can 330).
881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente
de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt
16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17).
"Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza,
recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio
pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de
la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
882 El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el principio y
fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de
la muchedumbre de los fieles "(LG 23). "El Pontífice Romano, en efecto,
tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y
Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que
puede ejercer siempre con entera libertad" (LG 22; cf. CD 2. 9).
883 "El Colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad si no se
le considera junto con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como
Cabeza del mismo"". Como tal, este colegio es "también sujeto de la
potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia" que "no se puede
ejercer...a no ser con el consentimiento del Romano Pontífice" (LG 22;
cf. CIC, can. 336).
884 La potestad del Colegio de los Obispos sobre toda la Iglesia se
ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico "(CIC can 337, 1). "No
existe concilio ecuménico si el sucesor de Pedro no lo ha aprobado o al
menos aceptado como tal "(LG 22).
885 "Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad
y la unidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única
Cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios " (LG 22).
886 "Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y
fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" (LG 23).
Como tales ejercen "su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de
Dios que le ha sido confiada" (LG 23), asistidos por los presbíteros y
los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno de
ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3), que
ejercen primeramente "dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción
de la Iglesia universal", contribuyen eficazmente "al Bien de todo el
Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias" (LG 23). Esta
solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a
los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la
tierra.
887 Las Iglesias particulares vecinas y de cultura homogénea forman
provincias eclesiásticas o conjuntos más vastos llamados patriarcados o
regiones (cf. Canon de los Apóstoles 34). Los obispos de estos
territorios pueden reunirse en sínodos o concilios provinciales. "De
igual manera, hoy día, las Conferencias Episcopales pueden prestar una
ayuda múltiple y fecunda para que el afecto colegial se traduzca
concretamente en la práctica"" (LG 23).
La misión de enseñar
888 Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores,
"tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios" (PO
4), según la orden del Señor (cf. Mc 16, 15). Son "los predicadores del
Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los
maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo" (LG
25).
889 Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por
los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia
una participación en su propia infalibilidad. Por medio del "sentido
sobrenatural de la fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a
la fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. LG 12; DV
10).
890 La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la
Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de
las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad
objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del
Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios
permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo
ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de
fe y de costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias
modalidades:
891 "El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta
infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro
supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos,
proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y
moral... La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el
Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de
Pedro", sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS
3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que
algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" (DV 10) y
como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la
obediencia de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el
depósito de la Revelación divina (cf. LG 25).
892 La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los
apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de
una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia),
aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una
"manera definitiva", proponen, en el ejercicio del magisterio
ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la
Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza
ordinaria, los fieles deben "adherirse...con espíritu de obediencia
religiosa" (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es
una prolongación de él.
La misión de santificar
893 El obispo "es el `administrador de la gracia del sumo sacerdocio'" (LG 26), en particular en la Eucaristía que él mismo ofrece, o cuya oblación asegura por medio de los presbíteros, sus colaboradores. Porque la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia particular. El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, "no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey" (1 P 5, 3). Así es como llegan "a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado"(LG 26).
La misión de gobernar
894 "Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan
las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus
proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su
autoridad y potestad sagrada "(LG 27), que deben, no obstante, ejercer
para edificar con espíritu de servicio que es el de su Maestro (cf. Lc
22, 26-27).
895 "Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de Cristo,
es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está
regulado en último término por la suprema autoridad de la Iglesia "(LG
27). Pero no se debe considerar a los obispos como vicarios del Papa,
cuya autoridad ordinaria e inmediata sobre toda la Iglesia no anula la
de ellos, sino que, al contrario, la confirma y tutela. Esta autoridad
debe ejercerse en comunión con toda la Iglesia bajo la guía del Papa.
896 El Buen Pastor será el modelo y la "forma" de la misión pastoral
del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo "puede
disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a
escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos hijos ...
Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la
Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):
Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al
presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos
como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo
que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)
II LOS FIELES LAICOS
897 "Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo" (LG 31).
La vocación de los laicos
898 "Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino
de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según
Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar
todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos,
de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y
sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria
cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las
exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las
realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un
elemento normal de la vida de la Iglesia:
Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de
la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad.
Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más
clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es
decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe
común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la
Iglesia (Pío XII, discurso 20 Febrero 1946; citado por Juan Pablo II,
CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del
apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación y por eso tienen
la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en
asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea
conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta
obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los
demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las
comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el
apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces
su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo
901 "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el
Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para
producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto,
todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y
familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se
realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan
con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales
agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a
Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda
del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como
adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el
mundo mismo a Dios" (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular, los padres participan de la misión de
santificación "impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y
procurando la educación cristiana de los hijos" (CIC, can. 835, 4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser
admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito
(cf. CIC, can. 230, 1). "Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y
no haya ministros, pueden también los laicos, aunque