LECTURA
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
TERCERA PARTE. SEGUNDA SECCIÓN. CAPÍTULO I
PARÁGRAFOS 2052-2195
"Maestro, ¿qué he de hacer...?"
2052 "Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la
vida eterna?" Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde
primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como "el único
Bueno", como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien.
Luego Jesús le declara: "Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos". Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren
al amor del prójimo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás,
no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre".
Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 19,16-19).
2053 A esta primera respuesta se añade una segunda: "Si quieres ser
perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un
tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme" (Mt 19,21). Esta respuesta
no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir
los mandamientos. La Ley no es abolida (cf Mt 5,17), sino que el hombre
es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le
da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada
de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del
discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el
llamamiento a la pobreza y a la castidad (cf Mt 19,6-12. 21. 23-29).
Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.
2054 Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del
Espíritu operante ya en su letra. Predicó la "justicia que sobrepasa la
de los escribas y fariseos" (Mt 5,20), así como la de los paganos (cf
Mt 5,46-47). Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos:
"habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás...Pues yo os
digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal" (Mt 5,21-22).
2055 Cuando le hacen la pregunta "¿cuál es el mandamiento mayor de la
Ley?" (Mt 22,36), Jesús responde: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el
primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los
Profetas" (Mt 22,37-40; cf Dt 6,5; Lv 19,18). El Decálogo debe ser
interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad,
plenitud de la Ley:
En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás
y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad
es, por tanto, la ley en su plenitud (Rm 13,9-10).
El Decálogo en la Sagrada Escritura
2056 La palabra "Decálogo" significa literalmente "diez
palabras" (Ex 34,28; Dt 4,13; 10,4). Estas "diez palabras" Dios las
reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió "con su Dedo" (Ex
31,18; Dt 5,22), a diferencia de los otros preceptos escritos por
Moisés (cf Dt 31,9.24). Constituyen palabras de Dios en un sentido
eminente. Son trasmitidas en los libros del Exodo (cf Ex 20,1-17) y del
Deuteronomio (cf Dt 5,6-22). Ya en el Antiguo Testamento, los libros
santos hablan de las "diez palabras" (cf por ejemplo, Os 4,2; Jr 7,9;
Ez 18,5-9); pero es en la nueva Alianza en Jesucristo donde será
revelado su pleno sentido.
2057 El Decálogo se comprende mejor cuando se lee en el contexto del
Exodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el centro de
la antigua Alianza. Las "diez palabras", bien sean formuladas como
preceptos negativos, prohibiciones o bien como mandamientos positivos
(como "honra a tu padre y a tu madre"), indican las condiciones de una
vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de
vida:
Si amas a tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos,
sus preceptos y sus normas, vivirás y te multiplicarás" (Dt 30,16).
Esta fuerza liberadora del Decálogo aparece, por ejemplo, en el
mandamiento del descanso del sábado, destinado también a los
extranjeros y a los esclavos:
Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que tu Dios
te sacó de allí con mano fuerte y con tenso brazo (Dt 5,15).
2058 Las "diez palabras" resumen y proclaman la ley de Dios: "Estas
palabras dijo el Señor a toda vuestra asamblea, en la montaña, de en
medio del fuego, la nube y la densa niebla, con voz potente, y nada más
añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me las entregó a
mí" (Dt 5,22). Por eso estas dos tablas son llamadas "el Testimonio"
(Ex 25,16), pues contienen las cláusulas de la Alianza establecida
entre Dios y su pueblo. Estas "tablas del Testimonio" (Ex 31,18; 32,15;
34,29) se deben depositar en el "arca" (Ex 25,16; 40,1-2).
2059 Las "diez palabras" son pronunciadas por Dios dentro de una
teofanía ("el Señor os habló cara a cara en la montaña, en medio del
fuego": Dt 5,4). Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y
de su gloria. El don de los mandamientos es don de Dios y de su santa
voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo.
2060 El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza
sellada por Dios con los suyos. Según el libro del Exodo, la revelación
de las "diez palabras" es concedida entre la proposición de la Alianza
(cf Ex 19) y su conclusión (cf. Ex 24), después que el pueblo se
comprometió a "hacer" todo lo que el Señor había dicho y a "obedecerlo"
(Ex 24,7). El Decálogo es siempre transmitido tras el recuerdo de la
Alianza ("el Señor, nuestro Dios, estableció con nosotros una alianza
en Horeb": Dt 5,2).
2061 Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de
la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo
su sentido en y por la Alianza. La primera de las "diez palabras"
recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo:
Como había habido, en castigo del pecado, paso del paraíso de la
libertad a la servidumbre de este mundo, por eso la primera frase del
Decálogo, primera palabra de los mandamientos de Dios, se refiere a la
libertad: "yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto,
de la casa de servidumbre" (Ex 20,2; Dt 5,6) (Orígenes, hom. in Ex.
8,1).
2062 Los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar.
Expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la
Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del
Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias.
Es cooperación al plan que Dios realiza en la historia.
2063 La alianza y el diálogo entre Dios y el hombre están también
confirmados por el hecho de que todas las obligaciones se enuncian en
primera persona ("Yo soy el Señor...") y están dirigidas a otro sujeto
("tú"). En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre personal
singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que a todo el
pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular:
El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el
prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios.
Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y
tener un solo corazón con su prójimo...Las palabras del Decálogo
persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas,
han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del
Señor en la carne (S. Ireneo, haer. 4,16,3-4).
El Decálogo en la Tradición de la Iglesia
2064 Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la
Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y
una significación primordiales.
2065 Desde S. Agustín, los "diez mandamientos" ocupan un lugar
preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los
fieles. En el siglo quince se tomó la costumbre de expresar los
preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y
positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de
la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el
orden de los "diez mandamientos".
2066 La división y numeración de los mandamientos ha variado en el
curso de la historia. El presente catecismo sigue la división de los
mandamientos establecida por S. Agustín y que se hizo tradicional en la
Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los
Padres griegos realizaron una división algo distinta que se encuentra
en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas.
2067 Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y
del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los
otros siete más al amor del prójimo.
Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa
toda la ley y los profetas..., así los diez preceptos se dividen en dos
tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra (S.
Agustín, serm. 33,2,2).
2068 El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a
los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a
observarlos (cf DS 1569-70). Y el Concilio Vaticano II lo afirma: "Los
obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor...la misión
de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el
mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el
cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación" (LG 24).
La unidad del Decálogo
2069 El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las "diez palabras" remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros (cf St 2,10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.
El Decálogo y la ley natural
2070 Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios.
Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de
relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente los
derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona
humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la "ley
natural":
Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los
preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con
recordárselos. Esto fue el Decálogo (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1).
2071 Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han
sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las
exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba esta
revelación:
En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del
Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la
razón y la desviación de la voluntad (S. Buenaventura, sent. 4, 37, 1,
3). Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación
divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la
conciencia moral.
La obligación del Decálogo
2072 Los diez mandamientos, por expresar los deberes
fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su
contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y
su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de
ellos. Los diez mandamientos están gravados por Dios en el corazón del
ser humano.
2073 La obediencia a los mandamientos implica también obligaciones cuya
materia es en sí misma leve. Así, la injuria en palabra está prohibida
por el quinto mandamiento, pero sólo podría ser una falta grave en
función de las circunstancias o de la intención del que la profiere.
"Sin mí no podéis hacer nada"
2074 Jesús dice: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12).
RESUMEN
2075 "¿Qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida
eterna?" - "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt
19,16-17).
2076 Mediante su práctica y su predicación, Jesús manifestó la
perennidad del Decálogo.
2077 El don del Decálogo fue concedido en el marco de la alianza
establecida por Dios con su pueblo. Los mandamientos de Dios reciben su
significado verdadero en y por esta Alianza.
2078 Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición
de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una
significación primordial.
2079 El Decálogo forma una unidad orgánica en que cada "palabra" o
"mandamiento" remite a todo el conjunto. Transgredir un mandamiento es
quebrantar toda la ley (cf St 2,10-11).
2080 El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ley natural.
Lo conocemos por la revelación divina y por la razón humana.
2081 Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian
obligaciones graves. Sin embargo, la obediencia a estos preceptos
implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve.
2082 Lo que Dios manda lo hace posible por su gracia.
CAPITULO PRIMERO: "AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, CON
TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS"
2083 Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en
estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37; cf Lc 10,27: "...y con todas
tus fuerzas"). Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada
solemne: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor" (Dt
6,4).
Dios amó primero. El amor del Dios Unico es recordado en la primera de
las "diez palabras". Los mandamientos explicitan a continuación la
respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios.
Artículo 1 EL PRIMER MANDAMIENTO
Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de
Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses
delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay
arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni en lo que
hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les
darás culto" (Ex 20,2-5; cf Dt 5,6-9).
Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto (Mt
4,10).
I "ADORARAS AL SEÑOR TU DIOS, Y LE DARAS CULTO"
2084 Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa,
bondadosa y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige: "Yo
te saqué del país de Egipto, de la casa de servidumbre". La primera
palabra contiene el primer mandamiento de la ley: "Adorarás al Señor tu
Dios y le servirás...no vayáis en pos de otros dioses" (Dt 6,13-14). La
primera llamada y la justa exigencia de Dios consiste en que el hombre
lo acoja y lo adore.
2085 El Dios único y verdadero revela primero su gloria a Israel (cf Ex
19,16-25; 24,15-18). La revelación de la vocación y de la verdad del
hombre está ligada a la revelación de Dios. El hombre tiene la vocación
de manifestar a Dios mediante su obrar en conformidad con su creación
"a imagen y semejanza de Dios":
No habrá jamás otro Dios, Trifón, y no ha habido otro desde los siglos
sino el que ha hecho y ordenado el universo. Nosotros no pensamos que
nuestro Dios es distinto del vuestro. Es el mismo que sacó a vuestros
padres de Egipto "con su mano poderosa y su brazo extendido". Nosotros
no ponemos nuestras esperanzas en otro, que no existe, sino en el mismo
que vosotros, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (S. Justino,
dial. 11,1).
2086 "El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la
caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable,
siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que
nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en él una
fe y una confianza completas. El es todopoderoso, clemente,
infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en él
todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los
tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa
fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como
al final de sus preceptos: `Yo soy el Señor'" (Catec. R. 3,2,4).
La fe
2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que
nos revela su amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la fe" (Rm 1,5;
16,26) como de la primera obligación. Hace ver en el "desconocimiento
de Dios" el principio y la explicación de todas las desviaciones
morales (cf Rm 1,18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en él y
dar testimonio de él.
2088 El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con
prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone
a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por
verdadero lo que Dios ha revelado y que la Iglesia propone creer. La
duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de
superar las objeciones ligadas a la fe o también la ansiedad suscitada
por la oscuridad de ésta. Si es cultivada deliberadamente, la duda
puede conducir a la ceguera del espíritu.
2089 La incredulidad es la menosprecio de la verdad revelada o el
rechazo voluntario de prestarle asentimiento. "Se llama herejía la
negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que
ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la
misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el
rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los
miembros de la Iglesia a él sometidos" (CIC, can. 751).
La esperanza
2090 Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede
responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe
esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar
conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es la espera
confiada de la bendición divina y de la visión bienaventurada de Dios;
es también el temor de ofender al amor de Dios y de provocar el
castigo.
2091 El primer mandamiento condena también los pecados contra la
esperanza, que son la desesperación y la presunción:
Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación
personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se
opone a la Bondad de Dios, a su Justicia -porque el Señor es fiel a sus
promesas- y a su Misericordia.
2092 Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus
capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien
presume de la omnipotencia o de la mise ricordia divinas, (esperando
obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).
La caridad
2093 La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la
obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero.
El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las criaturas
por él y a causa de él (cf Dt 6,4-5).
2094 Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La
indiferencia olvida o rechaza la consideración de la caridad divina;
desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite
o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La
tibieza es una vacilación o una negligencia en responder al amor
divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la
caridad. La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que
viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio de Dios
tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad
niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
II "A EL SOLO DARAS CULTO"
2095 Las virtudes teologales, fe esperanza y caridad, informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta actitud.
La adoración
2096 La adoración es el primer acto de la virtud de la
religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y
Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y
misericordioso. "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto" (Lc
4,8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6,13).
2097 Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta,
la "nada de la criatura", que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es
alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el
Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que
su nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera
al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y
de la idolatría del mundo.
La oración
2098 Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracia s, de intercesión y de súplica. La oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. "Es preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1).
El sacrificio
2099 Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración
y de gratitud, de súplica y de comunión: "Toda acción realizada para
unirse a Dios en la santa comunión y poder ser bienaventurado es un
verdadero sacrificio" (S. Agustín, civ. 10,6).
2100 El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del
sacrificio espiritual. "Mi sacrificio es un espíritu contrito..." (Sal
51,19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia
los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5,21-25) o sin
amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las palabras del
profeta Oseas: "Misericordia quiero, que no sacrificio" (Mt 9,13; 12,7;
cf Os 6,6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la
cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb
9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un
sacrificio para Dios.
Promesas y votos
2101 En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer
promesas a Dios. El bautismo y la confirmación, el matrimonio y la
ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano
puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una
peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una
manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios
fiel.
2102 "El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios
acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la
religión" (CIC can.1191,1). El voto es un acto de devoción en el que el
cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por tanto,
mediante el cumplimiento de sus votos da a Dios lo que le ha prometido
y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a S. Pablo
cumpliendo los votos que había hecho (cf Hch 18,18; 21,23-24).
2103 La Iglesia reconoce un valor ejemplar al voto de practicar los
consejos evangélicos (cf CIC, can 654).
La santa Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos hombres y
mujeres que siguen más de cerca y muestran más claramente el
anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los
hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se
someten a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá
de lo que está mandado, para parecerse más a Cristo obediente (LG 42).
En algunos casos, la Iglesia puede, por razones proporcionadas,
dispensar de los votos y las promesas (cf CIC can.692; 1196-97).
El deber social de la religión y el derecho a la libertad
religiosa
2104 "Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo
en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a
abrazarla y practicarla" (DH 1). Este deber se desprende de "su misma
naturaleza" (DH 2). No contradice al "respeto sincero" hacia las
diversas religiones, que "no pocas veces reflejan, sin embargo, un
destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (NA 2), ni
a la exigencia de la caridad que empuja a los cristianos "a tratar con
amor, prudencia y paciencia a los hombres que viven en el error o en la
ignorancia de la fe" (DH 14).
2105 El deber de dar a Dios un culto auténtico corresponde al hombre
individual y socialmente. Esa es "la doctrina tradicional católica
sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la
religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo" (DH 1). Al
evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan
"informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres,
las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive"
(AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada
hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el
culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia
católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la
luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de
Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades
humanas (cf León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI "Quas primas").
2106 "En materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su
conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o
privadamente, solo o asociado con otros" (DH 2). Este derecho se funda
en la naturaleza misma de la persona humana, cuya dignidad le hace
adherirse libremente a la verdad divina, que transciende el orden
temporal. Por eso, "permanece aún en aquellos que no cumplen la
obligación de buscar la verdad y adherirse a ella" (DH 2).
2107 "Si, teniendo en cuenta las circunstancias peculiares de los
pueblos, se concede a una comunidad religiosa un reconocimiento civil
especial en el ordenamiento jurídico de la sociedad, es necesario que
al mismo tiempo se reconozca y se respete el derecho a la libertad en
materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas" (DH
6).
2108 El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de
adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"), ni
un derecho supuesto al error (cf Pío XII, discurso 6 Diciembre 1953),
sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es
decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en
materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural
debe ser reconocido en el orden jurídico de la sociedad de manera que
constituya un derecho civil (cf DH 2).
2109 El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni
ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni limitado solamente
por un "orden público" concebido de manera positivista o naturalista
(cf Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los "justos límites" que le son
inherentes deben ser determinados para cada situación social por la
prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados
por la autoridad civil según "normas jurídicas, conforme con el orden
objetivo moral" (DH 7).
III "NO HABRA PARA TI OTROS DIOSES DELANTE DE MI"
2110 El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del Unico Señor que se reveló a su pueblo. Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta manera un exceso perverso de religión. La irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la religión.
La superstición
2111 La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23,16-22).
La idolatría
2112 El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al
hombre no creer en más dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras
divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente
este rechazo de los "ídolos, oro y plata, obra de las manos de los
hombres", que "tienen boca y no hablan, ojos y no ven..." Estos ídolos
vanos hacen vano al que les da culto: "Como ellos serán los que los
hacen, cuantos en ellos ponen su confianza" (Sal 115,4-5.8; cf. Is
44,9-20; Jr 10,1-16; Dn 14,1-30; Ba 6; Sb 13,1-15,19). Dios, por el
contrario, es el "Dios vivo" (Jos 3,10; Sal 42,3, etc.), que da vida e
interviene en la historia.
2113 La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo.
Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es
Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una
criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por
ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los
antepasados, del Estado, del dinero, etc. "No podéis servir a Dios y al
dinero", dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no
adorar a "la Bestia" (cf Ap 13-14), negándose incluso a simular su
culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto,
incompatible con la comunión divina (cf Gál 5,20; Ef 5,5).
2114 La vida humana se unifica en la adoración del Dios Unico. El
mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de
una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido
religioso innato en el hombre. El idólatra es el que "aplica a
cualquier cosa en lugar de Dios su indestructible noción de Dios"
(Orígenes, Cels. 2,40).
Adivinación y magia
2115 Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros
santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse con
confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro
y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. La imprevisión
puede constituir una falta de responsabilidad.
2116 Todas las formas de adivinación deben rechazarse: recurso a Satán
o a los demonios, evocación de los muertos, y otras prácticas que
equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir (cf Dt 18,10; Jr
29,8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la
interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el
recurso a "mediums" encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la
historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de
conciliarse los poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y
el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
2117 Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se
pretende domesticar las potencias ocultas para ponerlas a su servicio y
obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para
procurar la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la
religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van
acompañadas de una intención de dañar a otro o recurren a la
intervención de los demonios. El llevar amuletos es también
reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas
adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que
se guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no
legitima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación
de la credulidad del prójimo.
La irreligión
2118 El primer mandamiento de Dios reprueba los principales
pecados de irreligión, la acción de tentar a Dios en palabras o en
obras, el sacrilegio y la simonía.
2119 La acción de tentar a Dios consiste en poner a prueba de palabra o
de obra, su bondad y su omnipotencia. Así es como Satán quería
conseguir de Jesús que se arrojara del templo y obligase a Dios,
mediante este gesto, a actuar (cf Lc 4,9). Jesús le opone las palabras
de Dios: "No tentarás al Señor tu Dios" (Dt 6,16). El reto que contiene
este tentar a Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a
nuestro Criador y Señor. Incluye siempre una duda respecto a su amor,
su providencia y su poder (cf 1 Co 10.9; Ex 17,2-7; Sal 95,9).
2120 El sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los
sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las
cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado
grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este
sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente sustancialmente (cf
CIC, can. 1367; 1376).
2121 La simonía (cf Hch 8,9-24) se define como la compra o venta de las
realidades espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder
espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le responde: "Vaya
tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de
Dios se compra con dinero" (Hch 8,20). Así se ajustaba a las palabras
de Jesús: "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10,8; cf Is 55,1).
Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse
respecto a ellos como un posesor o un dueño, pues tienen su fuente en
Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de él.
2122 "Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente,
el ministro no debe pedir nada por la administración de los
sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden
privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza" (CIC,
can. 848). La autoridad competente puede fijar estas "ofrendas"
atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe subvenir al
sostenimiento de los ministros de la Iglesia. "El obrero merece su
sustento" (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm 5,17-18).
El ateísmo
2123 "Muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna
manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente
, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los
problemas más graves de esta época" (GS 19,1).
2124 El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una forma
frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita sus
necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo ateo
considera falsamente que el hombre es "el fin de sí mismo, el artífice
y demiurgo único de su propia historia" (GS 20,1). Otra forma del
ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación
económica y social a la que "la religión, por su propia naturaleza, es
un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar la esperanza del
hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción
de la ciudad terrena" (GS 20,2).
2125 En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un
pecado contra la virtud de la religión (cf Rm 1,18). La imputabilidad
de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud de las
intenciones y de las circunstancias. En la génesis y difusión del
ateísmo "puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en
cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición
falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida
religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero
rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo" (GS 19,3).
2126 Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la
autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto
a Dios (cf GS 20,1). Sin embargo, "el reconocimiento de Dios no se
opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se
funda y se perfecciona en el mismo Dios" (GS 21,3). "La Iglesia sabe
muy bien que su mensaje conecta con los los deseos más profundos del
corazón humano" (GS 21,7).
El agnosticismo
2127 El agnosticismo reviste varias formas. En ciertos casos,
el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la
existencia de un ser transcendente que no podría revelarse y del que
nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia
sobre la existencia de Dios, declarando que es imposible probarla e
incluso afirmarla o negarla.
2128 El agnosticismo puede a veces contener una cierta búsqueda de
Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida
ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia
moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo
práctico.
IV "NO TE HARAS ESCULTURA NI IMAGEN ALGUNA..."
2129 El mandamiento divino entrañaba la prohibición de toda
representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo explica
así: "Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os
habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os
hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea..." (Dt
4,15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente
Transcendente. "El lo es todo", pero al mismo tiempo "está por encima
de todas sus obras" (Si 43,27-28). Es la fuente de toda belleza creada
(cf Sb 13,3).
2130 Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la
institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación
por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm 21,4-9; Sb
16,5-14; Jn 3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25,
10-12; 1 R 6,23-28; 7,23-26).
2131 Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio
ecuménico (celebrado en Nicea en 787), justificó contra los
iconoclastas el culto de las imágenes: las de Cristo, pero también las
de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos.
Encarnándose, el Hijo de Dios inauguró una nueva "economía" de las
imágenes.
2132 El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer
mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, "el honor dado a una
imagen se remonta al modelo original" (S. Basilio, spir. 18,45), "el
que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella está
representada" (Cc. de Nicea II: DS 601; cf Cc. de Trento: DS 1821-25;
Cc. Vaticano II: SC 126; LG 67). El honor tributado a las imágenes
sagradas es una "veneración respetuosa", no una adoración, que sólo
corresponde a Dios:
El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como
realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que
nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige
a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella sino que tiende a la
realidad de que ella es imagen (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 81, 3,
ad 3).
RESUMEN
2133 "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,5).
2134 El primer mandamiento llama al hombre para que crea en Dios,
espere en él y lo ame sobre todas las cosas.
2135 "Al Señor tu Dios adorarás" (Mt 4,10). Adorar a Dios, orar a él,
ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir las promesas y los votos
que se le han hecho, son actos de la virtud de la religión que
constituyen la obediencia al primer mandamiento.
2136 El deber de dar a Dios un culto auténtico concierne al hombre
individual y socialmente.
2137 El hombre debe "poder profesar libremente la religión en público y
en privado" (DH 15).
2138 La superstición es una desviación del culto que debemos al
verdadero Dios. Desemboca en la idolatría y en las distintas formas de
adivinación y de magia.
2139 La acción de tentar a Dios de palabra o de obra, el sacrilegio, la
simonía, son pecados de irreligión, prohibidos por el primer
mandamiento.
2140 En cuanto niega o rechaza la existencia de Dios, el ateísmo es un
pecado contra el primer mandamiento.
2141 El culto de las imágenes sagradas está fundado en el misterio de
la Encarnación del Verbo de Dios. No es contrario al primer
mandamiento.
Artículo 2 EL SEGUNDO MANDAMIENTO
"No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios" (Ex 20,7;
Dt 5,11).
"Se dijo a los antepasados: `No perjurarás'...Pues yo os digo que no
juréis en modo alguno" (Mt 5,33-34).
I EL NOMBRE DEL SEÑOR ES SANTO
2142 El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del
Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la virtud de la
religión y regula más particularmente nuestro uso de la palabra en las
cosas santas.
2143 Entre todas las palabras de la revelación hay una, singular, que
es la revelación de su Nombre. Dios confía su nombre a los que creen en
él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre
pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. "El nombre del
Señor es santo". Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe
guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za 2,17).
No lo hará intervenir en sus propias palabras sino para bendecirlo,
alabarlo y glorificarlo (cf Sal 29,2; 96,2; 113, 1-2).
2144 La deferencia respecto a su Nombre expresa la que es debida al
misterio de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca. El
sentido de lo sagrado pertenece a la virtud de la religión:
Los sentimientos de temor y de "lo sagrado" ¿son sentimientos
cristianos o no? Nadie puede dudar razonablemente de ello. Son los
sentimientos que tend ríamos, y en un grado intenso, si tuviésemos la
visión del Dios soberano. Son los sentimientos que tendríamos si
verificásemos su presencia. En la medida en que creemos que está
presente, debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que
está presente (Newman, par. 5,2).
2145 El fiel debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe
sin ceder al temor (cf Mt 10,32; 1 Tm 6,12). La predicación y la
catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el
nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
2146 El segundo mandamiento prohíbe usar mal del nombre de Dios, es
decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la
Virgen María y de todos los santos.
2147 Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen el honor,
la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben ser respetadas
en justicia. Ser infiel a ellas es usar mal el nombre de Dios y, en
cierta manera, hacer de Dios un mentiroso (cf 1 Jn 1,10).
2148 La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento.
Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de
odio, de reproche, de desafío; en decir mal de Dios, faltarle al
respeto, en las conversaciones, usar mal el nombre de Dios. Santiago
reprueba a "los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido
invocado sobre ellos" (St 2,7). La prohibición de la blasfemia se
extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las
cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para
justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre,
torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un
crimen provoca el rechazo de la religión.
La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre.
Es de suyo un pecado grave (cf CIC, can 1369).
2149 Los palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin
intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El
segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino.
El Nombre de Dios es grande donde se pronuncia con el respeto debido a
su grandeza y a su Majestad. El nombre de Dios es santo donde se le
nombra con veneración y el temor de ofenderle (S. Agustín, serm. Dom.
2, 45, 19).
II TOMAR EL NOMBRE DEL SEÑOR EN VANO
2150 El segundo mandamiento prohibe el falso juramento . Hacer
juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es
invocar la veracidad divina como garantía de la propia veracidad. El
juramento compromete el nombre del Señor. "Al Señor tu Dios temerás, a
él le servirás, por su nombre jurarás" (Dt 6,13).
2151 La reprobación del falso juramento es un deber para con Dios. Como
Creador y Señor, Dios es la norma de toda verdad. La palabra humana
está de acuerdo o en oposición con Dios que es la Verdad misma. El
juramento, cuando es veraz y legítimo, pone de relieve la relación de
la palabra humana con la verdad de Dios. El falso juramento invoca a
Dios como testigo de una mentira.
2152 Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene
intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento,
no la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto hacia
el Señor de toda palabra. Comprometerse mediante juramento a hacer una
obra mala es contrario a la santidad del Nombre divino.
2153 Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña:
"Habéis oído que se dijo a los antepasados: `no perjurarás, sino que
cumplirás al Señor tus juramentos'. Pues yo os digo que no juréis en
modo alguno...sea vuestro lenguaje: `sí, sí'; `no, no': que lo que pasa
de aquí viene del Maligno" (Mt 5,33-34. 37; cf St 5,12). Jesús enseña
que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de
Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del
recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su
presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras
afirmaciones.
2154 Siguiendo a San Pablo (cf 2 Co 1,23; Gal 1,20), la tradición de la
Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se
oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y justa
(por ejemplo, ante el tribunal). "El juramento, es decir, la invocación
del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con
verdad, con sensatez y con justicia" (CIC, can. 1199,1).
2155 La santidad del nombre divino exige no recurrir a él para cosas
fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo
interpretar como una aprobación del poder que lo exigiese injustamente.
Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas,
puede ser rechazado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines
contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.
III EL NOMBRE CRISTIANO
2156 El sacramento del Bautismo es conferido "en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). En el bautismo, el
nombre del Señor santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre
en la Iglesia. Este puede ser el de un santo, es decir, de un discípulo
que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser puesto bajo
el patrocinio de un santo, se le ofrece un modelo de caridad y se le
asegura su intercesión. El "nombre de bautismo" puede expresar también
un misterio cristiano o una virtud cristiana. "Procuren los padres, los
padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir
cristiano" (CIC, can. 855).
2157 El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con
la señal de la cruz, "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén". El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e
invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como
hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y
en las dificultades.
2158 Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is 43,1; Jn 10,3). El
nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona.
Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.
2159 El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino, el
carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de
Dios brillará en plena luz. "Al vencedor...le daré una piedrecita
blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce,
sino el que lo recibe" (Ap 2,17). "Miré entonces y había un Cordero,
que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y
cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y
el nombre de su Padre" (Ap 14,1).
RESUMEN
2160 "Señor, Dios Nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por
toda la tierra!" (Sal 8,2).
2161 El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del Señor. El
nombre del Señor es santo.
2162 El segundo mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del Nombre
de Dios. La blasfemia consiste en usar de una manera injuriosa el
nombre de Dios, de Jesucristo , de la Virgen María y de los santos.
2163 El falso juramento invoca a Dios como testigo de una mentira. El
perjurio es una falta grave contra el Señor, siempre fiel a sus
promesas.
2164 "No jurar ni por Criador ni por criatura, si no fuere con verdad,
necesidad y reverencia" (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 38).
2165 En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano. Los padres,
los padrinos y el párroco deben procurar que se dé un nombre cristiano
al que es bautizado. El patrocinio de un santo ofrece un modelo de
caridad y asegura su intercesión.
2166 El cristiano comienza sus oraciones y sus acciones con la señal de
la cruz "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".
2167 Dios llama a cada uno por su nombre (cf. Is 43,1).
Artículo 3 EL TERCER MANDAMIENTO
"Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días
trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de
descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo" (Ex 20,8-10;
cf. Dt 5,12-15).
"El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el
sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado"
(Mc 2,27-28).
I EL DIA DEL SABADO
2168 El tercer mandamiento del Decálogo proclama la santidad
del sábado: "El día séptimo será día de descanso completo, consagrado
al Señor" (Ex 31,15).
2169 La Escritura hace a este propósito memoria de la creación: "Pues
en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto
contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del
sábado y lo hizo sagrado" (Ex 20,11).
2170 La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: "Acuérdate de que
fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó
de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha
mandado guardar el día del sábado" (Dt 5,15).
2171 Dios confió a Israel el Sábado para que lo guardara como signo de
la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16). El Sábado es para el Señor,
santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de
sus acciones salvíficas en favor de Israel.
2172 El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios "tomó
respiro" el día séptimo (Ex 31,17), también el hombre debe "holgar" y
hacer que los otros, sobre todo los pobres, "recobren aliento" (Ex
23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un
respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el
culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21).
2173 El evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús es acusado
de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad
de este día (cf Mc 1,21; Jn 9,16). Da con autoridad la interpretación
auténtica de la misma: "El sábado ha sido instituido para el hombre y
no el hombre para el sábado" (Mc 2,27). Con compasión, Cristo proclama
que "es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida
en vez de destruirla" (Mc 3,4). El sábado es el día del Señor de las
misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12,5; Jn 7,23). "El Hijo del
hombre es señor del sábado" (Mc 2,28).
II EL DIA DEL SEÑOR
¡Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos
en él! (Sal 118,24).
El día de la Resurrección: la nueva creación
2174 Jesús resucitó de entre los muertos "el primer día de la
semana" (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). En cuanto "primer día",
el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En
cuanto "octavo día", que sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt 28,1),
significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo.
Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera
de todas las fiestas, el día del Señor ("Hè kyriakè hèmera", "dies
dominica"), el "domingo":
Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día (después del
sábado judío, pero también el primer día), en que Dios, sacando la
materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo
nuestro Salvador resucitó de entre los muertos (S. Justino, Apol.
1,67).
El domingo, plenitud del sábado
2175 El Domingo se distingue expresamente del sábado, al que
sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica
reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de
Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso
eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el
misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún
rasgo relativo a Cristo (cf 1 Co 10,11):
Los que vivían según el orden de cosas antiguo han venido a la nueva
esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que
nuestra vida es bendecida por él y por su muerte (S. Ignacio de
Antioquía, Magn. 9,1).
2176 La celebración del domingo observa la prescripción moral, inscrita
en el corazón del hombre, de " dar a Dios un culto exterior, visible,
público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los
hombres" (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto dominical
realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu
recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.
La eucaristía dominical
2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del
Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. "El
domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición
apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial
de precepto" (CIC, can. 1246,1).
"Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión,
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios,
Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y
Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).
2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos
de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los
Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran
hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25).
La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual:
"Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus
pecados, arrepentirse en la oración...Asistir a la sagrada y divina
liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida...Lo
hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el
descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos
gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).
2179 "La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida
de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la
autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su
pastor propio" (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles
pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La
parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la
vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina
salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y
fraternas:
No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los
reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo
corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de
las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes
(S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).
La obligación del Domingo
2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley
del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles
tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple
el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera
que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el
día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)
2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica
cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la
eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una
razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o
dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que
deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.
2182 La participación en la celebración común de la eucaristía
dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a
su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad.
Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la
salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.
2183 "Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace
imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda
vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si
ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado
conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en
oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es
oportuno, en grupos de familias" (CIC, can. 1248,2).
Día de gracia y de descanso
2184 Así como Dios "cesó el día séptimo de toda la tarea que
había hecho" (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de trabajo y
descanso. La institución del Día del Señor contribuye a que todos
disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita
cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).
2185 Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se
abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto
debido a Dios, la alegría propia el día del Señor, la práctica de las
obras de misericordia, la distensión necesaria del espíritu y del
cuerpo (cf CIC, can. 1247). Las necesidades familiares o una gran
utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del
descanso dominical. Los fieles deben cuidar que legítimas excusas no
introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y
a la salud.
El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor acoge
el justo trabajo (S. Agustín, civ. 19,19).
2186 Los cristianos que disponen de ocio deben acordarse de sus
hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no
pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está
tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a
servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos
deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y
los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El
domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de
meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y
cristiana.
2187 Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo
común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que
le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes,
restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos,
etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la
responsabilidad de un tiempo suficiente de descanso. Los fieles
cuidarán con moderación y caridad evitar los excesos y las violencias
engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de las
presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los
ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los
patronos tienen una obligación análoga respecto a sus empleados.
2188 En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos,
los cristianos deben reclamar el reconocimiento de los domingos y días
de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a todos
un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus
tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la
sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a
trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de
nuestra liberación que nos hace participar en esta "reunión de fiesta",
en esta "asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos" (Hb
12,22-23).
RESUMEN
2189 "Guardarás el día del sábado para santificarlo" (Dt
5,12). "El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al
Señor" (Ex 31,15).
2190 El sábado, que representaba la coronación de la primera creación,
es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada
en la resurrección de Cristo.
2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo
día, que es llamado con pleno derecho día del Señor, o domingo (cf SC
106).
2192 "El domingo...ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta
primordial de precepto" (CIC, can 1246,1). "El domingo y las demás
fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la
Misa" (CIC, can. 1247).
2193 "El domingo y las demás fiestas de precepto...los fieles se
abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a
Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del
debido descanso de la mente y del cuerpo" (CIC, can 1247).
2194 La institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un
"reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural,
social y religiosa" (GS 67,3).
2195 Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, a otro
impedimentos para guardar el Día del Señor.