LECTURA
DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
CUARTA PARTE. SEGUNDA SECCIÓN.
PARÁGRAFOS 2759-2865
2759. "Estando él [Jesús] en cierto lugar, cuando terminó, le
dijo uno de sus discípulos: 'Maestro, enséñanos a orar, como enseñó
Juan a sus discípulos.'" (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el
Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana
fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones:
cf Lc 11, 2-4), San Mateo una versión más desarrollada (con siete
peticiones: cf Mt 6, 9-13). la tradición litúrgica de la Iglesia ha
conservado el texto de San Mateo:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
2760 Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: "Tuyo es el poder y la gloria por siempre". Las Constituciones apostólicas (7, 24, 1) añaden en el comienzo: "el reino"': y ésta la fórmula actual para la oración ecuménica. La tradición bizantina añade después un gloria al "Padre, Hijo y Espíritu Santo". El misal romano desarrolla la última petición (Embolismo: "líbranos del mal") en la perspectiva explícita de "aguardando la feliz esperanza" (Tt 2, 13) y "la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo"; después se hace la aclamación de la asamblea, volviendo a tomar la doxología de las Constituciones apostólicas.
Artículo 1 "RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO"
2761 "La oración dominical es en verdad el resumen de todo el
Evangelio" (Tertuliano, or. 1). "Cuando el Señor hubo legado esta
fórmula de oración, añadió: 'Pedid y se os dará' (Lc 11, 9). Por tanto,
cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus
necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue
siendo la oración fundamental" (Tertuliano, or. 10).
I CORAZON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
2762 Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento
principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del
Padre Nuestro, San Agustín concluye:
Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que
podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical (ep.
130, 12, 22).
2763 Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen
en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta "Buena Nueva". Su primer
anuncio está resumido por San Mateo en el Sermón de la Montaña (cf. Mt
5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este
anuncio. En este contexto se aclara cada una de las peticiones de la
oración que nos dio el Señor:
La oración dominical es la más perfecta de las oraciones... En ella, no
sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según
el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos
enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad. (Santo
Tomás de A., s. th. 2-2. 83, 9).
2764 El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la oración dominical
es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a
nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida.
Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña
a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración
dependerá la de nuestra vida en El.
II "LA ORACION DEL SEÑOR"
2765 La expresión tradicional "Oración dominical" [es decir,
"oración del Señor"] significa que la oración al Padre nos la enseñó y
nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es
verdaderamente única: ella es "del Señor". Por una parte, en efecto,
por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que
el Padre le ha dado (cf Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración.
Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre
las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las
revela: es el Modelo de nuestra oración.
2766 Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico
(cf Mt 6, 7; 1 R 18, 26-29). Como en toda oración vocal, el Espíritu
Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a
hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la
oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se
hacen en nosotros "espíritu y vida" (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba
y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre "ha enviado
a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '¡Abbá, Padre!'"
(Ga 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios,
es también "el que escruta los corazones", el Padre, quien "conoce cuál
es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los
santos es según Dios" (Rm 8, 27). La oración al Padre se inserta en la
misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.
III ORACION DE LA IGLESIA
2767 Este don indisociable de las palabras del Señor y del
Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido
recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras
comunidades recitan la Oración del Señor "tres veces al día" (Didaché
8, 3), en lugar de las "Dieciocho bendiciones" de la piedad judía.
2768 Según la Tradición apostólica, la Oración del Señor está arraigada
esencialmente en la oración litúrgica.
El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque
él no dice "Padre mío" que estás en el cielo, sino "Padre nuestro", a
fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de
la Iglesia (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt. 19, 4).
En todas las tradiciones litúrgicas, la Oración del Señor es parte
integrante de las principales Horas del Oficio divino. Este carácter
eclesial aparece con evidencia sobre todo en los tres sacramentos de la
iniciación cristiana:
2769 En el Bautismo y la Confirmación, la entrega ["traditio"] de la
Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Como
la oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de Dios,
"los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios vivo" (1 P 1,
23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que él escucha
siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la
Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones,
sus oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la mayor parte
de los comentarios patrísticos del Padre Nuestro están dirigidos a los
catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la Oración del
Señor, es siempre el Pueblo de los "neófitos" el que ora y obtiene
misericordia (cf 1 P 2, 1-10).
2770 En la Liturgia eucarística, la Oración del Señor aparece como la
oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su
eficacia. Situada entre la Anáfora (Oración eucarística) y la liturgia
de la Comunión, recapitula por una parte todas las peticiones e
intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis, y, por otra
parte, llama a la puerta del Festín del Reino que la comunión
sacramental va a anticipar.
2771 En la Eucaristía, la Oración del Señor manifiesta también el
carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los
"últimos tiempos", tiempos de salvaci ón que han comenzado con la
efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del Señor.
Las peticiones al Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua
Alianza, se apoyan en el misterio de salvación ya realizado, de una vez
por todas, en Cristo crucificado y resucitado.
2772 De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una
de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo
presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual "aún no
se ha manifestado lo que seremos" (1 Jn 3, 2; cf Col. 3, 4). La
Eucaristía y el Padrenuestro están orientados hacia la venida del
Señor, "¡hasta que venga!" (1 Co. 11, 26).
RESUMEN
2773 En respuesta a la petición de sus discípulos ("Señor,
enséñanos a orar": Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana
fundamental, el "Padre Nuestro".
2774 "La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el
Evangelio" (Tertuliano, or. 1), "la más perfecta de las oraciones"
(Santo Tomás de A. s. th. 2-2, 83, 9). Es el corazón de las Sagradas
Escrituras.
2775 Se llama "Oración dominical" porque nos viene del Señor Jesús,
Maestro y modelo de nuestra oración.
2776 La Oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia.
Forma parte integrante de las principales Horas del Oficio divino y de
los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y
Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter
"escatológico" de sus peticiones, en la esperanza del Señor, "hasta que
venga" (1 Co 11, 26).
Artículo 2 "PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN EL CIELO"
I ACERCARSE A EL CON TODA CONFIANZA
2777 En la liturgia romana, se invita a la asamblea
eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las
liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas:
"Atrevernos con toda confianza", "Haznos dignos de". Ante la zarza
ardiendo, se le dijo a Moisés: "No te acerques aquí. Quita las
sandalias de tus pies" (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina,
sólo lo podía franquear Jesús, el que "después de llevar a cabo la
purificación de los pecados" (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del
Padre: "Hénos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio" (Hb 2, 13):
La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría
meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo,
si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos
empujasen a proferir este grito: 'Abbá, Padre' (Rm 8, 15) ... ¿Cuándo
la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino
solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo
alto? (San Pedro Crisólogo, serm. 71).
2778 Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor
se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella
palabra, típicamente cristiana: "parrhesia", simplicidad sin
desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde,
certeza de ser amado (cf Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28;
3, 21; 5, 14).
II "¡PADRE!"
2779 Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la
Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de
ciertas imágenes falsas de "este mundo". La humildad nos hace reconocer
que "nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo
quiera revelar", es decir "a los pequeños" (Mt 11, 25-27). La
purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales,
correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que
impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre transciende las
categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras
ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar
al Padre es entrar en su misterio, tal como El es, y tal como el Hijo
nos lo ha revelado:
La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando
Moisés preguntó a Dios quién era El, oyó otro nombre. A nosotros este
nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el
nuevo nombre del Padre (Tertuliano, or. 3).
2780 Podemos invocar a Dios como "Padre" porque él nos ha sido revelado
por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el
hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir,
la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que
el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes
creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5,
1).
2781 Cuando oramos al Padre estamos en comunión con El y con su Hijo,
Jesucristo (cf 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo reconocemos con
admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es
una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la
Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como "Padre", Dios
verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por
habernos concedido creer en él y por haber sido habitados por su
presencia.
2782 Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al
adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos
incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que
se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros "cristos":
Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha
conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en
adelante, como participantes de Cristo, sois llamados "cristos" con
justa causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3, 1).
El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice
primero: "¡Padre!", porque ha sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat.
9).
2783 Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados
a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre (cf
GS 22, 1):
Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú
bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia
de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te
has convertido en buen hijo... Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que
te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no
reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de
Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por
medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo (San
Ambrosio, sacr. 5, 19).
2784 Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una
conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe
desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:
El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la
semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella. Es
necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios 'Padre nuestro', de que
debemos comportarnos como hijos de Dios (San Cipriano, Dom. orat. 11).
No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un
corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros
la señal de la bondad del Padre celestial (San Juan Crisóstomo, hom. in
Mt 7, 14).
Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar
de ella nuestra alma (San Gregorio de Nisa, or. dom. 2).
2785 Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños
(cf Mt 18, 3); porque es a "los pequeños" a los que el Padre se revela
(cf Mt 11, 25):
Es una mirada a Dios nada más, un gran fuego de amor. El alma se hunde
y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su
propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad
entrañable (San Juan Casiano, coll. 9, 18).
Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor,
el gusto en la oración, ... y también la esperanza de obtener lo que
vamos a pedir ...¿Qué puede El, en efecto, negar a la oración de sus
hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos? (San
Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16).
III PADRE "NUESTRO"
2786 Padre "Nuestro" se refiere a Dios. Este adjetivo, por
nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente
nueva con Dios.
2787 Cuando decimos Padre "nuestro", reconocemos ante todo que todas
sus promesas de amor anunciadas por los Profetas se han cumplido en la
nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser "su Pueblo" y El
es desde ahora en adelante "nuestro Dios". Esta relación nueva es una
pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor y fidelidad (cf Os 2,
21-22; 6, 1-6) tenemos que responder "a la gracia y a la verdad que nos
han sido dadas en Jesucristo (Jn 1, 17).
2788 Como la Oración del Señor es la de su Pueblo en los "últimos
tiempos", ese "nuestro" expresa también la certeza de nuestra esperanza
en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al vencedor:
"Yo seré su Dios y él será mi hijo" (Ap 21, 7).
2789 Al decir Padre "nuestro", es al Padre de nuestro Señor Jesucristo
a quien nos dirigimos personalmente. No dividimos la divinidad, ya que
el Padre es su "fuente y origen", sino confesamos que eternamente el
Hijo es engendrado por El y que de El procede el Espíritu Santo. No
confundimos de ninguna manera las personas, ya que confesamos que
nuestra comunión es con el Padre y su Hijo, Jesucristo, en su único
Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es consubstancial e indivisible.
Cuando oramos al Padre, le adoramos y le glorificamos con el Hijo y el
Espíritu Santo.
2790 Gramaticalmente, "nuestro" califica una realidad común a varios.
No hay más que un solo Dios y es reconocido Padre por aquellos que, por
la fe en su Hijo único, han renacido de El por el agua y por el
Espíritu (cf 1 Jn 5, 1; Jn 3, 5). La Iglesia es esta nueva comunión de
Dios y de los hombres: unida con el Hijo único hecho "el primogénito de
una multitud de hermanos" (Rm 8, 29) se encuentra en comunión con un
solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu (cf Ef 4, 4-6). Al
decir Padre "nuestro", la oración de cada bautizado se hace en esta
comunión: "La multitud de creyentes no tenía más que un solo corazón y
una sola alma" (Hch 4, 32).
2791 Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la
oración al Padre "nuestro" continúa siendo un bien común y un
llamamiento apremiante para todos los bautizados. En comunión con
Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la
oración de Jesús por la unidad de sus discípulos (cf UR 8; 22).
2792 Por último, si recitamos en verdad el "Padre Nuestro", salimos del
individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El
adjetivo "nuestro" al comienzo de la Oración del Señor, así como el
"nosotros" de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie.
Para que se diga en verdad (cf Mt 5, 23-24; 6, 14-16), debemos superar
nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.
2793 Los bautizados no pueden rezar al Padre "nuestro" sin llevar con
ellos ante El todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su
Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco
debe tenerla (cf. NA 5). Orar a "nuestro" Padre nos abre a dimensiones
de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por
todos los que no le conocen aún para que "estén reunidos en la unidad"
(Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la
creación ha animado a todos los grandes orantes.
IV "QUE ESTAS EN EL CIELO"
2794 Esta expresión bíblica no significa un lugar ["el
espacio"] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su
majestad. Dios Padre no está "fuera", sino "más allá de todo" lo que
acerca de la santidad divina puede el hombre concebir. Como es tres
veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras 'Padre nuestro que estás en el Cielo' hay que
entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita
como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en
él Aquél a quien invoca (San Agustín, serm. Dom. 2, 5. 17).
El "cielo" bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del
mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (San Cirilo de
Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
2795 El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que
vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la
Casa del Padre es por tanto nuestra "patria". De la patria de la
Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia
el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a;
Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf
Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo "ha bajado del cielo", solo, y
nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su
Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3;
2, 13).
2796 Cuando la Iglesia ora diciendo "Padre nuestro que estás en el
cielo", profesa que somos el Pueblo de Dios "sentado en el cielo, en
Cristo Jesús" (Ef 2, 6), "ocultos con Cristo en Dios" (Col 3, 3), y, al
mismo tiempo, "gemimos en este estado, deseando ardientemente ser
revestidos de nuestra habitación celestial" (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20;
Hb 13, 14):
Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan
su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo (Epístola a
Diogneto 5, 8-9).
RESUMEN
2797 La confianza sencilla y fiel, la seguridad humilde y
alegre son las disposiciones propias del que reza el "Padre Nuestro".
2798 Podemos invocar a Dios como "Padre" porque nos lo ha revelado el
Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos
incorporados y adoptados como hijos de Dios.
2799 La oración del Señor nos pone en comunión con el Padre y con su
Hijo, Jesucristo. Al mismo tiempo, nos revela a nosotros mismos. (cf GS
22,1).
2800 Orar al Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de
asemejarnos a él, así como debe fortalecer un corazón humilde y
confiado.
2801 Al decir Padre "Nuestro", invocamos la nueva Alianza en
Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina
que se extiende por medio de la Iglesia a lo largo del mundo.
2802 "Que estás en el cielo" no designa un lugar sino la majestad de
Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del
Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que
ya pertenecemos.
Artículo 3: LAS SIETE PETICIONES
2803. Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre
para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de
nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres
primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las
cuatro últimas, como caminos hacia El, ofrecen nuestra miseria a su
Gracia. "Abismo que llama al abismo" (Sal 42, 8).
2804 El primer grupo de peticiones nos lleva hacia El, para El: ¡tu
Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar
primeramente en Aquél que amamos. En cada una de estas tres peticiones,
nosotros no "nos" nombramos, sino que lo que nos mueve es "el deseo
ardiente", "el ansia" del Hijo amado, por la Gloria de su Padre,(cf Lc
22, 14; 12, 50): "Santificado sea ... venga ... hágase ...": estas tres
súplicas ya han sido escuchadas en el Sacrificio de Cristo Salvador,
pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento
final mientras Dios no sea todavía todo en todos (cf 1 Co 15, 28).
2805 El segundo grupo de peticiones se desenvuelve en el movimiento de
ciertas epíclesis eucarísticas: son la ofrenda de nuestra esperanza y
atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos
afecta ya ahora, en este mundo: "danos ... perdónanos ... no nos dejes
... líbranos". La cuarta y la quinta petición se refieren a nuestra
vida como tal, sea para alimentarla, sea para curarla del pecado; las
dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida,
el combate mismo de la oración.
2806 Mediante las tres primeras peticiones somos afirmados en la fe,
llenos de esperanza y abrasados por la caridad. Como criaturas y
pecadores todavía, debemos pedir para nosotros, un "nosotros" que
abarca el mundo y la historia, que ofrecemos al amor sin medida de
nuestro Dios. Porque nuestro Padre cumple su plan de salvación para
nosotros y para el mundo entero por medio del Nombre de Cristo y del
Reino del Espíritu Santo.
I SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
2807 El término "santificar" debe entenderse aquí, en primer
lugar, no en su sentido causativo (solo Dios santifica, hace santo)
sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar
de una manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se
entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias (cf Sal 111,
9; Lc 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a
desear profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre se
comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos
sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en el drama de la
salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre sea santificado
nos implica en "el benévolo designio que él se propuso de antemano"
para que nosotros seamos "santos e inmaculados en su presencia, en el
amor" (cf Ef 1, 9. 4).
2808 En los momentos decisivos de su Economía, Dios revela su Nombre,
pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se realiza para
nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por nosotros
y en nosotros.
2809 La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio eterno.
Lo que se manifiesta de él en la creación y en la historia, la
Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf Sal 8; Is
6, 3). Al crear al hombre "a su imagen y semejanza" (Gn 1, 26), Dios
"lo corona de gloria" (Sal 8, 6), pero al pecar, el hombre queda
"privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23). A partir de entonces, Dios
manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir al
hombre "a la imagen de su Creador" (Col 3, 10).
2810 En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la acompaña
(cf Hb 6, 13), Dios se compromete a sí mismo sin revelar su Nombre.
Empieza a revelarlo a Moisés (cf Ex 3, 14) y lo manifiesta a los ojos
de todo el pueblo salvándolo de los egipcios: "se cubrió de Gloria" (Ex
15, 1). Desde la Alianza del Sinaí, este pueblo es "suyo" y debe ser
una "nación santa" (o consagrada, es la misma palabra en hebreo: cf Ex
19, 5-6) porque el Nombre de Dios habita en él.
2811 A pesar de la Ley santa que le da y le vuelve a dar el Dios Santo
(cf Lv 19, 2: "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios soy
santo"), y aunque el Señor "tuvo respeto a su Nombre" y usó de
paciencia, el pueblo se separó del Santo de Israel y "profanó su Nombre
entre las naciones" (cf Ez 20, 36). Por eso, los justos de la Antigua
Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los profetas se
sintieron inflamados por la pasión por su Nombre.
2812 Finalmente, el Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y dado, en
la carne, en Jesús, como Salvador (cf Mt 1, 21; Lc 1, 31): revelado por
lo que él ss, por su Palabra y por su Sacrificio (cf Jn 8, 28; 17, 8;
17, 17-19). Esto es el núcleo de su oración sacerdotal: "Padre santo
... por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean
consagrados en la verdad" (Jn 17, 19). Jesús nos "manifiesta" el Nombre
del Padre (Jn 17, 6) porque "santifica" él mismo su Nombre (cf Ez 20,
39; 36, 20-21). Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que
está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (cf
Flp 2, 9-11).
2813 En el agua del bautismo, hemos sido "lavados, santificados,
justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de
nuestro Dios" (1 Co 6, 11). A lo largo de nuestra vida, nuestro Padre
"nos llama a la santidad" (1 Ts 4, 7) y como nos viene de él que
"estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros
santificación" (1 Co 1, 30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida
el que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la
exigencia de nuestra primera petición.
¿Quién podría santificar a Dios puesto que él santifica? Inspirándonos
nosotros en estas palabras 'Sed santos porque yo soy santo' (Lv 20,
26), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que
hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos
diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación
incesante... Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad
permanezca en nosotros (San Cipriano, Dom orat. 12).
2814 Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que
su Nombre sea santificado entre las naciones:
Pedimos a Dios santificar su Nombre porque él salva y santifica a toda
la creación por medio de la santidad... Se trata del Nombre que da la
salvación al mundo perdido pero nosotros pedimos que este Nombre de
Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros
vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es
blasfemado, según las palabras del Apóstol: 'el nombre de Dios, por
vuestra causa, es blasfemado entre las naciones'(Rm 2, 24; Ez 36,
20-22). Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta
santidad como santo es el nombre de nuestro Dios (San Pedro Crisólogo,
serm. 71).
Cuando decimos "santificado sea tu Nombre", pedimos que sea santificado
en nosotros que estamos en él, pero también en los otros a los que la
gracia de Dios espera todavía para conformarnos al precepto que nos
obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. He ahí por qué
no decimos expresamente: Santificado sea tu Nombre 'en nosotros',
porque pedimos que lo sea en todos los hombres (Tertuliano, or. 3).
2815 Esta petición, que contiene a todas, es escuchada gracias a la
oración de Cristo, como las otras seis que siguen. La oración del Padre
nuestro es oración nuestra si se hace "en el Nombre" de Jesús (cf Jn
14, 13; 15, 16; 16, 24. 26). Jesús pide en su oración sacerdotal:
"Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado" (Jn 17, 11).
II VENGA A NOSOTROS TU REINO
2816 En el Nuevo Testamento, la palabra "basileia" se puede
traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o
reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante
nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de
todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El
Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre
nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo
devuelva a su Padre:
Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al
cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos
apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra
Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de
Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).
2817 Esta petición es el "Marana Tha", el grito del Espíritu y de la
Esposa: "Ven, Señor Jesús":
Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el
advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición ,
dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas
de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos:
'¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por
nuestra sangre a los habitantes de la tierra?' (Ap 6, 10). En efecto,
los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor,
¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).
2818 En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida
final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13).
Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más
bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es
obra del Espíritu del Señor "a fin de santificar todas las cosas
llevando a plenitud su obra en el mundo" (MR, plegaria eucarística IV).
2819 "El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo"
(Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la
efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate
decisivo entre "la carne" y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):
Solo un corazón puro puede decir con seguridad: '¡Venga a nosotros tu
Reino!'. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir:
'Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal' (Rm 6, 12). El que
se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras,
puede decir a Dios: '¡Venga tu Reino!' (San Cirilo de Jerusalén,
catech. myst. 5, 13).
2820 Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir
entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la
promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción
no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no
suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y
los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la
justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).
2821 Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús
(cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la
vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7,
12-13).
III HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
2822 La voluntad de nuestro Padre es "que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 3-4). El
"usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan" (2 P 3, 9; cf Mt
18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda
su voluntad es que "nos amemos los unos a los otros como él nos ha
amado" (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).
2823 El nos ha dado a "conocer el Misterio de su voluntad según el
benévolo designio que en él se propuso de antemano ... : hacer que todo
tenga a Cristo por Cabeza ... a él por quien entramos en herencia,
elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo
conforme a la decisión de su Voluntad" (Ef 1, 9-11). Pedimos con
insistencia que se realice plenamente este designio benévolo, en la
tierra como ya ocurre en el cielo.
2824 En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del
Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al
entrar en el mundo: " He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu
voluntad" (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: "Yo hago
siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). En la oración de su agonía,
acoge totalmente esta Voluntad: "No se haga mi voluntad sino la tuya"
(Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús "se
entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios" (Ga
1, 4). "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la
oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 10).
2825 Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la
obediencia" (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar
nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de
adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la
de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la
vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero
unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en
sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha
escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):
Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así
cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como
en el cielo (Orígenes, or. 26).
Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver
que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la
gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga
universalmente por toda la tierra. Porque no dice 'Que tu voluntad se
haga' en mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error
sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea
destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la
tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt
19, 5).
2826 Por la oración, podemos "discernir cuál es la voluntad de Dios"
(Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener "constancia para cumplirla" (Hb 10, 36).
Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante
palabras, sino "haciendo la voluntad de mi Padre que está en los
cielos" (Mt 7, 21).
2827 "Si alguno cumple la voluntad de Dios, a ese le escucha" (Jn 9,
31; cf 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración de la Iglesia en el
Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es comunión de
intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf Lc 1, 38. 49) y con
todos los santos que han sido "agradables" al Señor por no haber
querido más que su Voluntad:
Incluso podemos, sin herir la verdad, cambiar estas palabras: 'Hágase
tu voluntad en la tierra como en el cielo' por estas otras: en la
Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que le ha sido
desposada, como en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre (San
Agustín, serm. Dom. 2, 6, 24).
IV DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DIA
2828 "Danos": es hermosa la confianza de los hijos que esperan
todo de su Padre. "Hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover
sobre justos e injustos" (Mt 5, 45) y da a todos los vivientes "a su
tiempo su alimento" (Sal 104, 27). Jesús nos enseña esta petición; con
ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo hasta qué
punto es Bueno más allá de toda bondad.
2829 Además, "danos" es la expresión de la Alianza: nosotros somos de
El y él de nosotros, para nosotros. Pero este "nosotros" lo reconoce
también como Padre de todos los hombres, y nosotros le pedimos por
todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos.
2830 "Nuestro pan". El Padre que nos da la vida no puede dejar de
darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes,
materiales y espirituales. En el Sermón de la montaña, Jesús insiste en
esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre
(cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13)
sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda
preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:
A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, él les promete darles
todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a
Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios. (S. Cipriano, Dom.
orat. 21).
2831 Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan
revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo,
llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad
efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en
su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del
Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16,
19-31) y del juicio final (cf Mt 25, 31-46).
2832 Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar
la tierra con el Espíritu de Cristo (cf AA 5). Debe manifestarse por la
instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales,
económicas e internacionales, sin olvidar jamás que no hay estructura
justa sin seres humanos que quieran ser justos.
2833 Se trata de "nuestro" pan, "uno" para "muchos": La pobreza de las
Bienaventuranzas entraña compartir los bienes: invita a comunicar y
compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza sino por
amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros
(cf 2 Co 8, 1-15).
2834 "Ora et labora" (cf. San Benito, reg. 20; 48). "Orad como si todo
dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros".
Después de realizado nuestro trabajo, el alimento continúa siendo don
de nuestro Padre; es bueno pedírselo, dándole gracias por él. Este es
el sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana.
2835 Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para
otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: "No sólo de pan
vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca
de Dios" (Dt 8, 3; Mt 4, 4), es decir, de su Palabra y de su Espíritu.
Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para "anunciar el
Evangelio a los pobres". Hay hambre sobre la tierra, "mas no hambre de
pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios" (Am 8, 11). Por
eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se
refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en
la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (cf Jn 6, 26-58).
2836 "Hoy" es también una expresión de confianza. El Señor nos lo
enseña (cf Mt 6, 34; Ex 16, 19); no hubiéramos podido inventarlo. Como
se trata sobre todo de su Palabra y del Cuerpo de su Hijo, este "hoy"
no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el Hoy de Dios:
Si recibes el pan cada día, cada día para ti es hoy. Si Jesucristo es
para ti hoy, todos los días resucita para ti. ¿Cómo es eso? 'Tú eres mi
Hijo; yo te he engendrado hoy' (Sal 2, 7). Hoy, es decir, cuando Cristo
resucita (San Ambrosio, sacr. 5, 26).
2837 "De cada día". La palabra griega, "epiousios", no tiene otro
sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una
repetición pedagógica de "hoy" (cf Ex 16, 19-21) para confirmarnos en
una confianza "sin reserva". Tomada en un sentido cualitativo,
significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien
suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8). Tomada al pie de la
letra [epiousios: "lo más esencial"], designa directamente el Pan de
Vida, el Cuerpo de Cristo, "remedio de inmortalidad" (San Ignacio de
Antioquía) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56)
Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro:
este "día" es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la
Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que
la liturgia eucarística se celebre "cada día".
La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino
alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace
de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos...
Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada
día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis.
Todo eso es necesario en nuestra peregrinación (San Agustín, serm. 57,
7, 7).
El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del
cielo (cf Jn 6, 51). Cristo "mismo es el pan que, sembrado en la
Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno
del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares,
suministra cada día a los fieles un alimento celestial" (San Pedro
Crisólogo, serm. 71)
V PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO TAMBIEN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE
NOS OFENDEN
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, -"perdona nuestras ofensas"- podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es "para la remisión de los pecados". Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: "como".
Perdona nuestras ofensas
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro
Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que
seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura
bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta
nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15,
11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18,
13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos
al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es
firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de
nuestros pecados" (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de
su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26,
28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, este desbordamiento de misericordia no puede penetrar
en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han
ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos
amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a
quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos
y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor
misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón
se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el
Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5,
23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es
imposible para el hombre. Pero "todo es posible para Dios".
... como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden
2842 Este "como" no es el único en la enseñanza de Jesús: "Sed
perfectos 'como' es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48); "Sed
misericordiosos, 'como' vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36);
"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que
'como' yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los
otros" (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si
se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una
participación, vital y nacida "del fondo del corazón", en la santidad,
en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que
es "nuestra Vida" (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos
sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad
del perdón se hace posible, "perdonándonos mutuamente 'como' nos
perdonó Dios en Cristo" (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este
Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del
siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la
comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: "Esto mismo
hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de
corazón a vuestro hermano". Allí es, en efecto, en el fondo "del
corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no
sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al
Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria
transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt
5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El
perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede
recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además,
el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte
que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de
Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2
Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre
sí (cf Juan Pablo II, DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf
Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de "pecados" según
Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos
siempre deudores: "Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor"
(Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el
criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la
oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los
despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios
quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella
para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (San Cipriano, Dom.
orat. 23: PL 4, 535C-536A).
VI NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACION
2846 Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque
nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación.
Pedimos a nuestro Padre que no nos "deje caer" en ella. Traducir en una
sola palabra el texto griego es difícil: significa "no permitas entrar
en" (cf Mt 26, 41), "no nos dejes sucumbir a la tentación". "Dios ni es
tentado por el mal ni tienta a nadie" (St 1, 13), al contrario, quiere
librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que
conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate "entre la carne
y el Espíritu". Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y
de fuerza.
2847 El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria
para el crecimiento del hombre interior (cf Lc 8, 13-15; Hch 14, 22; 2
Tm 3, 12) en orden a una "virtud probada" (Rm 5, 3-5), y la tentación
que conduce al pecado y a la muerte (cf St 1, 14-15). También debemos
distinguir entre "ser tentado" y "consentir" en la tentación. Por
último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación:
aparentemente su objeto es "bueno, seductor a la vista, deseable" (Gn
3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.
Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres ... En algo la
tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha
recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta
para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y
obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha
manifestado (Orígenes, or. 29).
2848 "No entrar en la tentación" implica una decisión del corazón:
"Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón ... Nadie
puede servir a dos señores" (Mt 6, 21-24). "Si vivimos según el
Espíritu, obremos también según el Espíritu" (Ga 5, 25). El Padre nos
da la fuerza para este "dejarnos conducir" por el Espíritu Santo. "No
habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios
que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien,
con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito" (1 Co 10,
13).
2849 Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la
oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde
el principio (cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (cf Mt
26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su
combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con
insistencia en comunión con la suya (cf Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc
12, 35-40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al
Padre que "nos guarde en su Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo
trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Co 16, 13;
Col 4, 2; 1 Ts 5, 6; 1 P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido
dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la
tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón.
Dichoso el que esté en vela" (Ap 16, 15).
VII Y LIBRANOS DEL MAL
2850 La última petición a nuestro Padre está también contenida
en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que
los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada
uno individualmente, pero siempre quien ora es el "nosotros", en
comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia
humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de
la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del
pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en
"comunión con los santos" (cf RP 16).
2851 En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa
una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El
"diablo" ["dia-bolos"] es aquél que "se atraviesa" en el designio de
Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.
2852 "Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira" (Jn
8, 44), "Satanás, el seductor del mundo entero" (Ap 12, 9), es aquél
por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por
cuya definitiva derrota, toda la creación entera será "liberada del
pecado y de la muerte" (MR, Plegaria Eucarística IV). "Sabemos que todo
el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le
guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que
el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5, 18-19):
El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas
también os protege y os gua rda contra las astucias del Diablo que os
combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la
falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. "Si
Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31) (S.
Ambrosio, sacr. 5, 30).
2853 La victoria sobre el "príncipe de este mundo" (Jn 14, 30) se
adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó
libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo,
y el príncipe de este mundo está "echado abajo" (Jn 12, 31; Ap 12, 11).
"El se lanza en persecución de la Mujer" (cf Ap 12, 13-16), pero no
consigue alcanzarla: la nueva Eva, "llena de gracia" del Espíritu Santo
es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción
inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre
virgen). "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra
al resto de sus hijos" (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia
oran: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará
del Maligno.
2854 Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser
liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que
él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta
al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los
males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y
la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando
así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de
todo en Aquél que "tiene las llaves de la Muerte y del Hades" (Ap
1,18), "el Dueño de todo, Aquél que es, que era y que ha de venir" (Ap
1,8; cf Ap 1, 4):
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros
días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de
pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la
gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo (MR, Embolismo).
LA DOXOLOGIA FINAL
2855 La doxología final "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la
gloria por siempre Señor" vuelve a tomar, implícitamente, las tres
primeras peticiones del Padrenuestro: la glorificación de su nombre, la
venida de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero esta
repetición se hace en forma de adoración y de acción de gracias, como
en la Liturgia celestial (cf Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13). El príncipe de
este mundo se había atribuido con mentira estos tres títulos de
realeza, poder y gloria (cf Lc 4, 5-6). Cristo, el Señor, los restituye
a su Padre y nuestro Padre, hasta que le entregue el Reino, cuando sea
consumado definitivamente el Misterio de la salvación y Dios sea todo
en todos (cf 1 Co 15, 24-28).
2856 "Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio
de este Amén, que significa 'Así sea' (cf Lc 1, 38), lo que contiene la
oración que Dios nos enseñó" (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5,
18).
RESUMEN
2857 En el Padrenuestro, las tres primeras peticiones tienen
por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida
del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro
presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a
nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a
nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.
2858 Al pedir: "Santificado sea tu Nombre" entramos en el plan de Dios,
la santificación de su Nombre -revelado a Moisés, después en Jesús -
por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada
hombre.
2859 En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la vista
el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora
por el crecimiento del Reino de Dios en el "hoy" de nuestras vidas.
2860 En la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra voluntad
a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del
mundo.
2861 En la cuarta petición, al decir "danos", expresamos, en comunión
con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del
cielo. "Nuestro pan" designa el alimento terrenal necesario para la
subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida: Palabra de
Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el "hoy" de Dios, como el
alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino que
anticipa la Eucaristía.
2862 La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia
de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos
sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de
Cristo.
2863 Al decir: "No nos dejes caer en la tentación", pedimos a Dios que
no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición
implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia
de la vigilancia y la perseverancia final.
2864 En la última petición, "y líbranos del mal", el cristiano pide a
Dios con la Iglesia que manifieste la victoria, ya conquistada por
Cristo, sobre el "Príncipe de este mundo", sobre Satanás, el ángel que
se opone personalmente a Dios y a Su plan de salvación.
2865 Con el "Amén" final expresamos nuestro "fiat" respecto a las siete
peticiones: "Así sea".