Lunes 22 de Marzo de 2010
Santoral: Bienvenido, Lea
Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62
Ahora tengo que morir, siendo inocente
En
aquellos días, [vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado
con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y religiosa. Sus padres
eran honrados y habían educado a su hija según la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico y tenía un parque junto a su casa; como era el más
respetado de todos, los judíos solían reunirse allí. Aquel año fueron
designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor
denuncia diciendo: "En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos
jueces, que pasan por guías del pueblo." Solían ir a casa de Joaquín, y
los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos. A mediodía, cuando
la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el parque de su marido.
Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear en el parque,
y se enamoraron de ella. Pervirtieron su corazón y desviaron los ojos,
para no mirar a Dios ni acordarse de sus justas leyes.
Un día,
mientras acechaban ellos el momento oportuno, salió ella como de
ordinario, sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el parque,
porque hacía mucho calor. Y no había nadie allí, fuera de los dos
ancianos escondidos y acechándola. Susana dijo a las criadas: "Traedme
el perfume y las cremas y cerrad la puerta del parque mientras me
baño." Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos,
corrieron hacia ella y le dijeron: "Las puertas del parque están
cerradas, nadie nos ve, y nosotros estamos enamorados de ti; consiente
y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo
que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las
criadas." Susana lanzó un gemido y dijo: "No tengo salida: si hago eso,
seré rea de muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero
prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar contra
Dios." Susana se puso a gritar, y los ancianos, por su parte, se
pusieron también a gritar. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta
del parque. Al oír los gritos en el parque, la servidumbre vino
corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Y cuando los
ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados,
porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente,
cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los
dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En
presencia del pueblo ordenaron: "Id a buscar a Susana, hija de Jelcías,
mujer de Joaquín." Fueron a buscarla y vino ella con sus padres, hijos
y parientes. Toda su familia y cuantos la veían lloraban. Entonces los
dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos
sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó la vista al cielo,
porque su corazón confiaba en el Señor. Los ancianos declararon:
"Mientras paseábamos nosotros solos por el parque, salió ésta con dos
criadas, cerró la puerta del parque y despidió a las criadas. Entonces
se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del parque y, al ver aquella maldad,
corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al
joven, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, salió
corriendo. En cambio, a ésta le echamos mano y le preguntamos quién era
el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello." Como
eran ancianos del pueblo y jueces,] la asamblea [los creyó y] condenó a
muerte a Susana. Ella dijo gritando: "Dios eterno, que ves lo
escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado
falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de
lo que su maldad ha inventado contra mí."
El Señor la escuchó.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios movió con su santa
inspiración a un muchacho llamado Daniel; éste dio una gran voz: "¡No
soy responsable de ese homicidio!" Toda la gente se volvió a mirarlo, y
le preguntaron: "¿Qué pasa, qué estás diciendo?" Él, plantado en medio
de ellos, les contestó: "Pero, ¿estáis locos, israelitas? ¿Conque, sin
discutir la causa ni apurar los hechos condenáis a una hija de Israel?
Volved al tribunal, porque ésos han dado falso testimonio contra ella."
La
gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron: "Ven, siéntate
con nosotros y explícate, porque Dios mismo te ha nombrado anciano."
Daniel les dijo: "Separadlos lejos uno del otro, que los voy a
interrogar yo." Los apartaron, él llamó a uno y le dijo: "¡Envejecido
en años y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas
sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables,
contra el mandato del Señor: "No matarás al inocente ni al justo."
Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste
abrazados." El respondió: "Debajo de una acacia." Respondió Daniel: "Tu
calumnia se vuelve contra ti. El ángel de Dios ha recibido la sentencia
divina y te va a partir por medio." Lo apartó, mandó traer al otro y le
dijo: "¡Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión
pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y
ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha
tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste
abrazados?" Él contestó: "Debajo de una encina." Replicó Daniel: "Tu
calumnia se vuelve contra ti. El ángel de Dios aguarda con la espada
para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros."
Entonces
toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los
que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos a quienes Daniel
había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión.
Según la ley de Moisés, les aplicaron la pena que ellos habían tramado
contra su prójimo y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida
inocente.
Salmo responsorial: 22
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
El
Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace
recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas.
R.
Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. /
Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo:
/ tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. R.
Tu
bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y
habitaré en la casa del Señor / por años sin término. R.
Juan 8,1-11
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra
En
aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se
presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y,
sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una
mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron:
"Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley
de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?" Le
preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús,
inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en
preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le
tire la primera piedra." E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los
más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?;
¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor." Jesús dijo:
"Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más."