
LECTURA
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
SEGUNDA PARTE. SEGUNDA SECCIÓN. CAPÍTULO II
PARÁGRAFOS 1420-1532
1420 Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre
recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en
"vasos de barro" (2 Co 4,7). Actualmente está todavía "escondida con
Cristo en Dios" (Col 3,3). Nos hallamos aún en "nuestra morada terrena"
(2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte.
Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida
por el pecado.
1421 El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros
cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud
del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la
fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso
en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de
curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los
enfermos.
Artículo 4 EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACION
1422 "Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones" (LG 11).
I EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1423 Se le denomina sacramento de conversión porque realiza
sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión (cf Mc 1,15), la
vuelta al Padre (cf Lc 15,18) del que el hombre se había alejado por el
pecado.
Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso
personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación
por parte del cristiano pecador.
1424 Es llamado sacramento de la confesión porque la declaración o
manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un
elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este
sacramento es también una "confesión", reconocimiento y alabanza de la
santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.
Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental
del sacerdote, Dios concede al penitente "el perdón y la paz" (OP,
fórmula de la absolución).
Se le denomina sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el
amor de Dios que reconcilia: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).
El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a
la llamada del Señor: "Ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt
5,24).
II POR QUÉ UN SACRAMENTO DE LA RECONCILIACION DESPUES DEL BAUTISMO
1425 "Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis
sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu
de nuestro Dios" (1 Co 6,11). Es preciso darse cuenta de la grandeza
del don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación
cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no cabe
en aquél que "se ha revestido de Cristo" (Ga 3,27). Pero el apóstol S.
Juan dice también: "Si decimos: `no tenemos pecado', nos engañamos y la
verdad no está en nosotros" (1 Jn 1,8). Y el Señor mismo nos enseñó a
orar: "Perdona nuestras ofensas" (Lc 11,4) uniendo el perdón mutuo de
nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados.
1426 La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el
don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como
alimento nos han hecho "santos e inmaculados ante él" (Ef 1,4), como la
Iglesia misma, esposa de Cristo, es "santa e inmaculada ante él" (Ef
5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana
no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la
inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que
permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el
combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cf DS
1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la
vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (cf DS 1545; LG 40).
III LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS
1427 Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte
esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la
predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los
que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el
lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la
Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se
alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el
don de la vida nueva.
1428 Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando
en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea
ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los
pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de
purificación constante,busca sin cesar la penitencia y la renovación"
(LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el
movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la
gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios
que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).
1429 De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple
negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús
provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la
resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn
21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión
comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia:
"¡Arrepiéntete!" (Ap 2,5.16).
S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia,
"existen el agua y las lágrimas: el agua del
Bautismo y las lágrimas de la Penitencia" (Ep. 41,12).
IV LA PENITENCIA INTERIOR
1430 Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la
conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras
exteriores "el saco y la ceniza", los ayunos y las mortificaciones,
sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las
obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario,
la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio
de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is
1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).
1431 La penitencia interior es una reorientación radical de toda la
vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una
ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las
malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo
y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia
divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del
corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres
llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), "compunctio
cordis" (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678;
1705; Catech. R. 2, 5, 4).
1432 El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé
al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es
primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él
nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lc
5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al
descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece
ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios
por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte
mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).
Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán
preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra
salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del
arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4).
1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en lo
referente al pecado" (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído
en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el
pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la
gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan
Pablo II, DeV 27-48).
V DIVERSAS FORMAS DE PENITENCIA EN LA VIDA CRISTIANA
1434 La penitencia interior del cristiano puede tener
expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo
en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cf. Tb 12,8; Mt
6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con
relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación
radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de
obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para
reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la
preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20), la intercesión
de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de
pecados" (1 P 4,8).
1435 La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de
reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de
la justicia y del derecho (Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de
nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión
de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la
aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la
justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más
seguro de la penitencia (cf Lc 9,23).
1436 Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias
encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se
hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por
ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo;
"es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos
preserva de pecados mortales" (Cc. de Trento: DS 1638).
1437 La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de
las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad
reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y
contribuye al perdón de nuestros pecados.
1438 Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico
(el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor)
son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia (cf SC
109-110; CIC can. 1249-1253; CCEO 880-883). Estos tiempos son
particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las
liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia,
las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación
cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).
1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito
maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo",
cuyo centro es "el Padre misericordioso" (Lc 15,11-24): la fascinación
de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria
extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna;
la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor
aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos;
la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la
decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno;
la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son
rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y
el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna,
llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno
de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce
las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su
misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
VI EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACION
1440 El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (cf LG 11).
Sólo Dios perdona el pecado
1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús
es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder
de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder
divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en
virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres
(cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su
vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la
reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo,
confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico,
que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5,18).
El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a
través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co
5,20).
Reconciliación con la Iglesia
1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los
pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores
que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de
Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo
manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su
mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de
manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno
al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).
1444 Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar
los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los
pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se
expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón
Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates
en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). "Está claro que también el
Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza (cf Mt 18,18; 28,16-20),
recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 16,19)" LG
22).
1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de
vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien
que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en
la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la
reconciliación con Dios.
El sacramento del perdón
1446 Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor
de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que,
después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan
perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El
sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de
convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de
la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla (de
salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia"
(Tertuliano, paen. 4,2; cf Cc. de Trento: DS 1542).
1447 A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la
Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho.
Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que
habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo
(por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una
disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer
penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años,
antes de recibir la reconciliación. A este "orden de los penitentes"
(que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido
raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el
siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición
monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica
"privada" de la Penitencia, que no exigía la realización pública y
prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación
con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera
más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica
preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el
camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola
celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los
pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que
la Iglesia practica hasta nuestros días.
1448 A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este
sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una
misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente
esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo
la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de
los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por
ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la
Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados,
determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y
hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la
comunión eclesial.
1449 La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el
elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la
fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por
la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y
el ministerio de la Iglesia:
Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la
muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la
remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia,
el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (OP 102).
VII LOS ACTOS DEL PENITENTE
1450 "La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra toda humildad y fructífera satisfacción" (Catech. R. 2,5,21; cf Cc de Trento: DS 1673) .
La contrición
1451 Entre los actos del penitente, la contrición aparece en
primer lugar. Es "un dolor del alma y una detestación del pecado
cometido con la resolución de no volver a pecar" (Cc. de Trento: DS
1676).
1452 Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la
contrición se llama "contrición perfecta"(contrición de caridad).
Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el
perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de
recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (cf Cc. de
Trento: DS 1677).
1453 La contrición llamada "imperfecta" (o "atrición") es también un
don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de
la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las
demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la
conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina,
bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo,
por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los
pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la
Penitencia (cf Cc. de Trento: DS 1678, 1705).
1454 Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un
examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto,
los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en
la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles:
Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga
5; Ef 4-6, etc.).
La confesión de los pecados
1455 La confesión de los pecados, incluso desde un punto de
vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación
con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de
que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre
de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer
posible un nuevo futuro.
1456 La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una
parte esencial del sacramento de la penitencia: "En la confesión, los
penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen
conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados
son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos
últimos mandamientos del Decálogo (cf Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a
veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos
que los que han sido cometidos a la vista de todos" (Cc. de Trento: DS
1680):
Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados
que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la
misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido.
Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados,
no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado
por mediación del sacerdote. Porque `si el enfermo se avergüenza de
descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora' (S.
Jerónimo, Eccl. 10,11) (Cc. de Trento: DS 1680).
1457 Según el mandamiento de la Iglesia "todo fiel llegado a la edad
del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados
graves de que tiene conciencia" (CIC can. 989; cf. DS 1683; 1708).
"Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la
misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión
sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad
de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a
hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de
confesarse cuanto antes" (CIC, can. 916; cf Cc. de Trento: DS 1647;
1661; CCEO can. 711). Los niños deben acceder al sacramento de la
penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión (CIC
can.914).
1458 Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados
veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (cf Cc.
de Trento: DS 1680; CIC 988,2). En efecto, la confesión habitual de los
pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las
malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida
del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este
sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve
impulsado a ser él también misericordioso (cf Lc 6,36):
El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados,
si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son
por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios
quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo
quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo
que él ha hecho...Cuando comienzas a detestar lo que has hecho,
entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas.
El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas.
Haces la verdad y vienes a la Luz (S. Agustín, ev. Ioa. 12,13).
La satisfacción
1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer
lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas,
restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las
heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y
debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el
prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los
desórdenes que el pecado causó (cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado
del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual.
Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe
"satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta
satisfacción se llama también "penitencia".
1460 La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la
situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe
corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los
pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras
de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias,
sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que
debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo
que, el Unico que expió nuestros pecados (Rm 3,25; 1 Jn 2,1-2) una vez
por todas. Nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado,
"ya que sufrimos con él" (Rm 8,17; cf Cc. de Trento: DS 1690):
Pero nuestra satisfacción, la que realizamos por nuestros pecados, sólo
es posible por medio de Jesucristo: nosotros que, por nosotros mismos,
no podemos nada, con la ayuda "del que nos fortalece, lo podemos todo"
(Flp 4,13). Así el hombre no tiene nada de que pueda gloriarse sino que
toda "nuestra gloria" está en Cristo...en quien satisfacemos "dando
frutos dignos de penitencia" (Lc 3,8) que reciben su fuerza de él, por
él son ofrecidos al Padre y gracias a él son aceptados por el Padre
(Cc. de Trento: DS 1691).
VIII EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO
1461 Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de
la reconciliación (cf Jn 20,23; 2 Co 5,18), los obispos, sus sucesores,
y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo
este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud
del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados
"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
1462 El perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con la
Iglesia. El obispo, cabeza visible de la Iglesia par ticular, es
considerado, por tanto, con justo título, desde los tiempos antiguos
como el que tiene principalmente el poder y el ministerio de la
reconciliación: es el moderador de la disciplina penitencial (LG 26).
Los presbíteros, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han
recibido la tarea de administrarlo sea de su obispo (o de un superior
religioso) sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia (cf CIC can
844; 967-969, 972; CCEO can. 722,3-4).
1463 Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la
excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de
los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos (cf CIC,
can. 1331; CCEO, can. 1431. 1434), y cuya absolución, por consiguiente,
sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, al Papa, al
obispo del lugar, o a sacerdotes autorizados por ellos (cf CIC can.
1354-1357; CCEO can. 1420). En caso de peligro de muerte, todo
sacerdote, aun el que carece de la facultad de oír confesiones, puede
absolver de cualquier pecado (cf CIC can. 976; para la absolución de
los pecados, CCEO can. 725) y de toda excomunión.
1464 Los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al sacramento
de la penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar este
sacramento cada vez que los cristianos lo pidan de manera razonable (cf
CIC can. 986; CCEO, can 735; PO 13).
1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce
el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen
Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y
lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y
cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el
sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios
con el pecador.
1466 El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El
ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad
de Cristo (cf PO 13). Debe tener un conocimiento probado del
comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y
delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al
magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su
curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él
confiándolo a la misericordia del Señor.
1467 Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto
debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye
confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los
pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas
(CIC can. 1388,1; CCEO can. 1456). Tampoco puede hacer uso de los
conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes.
Este secreto, que no admite excepción, se llama "sigilo sacramental",
porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda "sellado"
por el sacramento.
IX LOS EFECTOS DE ESTE SACRAMENTO
1468 "Toda la virtud de la penitencia reside en que nos
restituye a la gracia de Dios y nos une con él con profunda amistad"
(Catech. R. 2, 5, 18). El fin y el efecto de este sacramento son, pues,
la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la
Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa,
"tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las
que acompaña un profundo consuelo espiritual" (Cc. de Trento: DS 1674).
En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una
verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la dignidad y
de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los
cuales es la amistad de Dios (Lc 15,32).
1469 Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado
menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia
la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se
reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante
sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus
miembros (cf 1 Co 12,26). Restablecido o afirmado en la comunión de los
santos, el pecador es fortalecido por el intercambio de los bienes
espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, estén
todavía en situación de peregrinos o que se hallen ya en la patria
celestial (cf LG 48-50):
Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como
consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las
rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia
consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que
recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos,
agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la
Iglesia, se reconcilia con toda la creación (RP 31).
1470 En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio
misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será
sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida,
cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo
por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el
pecado grave nos aparta (cf 1 Co 5,11; Ga 5,19-21; Ap 22,15).
Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de
la muerte a la vida "y no incurre en juicio" (Jn 5,24)
X LAS INDULGENCIAS
1471 La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia (Pablo VI, const. ap. "Indulgentiarum doctrina", normas 1-3).
Qué son las indulgencias
"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos". "La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente" "Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias" (CIC, can. 992-994)
Las penas del pecado
1472 Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia
es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El
pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace
incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna"
del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego
desordenado a las criaturas que tienen necesidad de purificación, sea
aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama
Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena
temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una
especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como
algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que
procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación
del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (Cc. de Trento: DS
1712-13; 1820).
1473 El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios
entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas
temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse,
soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase
y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar
como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse,
tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la
oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse
completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo" (cf.
Ef 4,24).
En la comunión de los santos
1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y
santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra sólo. "La
vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera
admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros
hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de
Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI, Const. Ap.
"Indulgentiarum doctrina", 5).
1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los
fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que
expían en el purgatorio o los que que peregrinan todavía en la tierra-
un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los
bienes" (Pablo VI, ibid). En este intercambio admirable, la santidad de
uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo
causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite
al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las
penas del pecado.
1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los
llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes,
como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los
siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios
las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para
que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con
el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia
las satisfacciones y los méritos de su redención (cf Hb 7,23-25; 9,
11-28)" (Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", ibid).
1477 "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente
inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las
oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de
todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo
sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que,
trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación
de sus hermanos en la unidad del
Cuerpo místico" (Pablo VI, ibid).
Obtener la indulgencia de Dios por medio de la Iglesia
1478 Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en
virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo
Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los
méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la
misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus
pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este
cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de
penitencia y de caridad (cf Pablo VI, ibid. 8; Cc. de Trento: DS 1835).
1479 Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también
miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre
otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean
libres de las penas temporales debidas por sus pecados.
XI LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
1480 Como todos los sacramentos, la Penitencia es una acción
litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo y
bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar la
conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento;
la confesión que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la
imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del
sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición
del sacerdote.
1481 La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución, en
forma deprecativa, que expresan admirablemente el misterio del perdón:
"Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó
sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando
derramó lágrimas sobre sus pies, y al publicano, y al pródigo, que este
mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la
otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El
que es bendito por los siglos de los siglos. Amén."
1482 El sacramento de la penitencia puede también celebrarse en el
marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se
preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido.
Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual
están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y
homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria
del perdón, rezo del Padrenuestro y acción de gracias en común. Esta
celebración comunitaria expresa más claramente el carácter eclesial de
la penitencia. En todo caso, cualquiera que sea la manera de su
celebración, el sacramento de la Penitencia es siempre, por su
naturaleza misma, una acción litúrgica, por tanto, eclesial y pública
(cf SC 26-27).
1483 En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración
comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución
general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un
peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes
tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La
necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el
número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente
las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los
penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de
la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los
fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de
confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC
can. 962,1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las
condiciones requeridas para la absolución general (CIC can. 961,2). Una
gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de
peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida
necesidad grave.
1484 "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan
siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con
Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse
de este modo de confesión" (OP 31). Y esto se establece así por razones
profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige
personalmente a cada uno de los pecadores: "Hijo, tus pecados están
perdonados" (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los
enfermos que tienen necesidad de él (cf Mc 2,17) para curarlos; los
restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión
personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y
con la Iglesia.
RESUMEN
1485 En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus
apóstoles y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
1486 El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es
concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la conversión,
de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación.
1487 Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad
de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la
Iglesia, de la que cada cristiano debe ser una piedra viva.
1488 A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada
tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y
para el mundo entero.
1489 Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el
pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en
misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir
este don precioso para sí mismo y para los demás.
1490 El movimiento de retorno a Dios, llamado conversión y
arrepentimiento, implica un dolor y una aversión respecto a los pecados
cometidos, y el propósito firme de no volver a pecar. La conversión,
por tanto, mira al pasado y al futuro; se nutre de la esperanza en la
misericordia divina.
1491 El sacramento de la Penitencia está constituido por el conjunto de
tres actos realizados por el penitente, y por la absolución del
sacerdote. Los actos del penitente son: el arrepentimiento, la
confesión o manifestación de los pecados al sacerdote y el propósito de
realizar la reparación y las obras de penitencia.
1492 El arrepentimiento (llamado también contrición) debe estar
inspirado en motivaciones que brotan de la fe. Si el arrepentimiento es
concebido por amor de caridad hacia Dios, se le llama "perfecto"; si
está fundado en otros motivos se le llama "imperfecto".
1493 El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia
debe confesar al sacerdote todos los pecados graves que no ha confesado
aún y de los que se acuerda tras examinar cuidadosamente su conciencia.
Sin ser necesaria, de suyo, la confesión de las faltas veniales está
recomendada vivamente por la Iglesia.
1494 El confesor impone al penitente el cumplimiento de ciertos actos
de "satisfacción" o de "penitencia", para reparar el daño causado por
el pecado y restablecer los hábitos propios del discípulo de Cristo.
1495 Sólo los sacerdotes que han recibido de la autoridad de la Iglesia
la facultad de absolver pueden ordinariamente perdonar los pecados en
nombre de Cristo.
1496 Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son:
- la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la
gracia;
- la reconciliación con la Iglesia;
- la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales;
- la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia
del pecado;
- la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual;
- el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate
cristiano.
1497 La confesión individual e integra de los pecados graves seguida de
la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con
Dios y con la Iglesia.
1498 Mediante las indulgencias, los fieles pueden alcanzar para sí
mismos y también para las almas del Purgatorio la remisión de las penas
temporales, consecuencia de los pecados.
Artículo 5 LA UNCION DE LOS ENFERMOS
1499 "Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a os enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11).
I FUNDAMENTOS EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
La enfermedad en la vida humana
1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre
entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la
enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su
finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí
mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios.
Puede también h acer a la persona más madura, ayudarla a discernir en
su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con
mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un
retorno a él.
El enfermo ante Dios
1502 El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: "Yo, el Señor, soy el que te sana" (Ex 15,26). El profeta entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Is 33,24).
Cristo, médico
1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas
curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo
maravilloso de que "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16) y de que el
Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para
curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a
curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos
necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega
hasta identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt
25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a
lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los
cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta
atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que
sufren.
1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36;
9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf
Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos
tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) "pues salía de él una fuerza
que los curaba a todos" (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo
continúa "tocándonos" para sanarnos.
1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar
por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: "El tomó nuestras
flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8,17; cf Is 53,4). No
curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del
Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre
el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí
todo el peso del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el "pecado del mundo" (Jn
1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión
y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento:
desde entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión
redentora.
"Sanad a los enfermos..."
1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su
vez su cruz (cf Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre
la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y
humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de
curación: "Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran;
expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y
los curaban" (Mc 6,12-13).
1507 El Señor resucitado renueva este envío ("En mi nombre...impondrán
las manos sobre los enfermos y se pondrán bien"; Mc 16,17-18) y lo
confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre (cf.
Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de una manera especial que
Jesús es verdaderamente "Dios que salva" (cf Mt 1,21; Hch 4,12).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf
1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado.
Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la
curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que
"mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"
(2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como
sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col
1,24).
1509 "¡Sanad a los enfermos!" (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta
tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que
proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la
que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de
las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a
través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan
que da la vida eterna (cf Jn 6,54.58) y cuya conexión con la salud
corporal insinúa S. Pablo (cf 1 Co 11,30).
1510 No obstante la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor de
los enfermos, atestiguado por Santiago: "Está enfermo alguno de
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le
unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al
enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados,
le serán perdonados" (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en este
rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325;
1695-1696; 1716-1717).
Un sacramento de los enfermos
1511 La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete
sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar
a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:
Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro
Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente
dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a los fieles y
promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15]
(Cc. de Trento: DS 1695).
1512 En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se
poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos
practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la
Unción de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a
los que estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el
nombre de "Extremaunción". A pesar de esta evolución, la liturgia nunca
dejó de orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud
si así convenía a su salvación (cf. DS 1696).
1519 La Constitución apostólica "Sacram Unctionem Infirmorum" del 30 de
Noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II (cf SC
73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara lo que
sigue:
El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los
gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite
de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro
aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: "per
istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te
Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque
propitius allevet" ("Por esta santa Unción, y por su bondadosa
misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para
que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu
enfermedad", cf. CIC, can. 847,1).
II QUIEN RECIBE Y QUIEN ADMINISTRA ESTE SACRAMENTO
En caso de grave enfermedad ...
1514 La unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para
aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo
oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de
muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf CIC, can. 1004,1; 1005; 1007;
CCEO, can. 738).
1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en
caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el
curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la
enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos
antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las
personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.
"...llame a los presbíteros de la Iglesia"
1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
III LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO
1517 Como en todos los sacramentos, la unción de los enfermos
se celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene lugar
en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para
un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la
Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo
permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del
sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía.
En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser
siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el "viático"
para el "paso" a la vida eterna.
1518 Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la
Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las
palabras de Cristo y el testimonio de los apóstoles suscitan la fe del
enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su Espíritu.
1519 La celebración del sacramento comprende principalmente estos
elementos: "los presbíteros de la Iglesia" (St 5,14) imponen -en
silencio- las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de
la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento;
luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el
obispo.
Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento
confiere a los enfermos.
IV EFECTOS DE LA CELEBRACION DE ESTE SACRAMENTO
1520 Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera
de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para
vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la
fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que
renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones
del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante
la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su
Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero
también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Cc. de
Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717).
1521 La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este sacramento,
el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la
Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar fruto por su
configuración con la Pasión redentora del Salvador. El sufrimiento,
secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser
participación en la obra salvífica de Jesús.
1522 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento,
"uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al
bien del Pueblo de Dios" (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la
Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del
enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento,
contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los
hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios
Padre.
1523 Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de la
unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades
y dolencias graves, lo es con mayor razón "a los que están a punto de
salir de esta vida" ("in exitu viae constituti"; Cc. de Trento: DS
1698), de manera que se la llamado también "sacramentum exeuntium"
("sacramento de los que parten", ibid.). La Unción de los enfermos
acaba de conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo, como
el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas
unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había
sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había
fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al
término de nuestra vida terrena un sólido puente levadizo para entrar
en la Casa del Padre defendiéndose en los últimos combates (cf ibid.:
DS 1694).
El Viático, último sacramento del cristiano
1524 A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece,
además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático.
Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del
Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia
particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según
las palabras del Señor: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene
vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6,54). Puesto que es
sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí
sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn
13,1).
1525 Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la
Eucaristía constituyen una unidad llamada "los sacramentos de la
iniciación cristiana", se puede decir que la Penitencia, la Santa
Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida
cristiana toca a su fin, "los sacramentos que preparan para entrar en
la Patria" o los sacramentos que cierran la peregrinación.
RESUMEN
1526 "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los
presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el
nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor
hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán
perdonados" (St 5,14-15).
1527 El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir
una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades
inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.
1528 El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente
cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de
enfermedad o de vejez.
1529 Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la
Santa Unción, y también cuando, después de haberla recibido, la
enfermedad se agrava.
1530 Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar el
sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean óleo
bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo presbítero
que celebra.
1531 Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la
unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano) o en
otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la oración
litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial de este
sacramento.
1532 La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos
tiene como efectos: - la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para
su bien y el de toda la Iglesia; - el consuelo, la paz y el ánimo para
soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la
vejez; - el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo
por el sacramento de la penitencia; - el restablecimiento de la salud
corporal, si conviene a la salud espiritual; 826 la preparación para el
paso a la vida eterna.