Lunes 08 de Marzo de 2010
Santoral: Juan de Dios
2Reyes 5,1-15a
Muchos leprosos había en Israel, sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio
En
aquellos días, Naamán, general del ejército del rey sirio, era un
hombre que gozaba de la estima y del favor de su señor, pues por su
medio el Señor había dado la victoria a Siria. Era un hombre muy
valiente, pero estaba enfermo de lepra. En una incursión, una banda de
sirios llevó de Israel a una muchacha, que quedó como criada de la
mujer de Naamán, y dijo a su señora: "Ojalá mi señor fuera a ver al
profeta de Samaría: él lo libraría de su enfermedad." Naamán fue a
informar a su señor: "La muchacha israelita ha dicho esto y esto." El
rey de Siria le dijo: "Ven, que te doy una carta para el rey de
Israel." Naamán se puso en camino, llevando tres quintales de plata,
seis mil monedas de oro y diez trajes. Presentó al rey de Israel la
carta, que decía así: "Cuando recibas esta carta, verás que te envío a
mi ministro Naamán para que lo libres de su enfermedad."
Cuando
el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras, exclamando:
"¿Soy yo un dios capaz de dar muerte o vida, para que éste me encargue
de librar a un hombre de su enfermedad? Fijaos bien, y veréis cómo está
buscando un pretexto contra mí." El profeta Eliseo se enteró de que el
rey de Israel se había rasgado las vestiduras y le envió este recado:
"¿Por qué te has rasgado las vestiduras? Que venga a mí y verá que hay
un profeta en Israel. Naamán llegó con sus caballos y su carroza y se
detuvo ante la puerta de Eliseo. Eliseo le mandó uno a decirle: "Ve a
bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia." Naamán se
enfadó y decidió irse, comentando: "Yo me imaginaba que saldría en
persona a verme, y que, puesto en pie, invocaría al Señor, su Dios,
pasaría la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad.
¿Es que los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no valen más que
toda el agua de Israel? ¿No puedo bañarme en ellos y quedar limpio?"
Dio media vuelta y se marchaba furioso. Pero sus siervos se le
acercaron y le dijeron: "Señor, si el profeta te hubiera prescrito algo
difícil, lo harías. Cuanto más si lo que te prescribe para quedar
limpio es simplemente que te bañes."
Entonces Naamán bajó al
Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta, y su
carne quedó limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva y se
presentó al profeta, diciendo: "Ahora reconozco que no hay dios en toda
la tierra más que el de Israel."
Salmo responsorial: 41
Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo veré el rostro de Dios?
Como busca la cierva / corrientes de agua, / así mi alma te busca / a ti, Dios mío. R.
Tiene sed de Dios, / del Dios vivo: / ¿cuándo entraré a ver / el rostro de Dios? R.
Envía tu luz y tu verdad: / que ellas me guíen / y me conduzcan hasta tu monte santo, / hasta tu morada. R.
Que yo me acerque al altar de Dios, / al Dios de mi alegría; / que te dé gracias al son de la cítara, / Dios, Dios mío. R.
Lucas 4,24-30
Jesús, igual que Elías y Eliseo, no ha sido enviado únicamente a los judíos
En
aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: "Os
aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo
que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo
cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo
el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a
una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos
había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de
ellos fue curado, más que Naamán, el sirio."
Al oír esto, todos
en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera
del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo,
con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se
alejaba.