
Miércoles 13 de Enero de 2010
Santoral: Hilario de Poitiers
1Samuel 3, 1-20
Habla, Señor, que tu siervo te escucha
En
aquellos días, el pequeño Samuel servía en templo del Señor bajo la
vigilancia de Elí. Por aquellos días las palabras del Señor eran raras
y no eran frecuentes las visiones. Un día estaba Elí acostado en su
habitación; se le iba apagando la vista y casi no podía ver. Aún ardía
la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor,
donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel y él respondió:
"Aquí estoy. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy;
vengo porque me has llamado". Respondió Elí: "No te he llamado; vuelve
a acostarte. Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a
Samuel. El se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy,
vengo porque me has llamado". Respondió Elí: "No te he llamado, hijo
mío; vuelve a acostarte".
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.
Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy; vengo porque me has llamado".
Elí
comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel:
"Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla Señor, que tu
siervo te escucha". Samuel fue y se acostó en su sitio.
El Señor se presentó y le llamó como antes: "¡Samuel, Samuel!" El respondió: "Habla, Señor, que tu sirvo te escucha".
Samuel
crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de
cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era
profeta acreditado ante el Señor.
Salmo responsorial: 39
Aquí estoy, Señor, / para hacer tu voluntad.
Yo
esperaba con ansia al Señor: él se inclinó y escuchó mi grito. Dichoso
el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los
idólatras que se extravían con engaños. R.
Tú no quieres
sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides
sacrificio expiatorio, entonces yo digo: "Aquí estoy". R.
Como está escrito en mi libro: "Para hacer tu voluntad". Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R.
Marcos 1, 29-39
Curó a muchos enfermos de diversos males
En
aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a
casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y
se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le
pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se
puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población
entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos
males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no
les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al
descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al
encontrarlo, le dijeron: "Todo el mundo te busca". El les respondió:
"Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también
allí; que para eso he venido". Así recorrió toda Galilea, predicando en
las sinagogas y expulsando los demonios.